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Opinión
Octubre de 2017, 50 años de la muerte del Che y 100 de la revolución rusa
Nadie puede demostrar que tiene toda la razón en cuestiones de revolución y socialismo. Los pueblos indagan y construyen verdades y hay que respetarlos.
Gabriel Ángel / Jueves 9 de noviembre de 2017
 

Octubre de 2017 llega a nosotros con un doble impulso político y moral. El cincuenta aniversario de la muerte de Che no puede pasar desapercibido para ninguno, en la medida que encierra una significación verdaderamente histórica. Pero como si fuera poco, a tal conmemoración se agrega la del centenario de la revolución rusa, el más grande experimento humano en busca de la justicia. La coincidencia abriga mucho más que una simple concurrencia de fechas.

Del anecdotario de la revolución cubana se extrae la escena de Fidel preguntando a la dirigencia insurreccional victoriosa, si había dentro de ellos algún economista para ponerlo al frente del Banco Nacional, resultando el conjunto sorprendido cuando el Che se señaló a sí mismo como el indicado. Dicen que al preguntarle por qué afirmaba ser economista cuando todos lo conocían como médico, el Che explicó sorprendido que había entendido que preguntaban quién era comunista.

Él no vacilaba en reconocerse como tal, en el marco de un proceso en el que no se habían izado las banderas del socialismo para movilizar al pueblo a derrocar la dictadura de Batista. El reconocimiento del Che acerca de su orientación ideológica se hallaba entrelazado sin duda con sus estudios sobre el marxismo leninismo, iniciados con Hilda Gadea en Guatemala, y más allá de eso, con su identificación plena con las revoluciones bolchevique y china.

La historia se encargaría de demostrar que la revolución cubana sí había sido inspirada por las ideas comunistas y el ideal socialista. Sólo que los cubanos, liderados por el genio de Fidel, supieron aplicar con singular maestría la admonición de Martí: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias, para alcanzar sobre ellas el fin”.

Pero a su vez también existe un hecho innegable y es que tras el triunfo revolucionario en La Habana, se desató contra la isla un incesante sabotaje por parte de sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. El accionar terrorista desplegado desde Washington, así como el bloqueo económico y comercial por parte de los países miembros de la OEA, terminaron siendo decisivos para que Cuba requiriera y obtuviera la solidaridad y el apoyo de la Unión Soviética.

Quienes crecimos en esta parte del mundo durante los años sesenta del siglo pasado, recordamos como nuestra educación escolar se vio marcada por la guerra fría. Nuestras maestras nos invitaban a orar en las mañanas en coro porque en la guerra que se libraba en el mundo entre la URSS y los Estados Unidos, el triunfo estuviera al final en manos de estos, pues de lo contrario la humanidad quedaría dominada por el comunismo ateo y totalitarista.

La Alianza para el Progreso distribuía propaganda anticomunista en escuelas y barrios populares, al tiempo que se nos enseñaba a cantar el Himno de América: “Dios salve a América, tierra de paz, y en sus campos, florezcan, las guirnaldas de fraternidad, y por siempre, en su cielo, brille el sol de libertad, Dios salve a América, tierra de paz”. Así las cosas, la noticia de la muerte del Che nos fue presentada como una victoria monumental para el mundo libre y cristiano.

Pese a lo cual las ideas comunistas se expandían por el continente y el mundo entero de modo incontenible. Guerrillas revolucionarias prendían con fuerza en diversos países de América Latina, mientras numerosas naciones de África y Asia obtenían su independencia del colonialismo europeo. La guerra del Vietnam no dejaba de inquietar hasta a las almas más católicas. Los crímenes del imperialismo contra ese pequeño pueblo ponían de presente realidades distintas.

La Unión Soviética podía sernos descrita como el peor enemigo de la humanidad, pero no se podía negar que allá se producían fenómenos asombrosos. Era un país inmenso y poderoso que disfrutaba de un impresionante crecimiento económico, científico, tecnológico y militar, en el que no existía la pobreza, que garantizaba salud, empleo, educación, recreación, arte y cultura a todos sus habitantes. Y que siempre estaba del lado de los débiles y oprimidos.

Años después, empezando el nuevo milenio, escucharíamos de labios de Fidel Castro en Caracas un testimonio impresionante. El mundo atravesaba por una situación muy diferente y difícil desde la desaparición de la URSS. La hegemonía del capital alcanzaba niveles históricos. Ningún pueblo o país se hallaba en condiciones de sostenerse si se producía un triunfo revolucionario en su interior. La lógica neoliberal y el poderío militar imperialista terminarían por aplastarlo.

Un fenómeno semejante a la revolución cubana no volvería a producirse, sobrevenían tiempos distintos, la correlación de fuerzas a nivel mundial era desfavorable por completo para la causa de los pueblos. Las que tomaban una dimensión inédita eran la lucha de masas y la batalla por las ideas. La resistencia masiva de los pueblos era la única garantía ante el gran capital, pero para poder esgrimirla se requería conseguir que las ideas justas hicieran nido en su consciencia.

Recuerdo aún la ira que desataron esas palabras de Fidel Castro, precisamente por provenir de él. En su parecer, y respetando las concepciones distintas de algunos, los tiempos no estaban para la lucha armada. Lo que se requería era que los pueblos comprendieran el riesgo tan enorme que el capitalismo salvaje representaba para la existencia de la humanidad. El cambio climático, la amenaza nuclear, el saqueo y la explotación, la degradación moral.

Contra tales realidades había que movilizar a la gente de todos los países. Masas, multitudes enteras marchando para frenar el desastre y cambiar la lógica dominante, sólo eso podía conseguir transformaciones importantes. Recién se había producido el triunfo de Chávez en Venezuela. En pocos años llegarían los de Lula en Brasil, Tabaré Vásquez en Uruguay, Evo en Bolivia, los Kirchner en Argentina, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, en fin la ola que conocimos.

En Colombia no tardaría en naufragar el proceso de paz del Caguán y sobrevenirse la más grande embestida militar contra un movimiento insurgente en la historia del continente. Fue como si aquí la ola golpeara en contravía. Se nos señaló a las FARC como culpables, porque nos negábamos a aceptar la rendición ofrecida por Uribe, pese a que siempre hablábamos de solución política. Es que la fórmula para firmar esta requería de muchas más cosas, como quedó visto.

Las ideas adquieren su fuerza material cuando las hacen suyas los pueblos. Pero estos no andan a la caza de quién formula un discurso genial para apropiárselo de modo automático. Se requiere de un intenso trabajo de divulgación, de educación, de convencimiento, de confrontación favorable con las realidades, para que las ideas florezcan y echen raíces en la mente de la gente. Todo eso significa un proceso, una batalla larga e intensa, una verdadera lucha.

No es sorprendente que Cuba haya estado siempre al frente de contribuir de todos los modos posibles a la firma de un acuerdo de paz para Colombia. Si se lo sabe leer bien, existe una identidad de fondo entre aquel discurso de Fidel en torno a la necesidad de cambiar la lucha armada por la lucha de masas, y el planteamiento históricamente repetido por las FARC de una solución política que abriera los espacios para la lucha democrática en nuestro país.

Nadie que tenga un mínimo de sensatez puede señalar a Cuba, a su revolución o su dirigencia, de haber perdido el norte en materia ideológica o política. Por encima de los aviesos teóricos de la revolución y el socialismo que andan por ahí, nadie como los cubanos para gozar de autoridad al opinar sobre esas materias. Del mismo modo pocos podrían aspirar a disputar a las FARC una mayor autoridad para hablar de la lucha revolucionaria armada de guerrillas.

Es que aparte de unos planteamientos teóricos elaborados a lo largo de la dura y difícil experiencia de nacer y sostenerse enfrentando al poder del capital y sus violencias, la revolución cubana y las FARC tenemos en común una práctica de más de medio siglo de lucha y resistencia. Se trata de reales vivencias de sacrificio a lo largo de décadas y décadas, de las que en su modo específico prácticamente ningún otro pueblo o movimiento puede hacer alarde.

Los cubanos podrán estar pasando por serias dificultades en algunos asuntos, empezando por el desarrollo y crecimiento de su economía nacional. El larguísimo bloqueo económico, comercial y financiero por parte de los Estados Unidos, profundizado al extremo tras la desaparición del bloque comunista de Europa Oriental, juega un papel determinante en ello. Sin embargo, su dirigencia se ocupa con renovada preocupación por salir adelante con una serie de medidas económicas.

Del mismo modo, también se ocupa de solucionar los diversos problemas que se derivan de ese y de otros fenómenos propios de su realidad social y cultural. Se trata del esfuerzo desmedido de una nación que se niega a doblar la cerviz ante su implacable enemigo imperialista. Las gigantescas movilizaciones del pueblo cubano en apoyo a su gobierno y su revolución continúan siendo el más poderoso bastión para frenar las pretensiones norteamericanas.

Por eso no cabe más que el sincero homenaje a la obra de Fidel y su pueblo. Gran parte de ella se ha alimentado con las ideas del Che, fundamentalmente aquellas relacionadas con la calidad humana del revolucionario, su entrega, su abnegación a toda prueba. Habrá desde luego otras que no se corresponden con el contexto en que se vive actualmente, lo cual es apenas natural. Las circunstancias cambian y con ellas deben cambiar las tácticas y los acentos.

Lo cual no disminuye para nada la grandeza del personaje. Si somos materialistas, si somos dialécticos, si somos marxistas en una palabra, lo que nos corresponde es examinar del modo más objetivo la realidad que nos rodea, desentrañar el tipo y el grado de las contradicciones que moldean nuestro entorno, dejando a un lado el voluntarismo, y dilucidar cuál es el procedimiento más acertado para actuar en vía a acelerar la marcha de nuestro pueblo hacia su liberación.

Ser marxista no puede ser interpretado, sin riesgo de desnaturalizar la esencia profundamente revolucionaria del término, como la habilidad para repetir al pie de la letra las frases de Marx, Engels o Lenin, expresadas en contextos y situaciones determinadas, invocando su carácter de fórmulas irrefutables válidas para todos los tiempos y lugares. Igual puede decirse de las frases de cualquier dirigente revolucionario. El marxismo es una guía para la acción, no un dogma.

El Manifiesto Comunista o el Capital poseen una invalorable fuente de sabiduría por cuanto tienen la virtud de desentrañar el carácter de clase y por tanto la verdadera esencia explotadora del capitalismo, abriendo los ojos a la clase trabajadora del mundo entero, a la vez que señalando la ruta por la que mediante su organización y su lucha podrán liberarse de su yugo. Pero ni uno ni otro nos suministran la fórmula de actuación en el quehacer diario de la revolución.

Lo que hacen las obras marxistas es dotarnos del criterio adecuado para abordar las realidades o contradicciones de cada momento histórico. En ningún momento nos prohíben crear, producir nuevas ideas, estrategias o tácticas. Antes bien, nos iluminan el pensamiento para que nuestras creaciones sean lo más convenientes y acertadas. Un dirigente revolucionario no puede quedarse repitiendo como loro el pasado, sino que está obligado a pensar para el futuro.

Por su parte también el marxismo nos enseña que las ideas no son el producto de mentes privilegiadas, sino que son expresión de un pensamiento colectivo. Son los pueblos, los grandes grupos humanos, las clases sociales, los que generan unas determinadas líneas de actuación. Y estas nacen de su propia experiencia de vida, así como del conocimiento de las experiencias de otros pueblos y clases en el proceso de la lucha.

Cuadro es quien logra sintetizar y expresar de modo reconocible el pensamiento colectivo. Por eso es que los pueblos siguen a quien interpreta de modo más preciso sus aspiraciones. No lo siguen porque sea un genio creador, sino porque habla su lenguaje y expresa lo que ellos sienten. Es elemental que ningún pueblo vive con exactitud las mismas experiencias de otro y menos si esas experiencias están separadas largamente por el tiempo.

Las ideas deben saber plantearse de acuerdo al lugar y momento adecuados. Es el mejor razonamiento que podemos extraer de las valiosas experiencias históricas que conmemoramos este mes de octubre. Lenin, Stalin, Trotsky y demás cuadros revolucionarios de la revolución bolchevique, aplicando el método del materialismo histórico en su época, trazaron y pusieron en práctica unas líneas de pensamiento ajustadas a su época y entorno.

Saber leer en ellas lo realmente aplicable a las condiciones distintas de hoy, sin dejar de producir nuevas líneas de acción surgidas de la propia experiencia, es el reto que nos impone la lucha contra el capital a un siglo de la revolución bolchevique. Tenemos a su vez que admitir que como toda obra humana, aquella no fue perfecta, que tuvo errores. No para cebarnos en ellos, sino para aprender a no cometerlos y cuidarnos de otros en las nuevas situaciones.

No se puede perder de vista que a un siglo del glorioso triunfo en Petrogrado, la gran obra revolucionaria de crear el primer estado socialista sobre la faz de la Tierra pertenece al pasado. La Rusia comunista y con ella la Unión Soviética terminaron por derrumbarse y hasta desaparecer. Después de tantos sacrificios y victorias sobre el capital, este volvió por sus fueros y nos dañó la fiesta. Muchas cosas debieron haber ido mal para que eso sucediera.

Algo sin embargo permanece siendo cierto. El capitalismo representa la ruina para la humanidad y debe por tanto ser derribado. La cuestión a resolver es el modo de conseguirlo. No tenemos un modelo a seguir, hay que reconocerlo. La experiencia soviética, incluso salvando las grandes conquistas para la humanidad que dejó su paso por la historia, aun suponiendo que pudiera ser reeditada, no parece la más indicada para movilizar los pueblos del mundo hoy.

Igual podríamos decir del caso chino. O de Vietnam, o la República Popular Democrática de Corea. Sobre esta última hay que reconocer que a ciencia cierta sabemos poco, pese a lo cual no creo sea un modelo para atraer un pueblo. Los caminos elegidos por China y Vietnam, no creo que apunten precisamente a la sociedad fundada en el valor de uso que tanto añoró el Che Guevara. El riguroso control del Partido Comunista en ambos países no logra ocultar su parecido al capitalismo.

Lo cual no quiere decir que se trate de experiencias condenables. Simplemente se trata del camino elegido por esos pueblos tras soportar situaciones muy difíciles. Quizás algún día logren materializar lo que se proponen, cabe desear que lo alcancen. Pero es evidente que no podemos plantear al pueblo colombiano una ruta igual. A Cuba la amamos y admiramos, confiamos en lo que hace y lo consideramos correcto. Pero es claro que no podremos repetirlo en Colombia.

Se va poniendo de moda también cuestionar los esfuerzos desplegados por los pueblos del continente, que ensayaron caminos distintos al neoliberalismo en los primeros años del siglo XXI. No creo que sea justo hacerlo. Se trata de procesos revolucionarios en marcha, enfrentados en condiciones muy difíciles y desiguales al poder del imperialismo estadounidense. ¿Cuál de los críticos revolucionarios encarnizados contra Venezuela ha construido algo mejor en su país?

Suele apelarse a textos marxistas, a objeto de descalificar las acciones de los gobiernos progresistas del continente que ensayan su propio camino al socialismo. Que les faltó radicalidad en las medidas contra el capital, que no supieron adelantar el trabajo ideológico, que erraron al intentar crear un modelo distinto dentro de marcos neoliberales, que conciliaron demasiado con empresarios y terratenientes, que toleraron la corrupción, en fin, que no supieron hacer lo que debían.

Ojalá que los clásicos marxistas contuvieran las recetas a seguir para salir del atolladero. Lamentablemente no es así. Alguno podría argüir con mala fe, que si eran verdaderamente tan sabios por qué no edificaron el socialismo en su tiempo. La respuesta sería evidente. Las cosas solamente suceden cuando se reúnen todos los factores necesarios para producirlas. Al hundimiento de la Comuna de París siguió la revolución triunfante de octubre en Rusia.

Pero los revolucionarios de hoy no tenemos derecho a ignorar que esta también terminó por hundirse. Lo cual no significa que hayamos vuelto al principio. La clase obrera, la clase trabajadora, los pueblos de una y otra parte del mundo, han librado batallas formidables contra el capital a lo largo del último siglo y medio. Unas veces con emocionantes victorias y otras con estruendos fracasos. Vivimos tiempos difíciles, pero la lucha permanece viva, eso no cambia nunca.

De todo aquello nos queda un acumulado de experiencias para pensar mejor. Así será siempre. Nadie puede señalar el día y la hora en que caerá el capitalismo, pero en cambio sí podemos trabajar incansablemente por derribarlo. De hecho en todas partes del mundo hay gente perseverando en ello. El triunfo final será producto de todas esas luchas. Una cosa es cada vez más clara, ningún país, en solitario, va a ser capaz de superar ese modo de producción.

En algún momento de la lucha se producirá el empate entre uno y otro país. Tenemos experiencia sobre el efecto que produce la unidad de los pueblos y el papel que desempeñan en ello algunos liderazgos. Nuestra América consiguió en su día derrotar el ALCA y en ello jugaron personajes como Chávez, Fidel y Kirchner. Cuba misma recibió un importante oxígeno con la revolución bolivariana. Nada se ha perdido. Un día materializaremos el ideal integracionista de Bolívar.

Entonces estará más cerca el fin del capitalismo, se trata de algo que debemos entender. No podemos vivir condenándolo todo porque no consiguió el resultado final que soñábamos. Nos corresponde asimilar que todo es un proceso, una especie de espiral ascendente en la que a veces la órbita se inclina muy abajo antes de volver a tomar la curvatura arriba. Nada se logra en un día, y menos en los procesos sociales que toman su propio tiempo.

Es lo que nos sucede con nuestro partido y la paz. Tras haber permanecido más de medio siglo en la clandestinidad y la lucha armada, hemos dado el salto a la legalidad de la lucha política abierta. Algunos calificarán erradamente que se trata de una renuncia, porque no son capaces de comprender la dialéctica de la lucha. En medio de enormes dificultades, estamos en la ciudad, rodeados de un pueblo que nos recibe con emoción y espera nuestras orientaciones.

Mal podemos añorar la guerra y la vida en la profundidad de la montaña. Peor aún hacerlo cuando el pueblo que nos acompaña cree en la paz y ha luchado por ella durante mucho tiempo, cuando ese pueblo espera de nosotros que sepamos organizarlo y conducirlo hacia la lucha masiva por las grandes transformaciones en la vida nacional. Lo que nos corresponde es asumir el papel que nos asigna la lucha revolucionaria hoy, estamos en la Colombia del 2017 y no un siglo atrás.

En ningún momento eso significa que hayamos renunciado a nuestro objetivo final de revolución y socialismo. Por el contrario, ese seguirá siendo invariablemente nuestro norte, sólo que somos conscientes de las dificultades del entorno contemporáneo para conseguir de manera inmediata tales objetivos. Sabemos que en la medida en que incorporemos grandes masas a la lucha por la paz y la justicia social, los horizontes que se abren hacia el futuro son valiosos.

Nada puede favorecer más los cambios revolucionarios, que conseguir organizar y movilizar a un pueblo por la conquista de sus derechos conculcados. De eso nos ocupamos ahora. Y es a ese objetivo central al que debemos dedicar todos nuestros esfuerzos. En ningún momento seremos más marxistas o comunistas que cuando cumplimos con tal actividad de manera responsable. Eso hubieran afirmado sin duda Lenin y el Che en las circunstancias actuales.

En distintos eventos democráticos fuimos adoptando la línea que seguimos hoy. Plenos del EMC, X Conferencia, Congreso fundacional. Tenemos unas líneas trazadas por las que debemos responder y a ellas fundamentalmente debemos dedicarnos. Está claro que los Acuerdos de La Habana constituyen nuestro más valioso instrumento de lucha, esa ha sido la conclusión de cada uno de nuestros últimos eventos. Ninguno entre nosotros tiene el derecho de oponerse a ellos.

Como partido nos corresponde la tarea de divulgarlos al máximo entre la gente de Colombia, de explicarlos y señalar su importancia. Tenemos que movilizar a todo un pueblo a la lucha por su cumplimiento, comprender que cada incumplimiento del Estado entraña una debilidad nuestra en la correlación de fuerzas, y que solo lo remediaremos con mayores masas en pie de lucha. Renegar, maldecir o declarar el fracaso no corresponde a revolucionarios.

La lucha de clases ha sido intensa y difícil en cada momento y lugar. Si algo debemos aprender de la revolución bolchevique es que triunfó porque sus organizadores jamás se declararon vencidos, ni siquiera en los momentos de derrota renegaron de sus objetivos. Triunfaron porque ellos mismos elaboraron su estrategia y táctica en innumerables congresos y conferencias, porque en lugar de renunciar a su idea colectiva supieron sobreponerse una y otra vez a la adversidad.

La muerte del Che, medio siglo después de la revolución de octubre, también entrañó otro lado amargo. Con ella se hundió su proyecto de crear uno, dos, muchos Vietnam, que hicieran de los Andes la tumba del imperialismo norteamericano. Pero al tiempo adquirieron inigualable valor ético su ejemplo y obra teórica, que harían de él un símbolo universal de la rebeldía contra el capital. Su inquebrantable fidelidad al ideal socialista inspira a millones de revolucionarios en el mundo.

Había sido él quien se atrevió a criticar algunos sesgos políticos y económicos del socialismo en la Unión Soviética, que en su parecer la alejaban del ideal comunista. En ello pudieron influir los señalamientos de la China de Mao. Su muerte en Bolivia le impidió conocer el rumbo que adoptó la revolución china tras la desaparición de su líder histórico, giro que seguramente le habría disgustado en extremo. Como enseñó Lenin, no hay verdades absolutas.

Lo cual a su vez nos deja una enseñanza mayor. Nada hay más ajeno al pensamiento revolucionario que la soberbia. Nadie tiene en realidad el derecho de irse lanza en ristre contra las decisiones que adopta un pueblo o un partido de manera democrática. La reflexión y la prudencia son cualidades de sabios. Hasta el día de hoy nadie puede demostrar que tiene toda la razón en cuestiones de revolución y socialismo. Los pueblos indagan y construyen verdades, y hay que respetarlos.