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Opinión
50 años de las luchas del “indio” Manuel Quintín Lame II
José Javier Capera Figueroa / Miércoles 29 de noviembre de 2017
 

El trasegar político del “indo” Manuel Quintín Lame ha sido concebido como un referente en la lucha de los movimientos indígenas en América Latina, luego de 50 años cada vez toman más fuerza sus ideas en un escenario politizado, fragmentado y con diversas contradicciones como lo es la sociedad colombiana. Pareciera ser que la “democracia” desde cualquier adjetivo o calificativo demanda mayor atención en su mismo proceso de construcción y futura consolidación.

En efecto los 50 años de luchas políticas, sociales y culturales ejercidas por Quintín Lame en territorios indígenas despertaron inconformismos generalizados por parte de las comunidades en su proyecto de reivindicación y restructuración de lo que han denominado “ nación”; así lo resalta el Maestro Eduardo Sandoval Forero, cuando señala que parte del conflicto hecho violencia en su largo trayecto histórico responde principalmente a los vacíos que se han construido en cada uno de los escenarios en la tierra de Mancando, es decir, dicha invención de una sociedad moderna (colonial) caracterizada por no contemplar o legitimar realmente los pueblos indígenas, negros, campesinos, mujeres y demás grupos oprimidos de la incierta realidad política colombiana. Véase: Manuel Quintín Lame: un rebelde por antonomasia

La praxis trasformativa de aquella época, proveniente de las vibraciones políticas del “indio” Quintín Lame, ha tomado fuerza al interior de las dinámicas del Movimiento Indígena Colombino, gran parte de sus organizaciones configuradas en niveles locales y nacionales han tomado sus banderas de lucha como parte de los programas de resistencia local y de construcción de proyectos alternativos frente a la hidra venenosa del capitalismo extractivista, financiero y crematístico, el cual sin lugar a dudas se ha caracterizado por el despojo a gran escala de tierras, saberes y tejidos comunitarios sobre los sectores subalternos de nuestra sociedad.

De forma concreta logramos apreciar, en lo descrito por Renán Vega Cantor, “cualquier trabajador que se organice sindicalmente, cualquier comunidad indígena que defienda sus derechos, cualquier comunidad que pida mejores condiciones de infraestructura, serán vistas como reivindicaciones terroristas que deben ser reprimidas y este brazo armado ilegal que el gobierno dice que no existe, sigue operando azuzado por distintos sectores dominantes de este país, tanto políticos como económicos, lo significativo es que esos nuevos grupos paramilitares que son los viejos de siempre que nunca desaparecieron, se están entronizando en regiones de influencia de las FARC que quedaron desocupados y que ellos están ocupando ahora y, por lo general, son regiones donde se generan grandes megaproyectos mineros, energéticos, hidroeléctricos y lo que se trata es de respaldar esas inversiones del capital trasnacional para asegurar el libre funcionamiento de la inversión extranjera”. Véase: En Colombia se ejecuta un modelo neoliberal armado: Renán Vega Cantor

De esta manera la vigencia de lo manifestado por Quintín Lame toma fuerza en esta época, en donde la crisis de la democracia y de representación es cada vez más vigente, la necesidad de superar la fragmentación de una cultura construida sobre la estructura de un Estado violento, mafioso y estigmatizador de las luchas sociales, tal como viene sucediendo en el desarrollo de una politica de extermino y violencia contra los pueblos indígenas que no tiene aires de parar por el momento, a su vez, las fuerzas “oscuras” de los grupos radicalizados y precursores del paramilitarismo, las bandas criminales y las estructuras de instituciones consumidas por la corrupción y la narco-política muestran el panorama que deben enfrentar para sobrevivir las comunidades indígenas en sus territorios ancestrales. Véase: Indígenas y afrodescendientes por fuera de la paz

La rebeldía por antonomasia, emergente del pensamiento de Quintín Lame ha dejado huella, memoria y dignidad hacia los sectores oprimidos de la sociedad. Podría pensarse, como una semilla liberadora, que el movimiento indígena nacional viene recuperando en el marco de ideas como la defensa de la raza, la vida, la naturaleza, la cultura y sobre todo la identidad del “ser indígena” en un medio de contexto identificado con la criminalización, la estigmatización y la mercantilización de la cultura, los bienes comunales y los senderos de resistencia pacífica, que cada vez el Estado pretende violentar y pasar por encima de la autonomía, la unidad y la organización comunitaria de los pueblos indígenas.

Parte de este fenómeno de lucha constante se refleja en la demanda de las organizaciones indígenas frente al respaldo por la paz, y la construcción de la misma desde los territorios, una gran lección que analiza de forma sencilla pero brillante Arturo Escobar [1]en la pasada experiencia de resistencia y movilización social proveniente de los pueblos indígenas en Cauca, pero que es un ejemplo concreto de la recuperación del pensamiento del “indio” Quintín Lame en sus 50 años de luchas:“[La] guerra mediática como se ha llamado en contra de los movimientos en el norte de Cauca, especialmente en Toribío, tal como se puede constatar frente a los medios de comunicación como son El País, El Tiempo y los noticieros nacionales que son extremadamente conservadores, que sólo dan noticias desde la perspectiva de los medios convencionales del poder, del mercado, del Estado, del Ejército y de las fuerzas de la violencia, y que desde esa perspectiva, claro como sucedido tras haber arrinconado los soldados y el indignarse por las lágrimas del pobre soldadito como lo llamaron, es el resultado de una manipulación emocional que los medios de comunicación hacen a la clase media colombiana, la clase digamos que no sabe y no se ha mantenido informada, en su inmadurez e ignorancia politica como lo tienen la mayoría de los colombianos, que no han sabido entender el impresionante valor de las luchas de los pueblos, que en realidad históricamente hablando esta cobertura es errónea, puesto que históricamente, los compañeros indígenas, afrodescendientes y campesinos que han sido masacrados, desplazados, acribillados y asesinados de las formas más brutales no sólo en los últimos 500 años, sino en los últimos 10, 20 o 30 años, con respecto al proyecto de la muerte que se montó especialmente sobre los gobiernos de Uribe I-II y continúan intensificando el gobierno de Santos, que es un proyecto que sabemos bien muy acomodado a los intereses del gran capital, y no solamente eso, sino que convierte a la clase media colombiana en lo mismo, porque significa seguir con ese modelo del llamado “progreso” y “desarrollo”.

Ya que ahora sabemos que está llevando la muerte, que está llevando acabar con el país y que la burbuja minera y cañera tarde o temprano van a tener que acabar, y que lo que nos queda precisamente después de que acaben esas burbujas, habrán sido los territorios que alcanzan a proteger las comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes y todos los colombianos que seamos consecuentes con la posibilidad de que Colombia fuese un país diferente. Así que me parece que es necesario resistir al chantaje emocional de los medios, del gobierno y del Estado, hay que resistir a sentir compasión por el pobre ejército.

Está bien nadie quiere que hayan muertos, los compañeros indígenas y de la minga del tejido y la comunicación, y los que están en resistencia en todo el norte de Cauca lo han dicho “queremos la vida, no queremos la muerte” por eso han dicho que todos los actores armados salgan, me parece que es una estrategia completamente correcta y adecuada para el momento actual colombiano, que los medios masivos deben parar y deben de pensar siquiera dos veces, el tipo de periodismo amarrillista, acomodado y mentiroso que están haciendo con respecto a lo que está pasando en el norte de Cauca y el país”. Véase: Arturo Escobar solidario con movilización indígena

Es el momento por seguir construyendo la paz desde los territorios, ojalá la experiencia histórica, simbólica y cultural del Movimiento Indígena Colombiano, sea parte de la base por pensar una paz integral, decolonial y desde abajo, una manera de poner en diálogo el saber proveniente desde las comunidades, para así seguir construyendo rutas encaminadas por seguir superando las llagas abiertas del conflicto, la memoria sensible del dolor y el sentimiento frustrado del arrepentimiento, que se siente en gran parte en los sectores del país, no obstante, la vitalidad por continuar el legado del “indio” Quintín Lame siempre será una pieza, bandera o razón fundamental apropiada por parte de los oprimidos de nuestra época, por supuesto, esos que reclaman en sus voces un territorio, una nación y un país que tengan peso contundente frente a todos los tipos de violencia, la cultura paramilitar, mafiosa y corrupta que tanto se vive, se siente y sin lugar a dudas merece una transformación asimilada, respaldada y ejercida por las futuras generaciones del país.

La necesidad de incorporar los pueblos indígenas a la construcción real de la Justicia Especial para la Paz debe ser una necesidad sin lugar a dudas, es una lástima ver como se dilatan las bases del proceso de paz, aun cuando salen a relucir las contradicciones de diferentes partes y lo más complejo se sigue alimentado la cultura de la violencia, la mentira y la zozobra por parte de las élites, las “izquierdas” divididas, la derecha negociando y encubriendo sus errores, y parte de la sociedad civil pendiente de la clasificación de la selección Colombia al mundial, sin dejar a un lado, que baje el precio de la cerveza para las festividades de diciembre.

[1] La entrevista ha sido editada por el autor de la nota, todos los errores son responsabilidad del mismo.