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Opinión
El calvario de Jesús sigue vigente en el pueblo colombiano
Ante el desconocimiento del pueblo, fruto del analfabetismo político, repite las palabras de Jesús colgado del madero. “Padre: Perdónalos porque no saben lo que hacen”.
Nelson Lombana Silva / Sábado 15 de abril de 2017
 
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Foto: Antonio Calero García La Pasión via photopin (license)

La pasión de Cristo colgado de la cruz se renueva cada año en la propia pasión que vive el pueblo colombiano. Pueblo engañado, explotado y vilipendiado por la clase dominante. La cruel burguesía que a nombre de Dios aumenta su riqueza sacrificando la biología y la psicología de millones de seres humanos alienados, enajenados y atemorizados por la cruda e inefable represión.

Ante el desconocimiento del pueblo, fruto del analfabetismo político, repite las palabras de Jesús colgado del madero. “Padre: Perdónalos porque no saben lo que hacen”.

De todas maneras la sensibilidad humana del pueblo es grande y a pesar de la criminalidad de la burguesía está dispuesto a perdonar todas las infamias de la clase dominante. Eso se traduce en Colombia en el proceso de paz. El pueblo está dispuesto a borrón y cuenta nueva. ¿La burguesía estará dispuesta a hacer lo mismo?

Por los hechos lo conoceréis, dice la Biblia. ¿Y qué dicen los hechos? Los hechos dicen que la burguesía no está dispuestas a asumir una postura conciliadora y humana. El proceso de paz FARC-EP y Gobierno es concebido como una hábil jugada para fortalecer sus intereses de clase. El pueblo –por su parte– también tiene ese propósito. Quiere la paz para vivir y convivir dignamente sin el sobresalto de la cruda violencia que genera tanta incertidumbre y dolor en sus escuálidas entrañas. La diferencia es abismal en la concepción acerca de la paz, por cuanto para el pueblo la paz es vida, progreso y bienestar para todos; en cambio, la guerra para la burguesía es un medio para acrecentar su poder económico y político.

El pueblo esta sediento de justicia. Repite desde su propio escenario el dramático llamado de Jesús desde el Gólgota: “Tengo sed”. La teología de la liberación o Iglesia de la liberación asume el sanguinolento cuerpo del Nazareno como el pueblo de América Latina, sacudido por las infamias de las burguesías de cada país y el imperialismo de los Estados Unidos.

En los campos azotados por la violencia, destruidos por las bombas y las limitaciones económicas, en los denominados barrios subnormales, a diario se escucha el grito dramático de Jesús colgado del madero: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Esa expresión aparece en los labios de los niños hambrientos, en los jóvenes sin la posibilidad de estudiar, en los ancianos abandonados a su suerte en la soledad terrible de un Estado infame e indolente.

La realidad es cruda e inexorable, real y dramática. Por lo tanto, hoy tenemos que persistir en la unidad entre creyentes y no creyentes, marxistas y cristianos por cuanto de lo que se trata es de transformar la realidad socioeconómica y hacer que brille la paz con justicia social, de tal manera que haya bienestar para todos y todas, sin privilegios de ninguna naturaleza.

Construir entre todos una sociedad humana, sin ricos exageradamente ricos ni pobres exageradamente pobres; no pueden seguir muriendo niños y ancianos de física hambre; no pueden seguir matando a las personas por concepciones ideológicas y políticas, por puntos de vista divergentes. Hay que enarbolar la bandera de la paz y de la justicia social con amplitud y espíritu de reconciliación. Hay que materializar la paz con hechos concretos, basta ya de tanta palabrería solamente.

La Semana Santa debe ser de reflexión y de análisis crítico y autocrítico, no un período para repetir maquinalmente supuestos hechos históricos, sin análisis político. No se debe separar la espiritualidad de la materialidad, pues la humanidad es integral: conciencia y materia, en constante movimiento. Es decir, en constante cambio. Creyentes y no creyentes, unidos. Amén.