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Que no se imponga la agenda de los enemigos de la paz
Lo central del momento es no permitir que los odios acumulados dentro de la sociedad por efecto de la degradación de la guerra sean explotados políticamente por quienes viven de la guerra y quieren mantenerla eternamente.
Fernando Dorado / Sábado 18 de abril de 2015
 

Con ocasión de la muerte de los 11 soldados y 21 militares heridos por cuenta de una acción guerrillera de las FARC en el municipio de Buenos Aires, departamento del Cauca, el pasado 15 de abril, el presidente de la República, Juan Manuel Santos, salió a hablar fuerte y con voz altisonante. Ordenó “levantar la suspensión de bombardeos a los campamentos de las FARC hasta nueva orden”, y además reiteró que “no me voy a dejar presionar por hechos infames para tomar una decisión sobre cese bilateral de fuegos” [1].

Además, el fiscal general –apresuradamente y con afán– ha calificado esas muertes como “homicidios en persona protegida”, “grave violación del Derecho Internacional Humanitario”, “violación clara de la tregua unilateral”, y por tanto, ha ordenado iniciar una investigación inmediata para judicializar a los autores de ese “crimen de guerra” [2].

Independientemente de los detalles de esta acción militar –que es un hecho más de la guerra que vive Colombia desde hace más de seis décadas– lo que más llama la atención es la oportunidad (el “papayazo”, diría cualquier paisano) que un evento como éste significa. El dolor por la muerte de los militares es fuertemente explotado por los medios de comunicación y por los enemigos de la paz –con Uribe y los guerreristas a la cabeza– para embestir con toda fuerza contra el proceso de paz.

Es bueno recordar que el ambiente al interior de las Fuerzas Militares ya estaba “al rojo vivo”. Los ánimos vengativos vienen en crecimiento y son alimentados de muchas formas.

El general Jaime Ruiz, presidente de la Acore (Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro de las FFMM) aprovechó el retiro temporal del general Jorge Enrique Mora Rangel de la Mesa de Negociaciones de La Habana para generar malestar entre los integrantes del Ejército. Apoyó públicamente la renuncia de los generales retirados Ricardo Rubiano Groot, de la Fuerza Aérea; Víctor Álvarez Vargas, del Ejército, y el contralmirante Luis Carlos Jaramillo Peña, de la Armada, que ejercían su consejería ’ad honorem’ en Cuba, por el hecho de que el general Mora no estaba asistiendo a los diálogos. Creó una gran polémica afirmando que los intereses de los militares estaban siendo negociados a espaldas del país por el gobierno.

No es un secreto que la campaña dentro de las filas del ejército contra el proceso de paz es permanente y sistemática. “Los enemigos agazapados de la Paz” (dixit Otto Morales Benítez) conspiran a diario. Son evidentes los intereses de los altos mandos de que se mantenga la guerra. Los grandes contratos y las inmensas comisiones que se pagan alrededor de la adquisición de aviones, contratación de mantenimiento, compra de armamento, logística, uniformes, alimentación y demás insumos bélicos, son de una enorme dimensión. Las mafias de la corrupción administrativa en el seno de las FFMM intrigan desde la sombra.

Pero los que viven de la guerra no sólo están dentro de las Fuerzas Militares. Uribe sabe que si se firma la paz, el círculo de la Justicia poco a poco lo irá cercando. Él siente que ese lazo justiciero lo envuelve y lo puede llevar a la cárcel. Así lo demuestran las últimas decisiones judiciales contra sus cómplices. Además de tener huyendo a su ex asesor de Paz, Luis Carlos Restrepo; al ex ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias; y a Luis Alfonso Hoyos, embajador ante la OEA; la Corte Suprema de Justicia ha juzgado a muchos de sus más cercanos funcionarios.

La ex directora del DAS, María del Pilar Hurtado; los ex ministros Sabas Pretelt de la Vega y Diego Palacios; y su secretario general, Diego Moreno; fueron condenados a pagar cárcel por más de 80 meses. Ya se han compulsado las órdenes de captura en su contra. Y siguen en la lista Francisco Santos, José Obdulio Gaviria, Edmundo del Castillo, Jorge Mario Eastman y César Mauricio Velásquez.

Es por ello que Uribe tiembla de miedo frente a la paz. Por eso alienta a sus compinches y encubridores menores que están infiltrados en el Ejército para generar toda clase de situaciones que sirvan para sabotear el proceso de paz. Cree que así puede evitar que la verdad aparezca y que la Justicia finalmente lo condene. El gran capo de “El Ubérrimo” –indudablemente– está tras lo que se mueve en los pasillos y oficinas de la cúpula militar.

Pero detrás de los militares y de Uribe están los grandes empresarios y terratenientes –nacionales y extranjeros– que viven, han vivido y quieren seguir viviendo de la guerra. Ellos también le temen a la paz. Les horroriza que un ambiente de convivencia desencadene un “movimiento democrático” que ayude a descubrir la verdad de lo ocurrido en los últimos 69 años de guerra que sufre Colombia. Les asusta que un verdadero proceso de participación de las mayorías ciudadanas y populares revele sus relaciones criminales y el financiamiento privado y oficial –nacional e internacional– que estuvo detrás de los grupos paramilitares y de los miles de asesinatos y desapariciones.

El problema de fondo no es si las FARC violaron el cese de fuegos que declararon unilateralmente. Tampoco si fue o no un ataque premeditado. La pregunta clave es saber: ¿Qué hacía una Brigada Móvil del Ejército de Colombia, que es parte de la Fuerza de Tarea Apolo, compuesta por expertos soldados profesionales “contraguerrilla” (entrenados para matar sin piedad) en una zona en tregua y cese al fuego? Esa presencia, en una “zona caliente”, conocida por la fuerte presencia que ha tenido históricamente la guerrilla, no es cosa del azar.

Allí hay premeditación de los altos mandos militares que nos les importa sacrificar a hijos de campesinos o de trabajadores pobres en aras de poder presentar “víctimas” ante la opinión pública nacional e internacional, para presionar la suspensión de los diálogos de La Habana y provocar el rompimiento del proceso de paz.

Y como dice Alberto Posada, un ex militar que sabe cómo se mueven las fuerzas enemigas de la paz dentro del Ejército: “Me da mucha tristeza ver cómo es que esta guerra absurda es manipulada por ciertos intereses y con la complicidad de los medios de comunicación. Porque se nos olvida que estamos en guerra y que cuando el Ejército mata y asesina guerrilleros, salen en todos los medios a decir con bombos y platillos y con Mindefensa a la cabeza, que fueron abatidos cinco o más ‘narcoterroristas y asesinos de las FARC’ y nos muestran el show completo con bolsas plásticas con los cuerpos de los abatidos y nos enseñan los trofeos de guerra” [3].

Y remata diciendo: “Pero… cae abatido un soldado y los medios junto a la cúpula militar nos dicen: ‘nuestros soldados fueron masacrados en un acto vil y cobarde de estos asesinos sanguinarios, narcoterroristas’. Y mi pregunta es... ¿Hay dos clases de colombianos en este conflicto? Son ambos bandos combatientes. No nos engañemos, estamos en guerra y por eso estamos buscando un tratado de paz. La paz es convivencia, armonía y mucho amor. ¿Será que algún día dejaremos de matarnos entre nosotros mismos?” [4].

Lo que se está moviendo dentro del ejército y al interior de la sociedad colombiana en este momento de dolor por la muerte de estos 11 compatriotas soldados no es cualquier cosa. “Los enemigos agazapados de la paz” hoy como nunca están desesperados, conspiran y complotan contra ese proceso de muchas maneras y a toda hora.

Es por ello que las fuerzas democráticas que existen en la sociedad colombiana deben unificarse y exigirle tanto a las FARC como al gobierno que aceleren las negociaciones. La firma de los acuerdos será la gran derrota de Uribe y de los enemigos de la paz. Pueda que todo lo que pretenden los insurgentes no se pueda obtener en la mesa de negociaciones, eso ya no es lo importante. Esa tarea le corresponderá lucharlo y obtenerlo en forma pacífica y civilista a los ciudadanos y a las comunidades organizadas.

Lo central del momento es no permitir que los odios acumulados dentro de la sociedad por efecto de la degradación de la guerra sean explotados políticamente por quienes viven de la guerra y quieren mantenerla eternamente. Y en eso, los comandantes de la guerrilla deben tenerla bien clara: entre más fuerza militar muestren en el campo de batalla o entre más forcejeen en la Mesa, más harán crecer las fuerzas de la guerra. Es paradójico decirlo, pero la tarea urgente es convertir lo poco o mucho acumulado en fuerza política, en paz y en reconciliación. No hay otro camino para favorecer al pueblo. Es urgente llegar a acuerdos, por más mínimas que sean las conquistas. Ya nos llegará el turno de avanzar pero en colectivo y por obra de las fuerzas sociales.

No entender la gravedad, la delicadeza y la urgencia del momento es llevar agua al molino guerrerista. El momento exige mucha reflexión y pulso firme hacia la paz.

[1] Audio Caracol Radio en Vivo: “Santos ordena reiniciar bombardeos contra las FARC”. http://bit.ly/1G0jLPe

[2] Ídem., audio.

[3] Comentario en Facebook. Ver: http://on.fb.me/1yx8nHD

[4] Ídem.