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En Primera Persona
¿Y usted por qué apoya el proceso de paz?
Hablan las delegaciones desde La Habana, hablan los ¨pazólogos¨, los expertos en el conflicto, pero los ciudadanos del común, nos preguntamos: ¿por qué debemos apoyar el proceso de paz?
Fernanda Sánchez Jaramillo / Martes 29 de abril de 2014
 

El 26 fue un día gris en Bogotá, tan gris como el día en que sicarios asesinaron a tres importantes líderes de la historia colombiana. Un 26 de abril, hace 24 años, asesinaron a Carlos Pizarro candidato a la presidencia de Colombia por la Alianza Democrática M-19.

María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, y José Atenquera, hijo de José Antequera, dirigente de la Unión Patriótica asesinado el 3 de marzo de 1989, se reunieron en el aeropuerto El Dorado para conmemorar la vida de sus padres y la de Bernardo Jaramillo, candidato a la presidencia por la Unión Patriótica, asesinado el 22 de marzo de 1990.

A pesar del intenso gris, el cielo no lloró; en cambio, se escucharon golpes de tambores y notas de trompetas que celebraron la vida y el legado de tres recordadas figuras políticas.

Pizarroi, Antequeraii y Jaramilloiii encontraron la muerte en el aeropuerto rumbo a ciudades de la Costa Atlántica. Los tres sembraron esperanza en una década en la cual el paramilitarismo, en algunos casos en asocio con el Estado, decidió acallar a sangre y fuego a la oposición política y llevó a cabo el Genocidio político de la Unión Patriótica.

Por eso María José, José Antequera y otros miembros de H.I.J.O.S., Colombia, organizaron este emotivo acto para hacer un ejercicio de memoria en este lugar y “tomárselo” con mensajes cargados de esperanza y alusivos a la paz.

fue imposible huir de los recuerdos. Estar frente a los hijos de estos hombres y pensar en lo pequeños que eran cuando perdieron a sus padres, trae a la mente imágenes de la propia infancia, de la forma en que registré esos hechos y las razones por las cuales su dolor no me es ajeno.

Soy colombiana y pertenezco a una de esas generaciones que se hicieron adultas en tiempos de violencia. En mi cabeza tengo un puñado de imágenes teñidas de sangre, de guerra.

Tenía un año de edad cuando el Paro Cívico de 1977 estremecía los cimientos del gobierno del presidente Alfonso López Michelsen. El País Nacional, representado en sus centrales obreras, le exigía al País Político respuesta a sus demandas de justicia social que aún hoy, en vísperas de un Paro Agrario Nacional, no han sido satisfechas.

Los primeros años de infancia transcurrieron en medio del Estatuto de Seguridad del presidente Julio César Turbay Ayala, tiempo nefasto en el que dirigentes políticos, artistas, e intelectuales, fueron perseguidos, otros torturados en las caballerizas del ejército en Usaquén, en Bogotá, y muchos desaparecidos.

Estos capítulos de nuestro pasado político los conocería gracias a las historias de mi familia, víctima también de persecuciones, cárcel, tortura y asesinato, y gracias a la tesis de periodismo: Memorias de una Generación. En este trabajo de grado, que escribimos con tres compañeras y dirigida por Arturo Guerrero, recogimos los generosos testimonios de colegas que cubrieron esos sucesos históricos como reporteros y quienes, además, fueron militantes de izquierda en esos años oscuros.

La primera imagen de la violencia la grabé a los 8 años de edad: era el rostro triste de un niño vestido de pantalón blanco en el funeral de su padre en 1984; se trataba de uno de los hijos del ministro Rodrigo Lara Bonilla. Lara Bonilla fue acribillado por un adolescente de 17 años, con cara de niño, que condenó a sus pequeños hijos a la orfandad y marcaba el inicio de una ola de asesinatos por órdenes de Pablo Escobar, quien aterrorizó al país por años.

Paralelamente, se llevó a cabo el Genocidio de la Unión Patriótica por parte de paramilitares, en algunos casos en alianza con el ejército, movimiento que perdió a unos 6.528 miembros entre militantes y dirigentes políticos. En noviembre de 1985, observaba en la televisión el Palacio de Justicia ardiendo en llamas; una semana después, el Volcán Nevado del Ruiz vomitó su furia en forma de lava; arrasó con Armero y se llevó a Omaira Sánchez, una niña de ojos grandes y mirada profunda, que jamás olvidaremos. Parecía que la tragedia se había ensañado con nuestro país. La violencia política no daba tregua y nuestros padres, lastimados también con sus propias heridas de guerra, intentaban explicarnos el por qué de tanto infortunio.

Nueva Memoria Histórica

Después de la toma del Palacio de Justicia padecimos la violencia recrudecida de los años 80 y 90, décadas en que fueron asesinados grandes personajes de la vida pública nacional, demasiados para nombrarlos aquí.

Las muertes violentas de Carlos Pizarro, José Antequera, Bernardo Jaramillo, Manuel Cepeda, Jaime Pardo Leal, las víctimas del genocidio político de la Unión Patriótica, Luis Carlos Galán, periodistas y defensores de derechos humanos se convirtieron en extras de noticias; no acabábamos de llorar un muerto, cuando teníamos que llorar el siguiente. No hubo sosiego.

Crecimos en medio de la zozobra. Durante mi adolescencia, veía en las noticias los rostros de aquellos vilmente asesinados, los fallidos procesos de paz con las Farc y el ELN mientras otros procesos de paz “exitosos” como los del M-19, del Partido Revolucionario de los Trabajadores, (PRT) y del Movimiento Quintín Lame se concretaban, pero sin eliminar las causas de esta cruel guerra, ni de la injusticia social.

Tristemente, no solo María José Pizarro, José Antequera y Bernardo Jaramillo han vivido en carne propia la pérdida de un ser querido. Son varias las generaciones afectadas por las consecuencias de la violencia política, de la violencia de Estado, de los paramilitares, del narcotráfico y de los grupos insurgentes.

Completamos más de cinco décadas de violencia y las heridas no han cicatrizado. En las zonas más lejanas de nuestra geografía, la sangre de los muertos que dejaron las partes negociadoras en La Habana- aún está fresca; en los centros urbanos, monumentos, placas y calles se erigen como homenaje a víctimas y supervivientes del conflicto armado.

En las ciudades somos testigos del desplazamiento de nuestros campesinos. Los vemos en los barrios marginalizados de las capitales, en los semáforos pidiendo limosna, frente a la Casa de Nariño reclamando atención por parte de los gobiernos que los condenan al olvido.

Nuestros campesinos, abuelos y bisabuelos, han sido forzados a la miseria, a dedicarse a los cultivos declarados ilícitos y otros al desplazamiento mientras sus parcelas son vendidas al mejor “postor” latifundista y/o compañías extranjeras.

Una minoría acumula riqueza a costa de las expropiaciones, del desplazamiento, de las persecuciones, del destierro y de las desapariciones y las transnacionales, en complicidad con gobiernos neoliberales, se adueñan de los recursos.

Nuestro país es saqueado en medio de este doloroso conflicto que ha dejado víctimas inocentes, pero también en medio del resurgir de la protesta social que exige una paz con justicia social y duradera.

…Por el dolor que me causan esos recuerdos, los asesinatos de Carlos Pizarro, José Antequera, Bernardo Jaramillo, del padre de mis hermanos, el encarcelamiento, la tortura y la persecución contra mi padre, los falsos positivos, que acabaron con la vida del hermano de la periodista Margarita Arteaga y de los hijos de las Madres de Soacha…

…Por todos nuestros muertos, por los desaparecidos que nunca conocí, por la indignación que me genera esa brecha inmoral entre ricos y pobres, por el sueño de construir una Colombia justa, independiente y demócrata, pero especialmente por el deseo profundo de que otras generaciones -las de sus hijos y sus nietos- reconstruyan una memoria histórica libre de violencia, los invitó a cooperar y exigir que este proceso de paz llegue a buen puerto... ¿Y usted por qué apoya el proceso de paz?