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Análisis
¿Territorios de paz?
Dejación de armas no es equivalente a desmovilización; para transformarse en movimiento político, las guerrillas deberán conservar su identidad y sus organizaciones sociales.
Alfredo Molano Bravo / Lunes 30 de noviembre de 2015
 
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Paisaje de Chaparral (Tolima). Foto: Paulo Cortés.

Sigue siendo riesgoso coincidir con cualquier idea de uno de los extremos porque queda estigmatizado y condenado, sobre todo si se trata de tesis ideológicas o políticas defendidas por las guerrillas.

Los tribunales de fe siguen vivos y las hogueras encendidas. En estos días Timochenko ha soltado al aire la idea de lo que llamó “Territorios de Paz” y debo decir que coincido con la figura.

El capitán Berardo Giraldo, el Tuerto, uno de los más sobresalientes comandantes de las guerrillas del Llano en los años 50, me contaba cómo había sido la entrega de armas al general Duarte Blum en Nunchía, Casanare: “Nos felicitó, nos dieron unos pantalones de dril, una camisa Caribú de 300 pesos, luego whisky y al día siguiente cada uno se fue por su lado”. El modelito fue repetido —acto más, acto menos— con la entrega de armas del M-19. Supongo que mucha gente espera la misma foto y que muchos dirigentes políticos y altos oficiales presionan al Gobierno para reeditar el guion. La estrategia consiste en atomizar la guerrilla una vez desarmada. Que se rebusquen los votos, los puestos, la cuchara. Es la igualdad, dirán. O sea: cerremos todas las puertas.

La idea de Timochenko es distinta: que muchos de los guerrilleros, convertidos en ciudadanos, regresen a sus regiones o permanezcan en ellas ya que la gran mayoría de los combatientes son campesinos, colonos o están ligados a la vida rural. Las guerrillas, aunque se han movido por todo el territorio nacional, ocupan ciertas zonas, llamadas históricas, en forma recurrente. La institucionalidad ha mostrado allí sólo sus dientes y sus uñas. Dejación de armas no es equivalente a desmovilización; para transformarse en movimiento político, las guerrillas deberán conservar su identidad y sus organizaciones sociales. Y en esos territorios deberán convertir sus fuerzas armadas en fuerzas civiles y económicas. Podrían ser una poderosa palanca de desarrollo económico, aunque esta expresión tan manoseada tenga en sus manos particularidades específicas. Presumo que apelarán a figuras de ley que defiendan su trabajo, como las zonas de reserva campesina. El recurso de clasificarlas como repúblicas independientes es perverso y provocador.

Pero además de zonas productivas, esos territorios deberán servir para que a los paramilitares no les quede tan fácil entrar en ellos a jugar fútbol con las cabezas de los que fueron guerrilleros. Más aún, a la fuerza pública le quedaría más fácil cumplir su función constitucional de defender la vida de los ciudadanos y de garantizar la seguridad de las guerrillas desarmadas si sus unidades están agrupadas en esos territorios. Quizás hasta aquí haya más acuerdos que desacuerdos, pero hay que dar un paso más: para transformarse en movimiento político, los exguerrilleros necesitan moverse en regiones donde son conocidos y en las que tienen un auditorio seguro. Es decir, donde puedan hacer política, echar discursos, ganar simpatías y adhesiones, presentar proyectos, movilizar utopías. Razón por la cual esos territorios deberán ser también circunscripciones electorales especiales. A las guerrillas hay que ayudarles a transitar hacia la democracia, a hacer sus pinitos electorales y hay que facilitarles el ejercicio del poder sin armas.

La transición tiene grandes enemigos: los empresarios que tienen sus ojos puestos en la zidres, los militares que buscan mantener sus privilegios intactos y los políticos que temen que otro gallo llegue a cantar al gallinero. Son las fuerzas que se atrincheran contra la normalización de la vida política, y si Santos quiere sacar adelante su proyecto de vida, como se dice, debe comenzar a desgastarlas o a convencerlas.

Publicado en: El Espectador