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La muerte natural de Marulanda
César Jerez / Lunes 26 de mayo de 2008
 

Fundador y redactor de la Agencia Prensa Rural. Geólogo de la Academia Estatal Azerbaijana de Petróleos (exURSS). En Bakú obtuvo una maestría en geología industrial de petróleo y gas. Es profesor y traductor de idioma ruso. Realizó estudios de gestión y planificacion del desarrollo urbano y regional en la Escuela Superior de Administración Pública -ESAP de Bogotá. Desde 1998 es miembro de la ACVC. Actualmente coordina el equipo nacional dinamizador de Anzorc. Investiga y escribe para diversos medios de comunicación alternativa.

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Dicen que Marulanda nunca conoció el mar, no le alcanzó el tiempo. El albur de la guerra y la añorada por sus enemigos muerte violenta del guerrillero, lo llevaron en la dirección geográfica contraria, a la altura del páramo, a los ríos gruesos y a la espesura de la selva.

Cuentan que cuando Marulanda se enguerrilleró con los liberales junto a catorce de sus primos, a duras penas sabía leer y escribir. No había escuelas ni maestros. Como no las hay todavía por el mundo rural en el que transcurre la guerrilla. Se puede leer en alguna de las pocas entrevistas que concedió que su sueño infantil era ser un campesino como lo fueron en su familia.

La historia de un país con una enorme capacidad para recrear la muerte y la violencia promovida por el mal gobierno convirtieron a Pedro Antonio Marín en Manuel Marulanda, transformaron a un campesino en un guerrero trashumante, a un liberal en comunista y a una persona sin educación formal en un dirigente político capaz de fundar una guerrilla, además, en un geógrafo de a pie, que sin embargo no conoció físicamente el Caribe o el Pacífico.

La historia reciente de Colombia ha sido la historia de su vida. Los que lo odiaron dedicaron toda su existencia a rumiar su anhelada muerte mientras se morían ellos mismos en la espera; los que lo aman se han dedicado a narrar su vida impenetrable para la muerte, sus proezas de combatiente, su sueño de una nueva Colombia, hasta convertirlo en un mito legendario. Bandido para unos. La revolucionaria esperanza para otros.

Mientras se moría de muerte natural el ruido de la guerra atronaba la montaña. 526 granadas de mortero y 114 bombardeos aéreos eran lanzados sobre su presunto paradero, según el comandante de las fuerzas militares. Nunca le pegaron un tiro.

Se murió de viejo, tal vez en el momento menos oportuno para las FARC, cuando la guerrilla encaja una cadena de duros golpes y la noticia de su muerte le baja decibeles al escándalo del poder mafioso en Colombia. Ahora buscan su cadáver por entre la selva para verificarle las heridas mortales y tratar de ganar algo más en esta guerra.

Pero como escribió Arturo Alape, tal vez la persona de afuera de las FARC que más conoció a Marulanda, refiriéndose a los códigos que enmarcaron la persecución contra el alzado en armas: “La muerte natural del perseguido sería un duro golpe en el corazón del perseguidor, al tocar las sensibles fibras de su odio acumulado, y dejar sin argumentos su razón de ser, porque se le ha escapado la víctima como se escapa el polvo entre las manos… Ese ciclo fatal de perseguidor - perseguido… tiene en el rostro de la muerte natural su más terrible enemigo… El signo de la persecución de la muerte en la vida del otro ha sido herida, cicatriz, tatuaje sobre la geografía y el cuerpo de la reciente historia de Colombia. ¿Cuándo terminará este ciclo? La respuesta está en la sangre que fluye en la vida del hombre”.

En una de sus últimas apariciones en televisión, un periodista le pregunta al veterano combatiente sobre la humanización de la guerra. La respuesta fue una síntesis filosófica que refleja la visión del guerrero circunstancial: “Dígame usted: ¿Qué guerra es humana? La guerra no hay que humanizarla, hay que acabarla”.