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Territorios protegidos por mujeres
Dos campesinas del suroeste de Antioquia y una indígena de La Guajira conversaron sobre la defensa del territorio ante las amenazas del modelo económico
Bibiana Ramírez / Jueves 7 de septiembre de 2017
 
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Natalia Arenas, de Pueblorrico (Antioquia). Foto: Bibiana Ramírez – APR.

Las mujeres en la actualidad están buscando diferentes maneras de lucha y defensa del territorio. Empiezan a jugar un papel más activo y ven la necesidad de unificar sus fuerzas para enfrentar un enemigo común que está promoviendo el despojo: los proyectos minero-energéticos. Es así como fue posible ver a tres mujeres colombianas, de lugares diferentes, dialogando en la Universidad de Antioquia sobre el cuidado de los territorios en sus manos y cómo se interpreta ese rol desde la academia.

Natalia Arenas, del Comité de Concertación Social de Pueblorrico; Dora Hincapié, del Comité por la Defensa Ambiental del Territorio de Támesis, ambas del Cinturón Occidental Ambiental (COA) del suroeste de Antioquia; y Yakeline Romero Epiayú, de Fuerza de Mujeres Wayúu, indígena de La Guajira, conversaron con la psicóloga feminista francesa Pascale Molinier.

Las antioqueñas hablaron de un reto importante y es transformar esa cultura machista que ha caracterizado su región, pues ahí se han encontrado el primer tropiezo para ellas apoyar la defensa del territorio. “Las madres criaban a los hombres para que mandaran y a las mujeres para que obedecieran. En el COA hemos ido cambiando esa concepción”, dice Dora.

Natalia es la más joven de ese grupo y su orgullo es ser campesina. Su pregunta es por la juventud. Siente que el amor por el campo se está acabando. “Vemos cómo las políticas mismas empiezan a desplazar al joven a la ciudad. Eso nos hace perder la cultura. La identidad es fundamental para construir territorio”.

¿Qué es el territorio?

Culturalmente, cada ser humano tiene una concepción de lo que significa el territorio. Para Natalia es un “lugar sagrado para la vida, lo que nos une”. Para Yakeline es la casa, “es donde puedo dormir tranquila. Donde se puede soñar. Ese es el significado de la vida y no puede haber interferencias”. Y Dora lo describe como una construcción colectiva “que trasciende el mapa geográfico y político y nos encontramos en lo común”.

En la cultura indígena, más que un lugar, es el todo. Yakeline habla de que no está desligado a la vida misma. Por eso también dice que “es un lugar alejado donde van mis muertos y esto hace parte de la cultura. Es donde está la medicina tradicional. Es donde puedo pastorear mis animales, donde siembro mis cultivos. Son espacios sagrados durante la historia. Ahí se desarrolla la vida, se fortalece la cultura. Por eso digo que es la casa”.

El suroeste de Antioquia es zona cafetera y gran productora de alimentos, además un lugar diverso, donde el agua abunda y los paisajes son conmovedores. Pero más allá del territorio ser un espacio físico, Dora lo reconoce como “la vida misma; las semillas, el agua, el aire”.

Todas estas definiciones son interpretadas por Pascale y concluye que el territorio es un santuario que hay que proteger. “No sólo es un lugar físico y hay una estrecha relación entre los humanos y los no humanos. Es la naturaleza vista como un jardín, como una huerta”.

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Yakeline Romero Epiayú, del pueblo wayúu de La Guajira. Foto: Bibiana Ramírez – APR.

Amenazas al territorio

Yakeline cuenta que por milenios los indígenas han cuidado el territorio, pero ahora ya no sólo es cuidarlo sino protegerlo. “Tenemos enemigos, eso también es milenario, han cambiado los nombres, no las estrategias”.

El caso de La Guajira es complejo y es donde más se ha vulnerado el territorio. La apropiación de tierras para la extracción minera ha arrinconado al indígena y al campesino y eso se traduce en muerte.

“Cerrejón tiene 70 mil hectáreas. Hay una empresa brasileña que tiene casi la misma cantidad y hay 700 mil hectáreas pedidas en concesión. Digo que La Guajira es una mujer desafortunada porque la han saqueado. El 80% de la actividad económica tenía que ver con la agricultura, hoy no pasa de un 5%. Por eso las muertes por desnutrición”.

El suroeste antioqueño, a pesar de que se han hecho acuerdos municipales para prohibir la minería, sigue estando en la mira de las transnacionales. Las microcentrales energéticas también están proyectadas y es latente la amenaza de privatización del agua.

“En el suroeste la minería no es un actividad ancestral. Es la agricultura. Estamos en estrellas fluviales. Nos hablan del agua en paquetes. Hay proyecto de once microcentrales en Támesis. No queremos minería, queremos seguir siendo campesinos”, dice Dora.

Los monocultivos son otro factor de riesgo en el suroeste. “Llegaron hace treinta años como idea de desarrollo. Fueron unas fachadas para las plataformas mineras”, complementa Dora. El campesino se está viendo acosado porque ya no pueden vender sus productos como antes, ahora los acosan los registros de calidad.

A estas problemáticas, Pascale concluye que el territorio es sensible y vulnerable. Sin importar el lugar, las amenazas son las mismas, por eso propone que “las luchas son locales y hay que buscar cómo internacionalizarlas”.

Protección de la vida

La preocupación más grande para estas mujeres campesinas es que las nuevas generaciones van a encontrar un planeta muy distinto, las posibilidades de sobrevivir se van reduciendo, por eso las tres ven la importancia de la unidad. “Las mujeres hemos entendido que debemos juntarnos a defender el territorio para proteger la vida”.

En el suroeste las propuestas de conservación son variadas y algunas han sido bien recibidas por la comunidad, otras rechazadas por la institucionalidad. “Hemos realizado travesías para reconocer el lugar que habitamos, vigilias, encuentros de jóvenes, cabildos abiertos, mandatos y consultas populares, apoyo a las economías campesinas”, cuenta Natalia.

Dentro de esos mandatos populares, en Pueblorrico decidieron prohibir el mercurio y el cianuro. Declarar no gratas a empresas mineras. Además realizaron un plan de vida comunitario que van a presentar a los candidatos a la alcaldía para que sea incluido en el plan de desarrollo.

Dora recuerda cómo los ancestros estudiaban los ciclos de la tierra y conociéndola era como la defendían. “Los padres, abuelos, leían los mensajes de la naturaleza. Se detenían a observar cuándo sembrar, cómo venían los vientos, las lluvias o las sequías, así las cosechas eran más prósperas”.

Desde el pensamiento indígena, Yakeline dice que “hay que transformar los roles de las mujeres. Hay que volver a la tierra para buscar el papel tradicional. Yo quiero que entendamos que quiero seguir siendo mujer al lado del hombre. Estamos basados en la solidaridad, la confianza, no somos seres aislados”.

El auditorio repleto las aplaude. Los rostros de la gente quedan sonrientes, algunos se acercan para tomarse fotos o para abrazarlas y agradecer sus palabras. Ellas se sienten satisfechas de llevar el mensaje a la ciudad y ver que muchas personas pueden unirse y desde ya empezar a cuidar el territorio, ese que también es el cuerpo, el pensamiento.

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Dora Hincapié, de Támesis (Antioquia). Foto: Bibiana Ramírez – APR.