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Opinión
Juntar alegres rebeldías juveniles: aportes a una polémica (Parte 2)
No un movimiento para ser dirigido, es un movimiento que se autorregula sobre las expectativas que contiene.
Cristian Hurtado / Lunes 8 de enero de 2018
 

La crisis de la política en Colombia obliga a pensar la naturaleza y la manera de proyectar una alternativa que “democratice la democracia” a nivel económico, cultural, social y político. Nuestro punto de partida es que dicha manera ha emergido bajo la forma de movimientos y su proyección es la convergencia de los mismos. Ello será efectivo si se acompaña de varios saltos: de movimientos destituyentes a movimiento constituyente; de la dispersión a la convergencia; traducción de la fuerza de acción colectiva en capacidad electoral; combinación permanente de acciones de movilización y manifestación pública y masiva –movimientos– y ocupación de espacios representativos y lugares de incidencia, denuncia y visibilidad –posiciones.

Un proceso de este tipo requiere de un sujeto que conserve superando múltiples sujetos que ya existen –movimiento de movimientos-; el refinamiento de las banderas programáticas de sus componentes –el programa de la transformación es la incorporación de programas de los movimientos que lo componen -; la iniciativa permanente – la adecuada combinación de las agendas particulares y las agendas generales, perfilando la autonomía del movimiento ante cualquier subordinación del interés común que busca proyectar, ante el interés particular. Requiere, una actitud política que promueva su maduración: construcción de liderazgos basados en su legitimidad (retomando las reflexiones de Jacobo Arenas al respecto [1]); no preestablecer la forma, de decisión, articulación y práctica; no predefinir sus formas de acción. En síntesis: inventar, errar, confiar.

Se ha afirmado que una de las dificultades del campo social y popular es su tendencia a la fragmentación y compartimentación. De allí, que al “perfilar una organización de x sujeto social, también y o z van a pedir su propia organización”. Es una herencia del viejo y dañino antagonismo entre luchas sociales o gremiales y políticas. El planteamiento peca de varias impresiciones:

Será ahistórico al no detectar el grado de desarrollo del capitalismo en extensión y profundidad. Es decir, el grado de profundización espacial y vital del capitalismo hacia nuevas esferas de la vida social más allá de las económicas y políticas – extensión. Proceso que se acompaña por la intensificación de relaciones asimétricas, de subordinación y dominación, en los mismos campos –profundidad. Ello deriva en la emergencia de nuevas conflictividades sociales que adquieren personalidad histórica en nuevos sujetos de disputa. En un contexto de crisis de la política, con estados débiles en tanto mecanismos de canalización social, pero fuertes en tanto instrumentos de disciplinamiento ¬¬– en palabras del maestro Múnera-, dichos nuevos sujetos no siempre encuentran en el sistema representativo del juego democrático institucional un lugar, y actúan al margen o contradicción con el mismo. Negarles un lugar, no sólo niega potencia a un proceso transformador; también es negarles una condición de la sociedad actual que se pretende subvertir.

Dichas afirmaciones se hacen desde una posición de desconfianza en la propia propuesta. Se asume que proyectar o promover expresiones organizativas en diversos campos de disputa dispersa la acción política bajo la autonomía de cada expresión. Es la concepción de que las revoluciones se hacen y por tanto, su fuerza se dirige y controla. Presupuesto falso pues las revoluciones se organizan y su fuerza se motiva y desata. Todo proyecto político genuino y alternativo, presupone convertirse en interés común sin por ello negar el interés particular de sus componentes. Por tanto, asumir que la promoción de las disputas sociales es un límite para el desarrollo de una organización política no es otra cosa que la normalización de la acción política sin horizonte político.

Por último, alude a una confusión entre expresión organizativa y movimiento. Un dejo de vanguardismo mal entendido al considerar cada expresión organizativa es sinónimo de movimiento, y por tanto, ahí sí, la capacidad de soportar tal dinámica de trabajo rebasa la de la organización. Ello es cierto, pero no lo es que una organización tenga la capacidad de contener un genuino movimiento. Por tanto, se habla de organizaciones, o espacios especializados que aportan en su campo a construir movimientos, que en ello, dotados de una visión estratégica, contribuyen a la maduración y consolidación de dicho movimiento mediante la organización en cuestión. No está demás reiterar, que dicho proceso implica la maduración del sujeto constituyente y su construcción mediante la convergencia de dichos sujetos particulares y fragmentados en un bloque popular.

La última justificación de dicha necesidad de la especialización organizativa y la vigencia de la militancia colectiva – que por demás recoge la dinámica misma del campo social y popular en la última década – tendrá que ver con las condiciones de trabajo, en nuestro caso, del campo popular juvenil. Afirmamos hay cuatro características que aplican a las formas de agrupamiento existentes.

La dispersión creativa

La crisis de la política excluye de su ejercicio, por repulsión o hermetismo del sistema, al conjunto de la sociedad. En ese contexto y sumado a la centralidad que adquiere en la sociedad neoliberal la lógica sujeto –experiencia– consumo como operador identitario, deriva en la fragmentación y erosión de dinámicas de vinculación y autoafirmación colectivas. Al margen de dicha centralidad, emergen expresiones de agrupamiento juvenil. En primer término, las dinámicas identitarias son definitorias del campo juvenil. Dichas dinámicas desprenden variadas formas de agrupamiento –que no necesariamente son organizaciones, o no implican per se activismo o militancia social o política-. Hablamos de procesos como la barra, el parche, la pandilla, las mal llamadas tribus urbanas, agrupaciones artísticas, eclesiales o de comunidades de fe. Gustos e intereses comunes que derivan en agrupamientos y solidaridades entre sus miembros. Las habrán marcadas por lógicas de consumo, y otras de un orden más prospectivos abocadas a la intervención.

El valor de estas dinámicas de agrupamiento radica en que pese a no escapar de la individualización, incluso son un mecanismo de la misma, contienen su contrario: la construcción de espacios colectivos, la extensión de solidaridades y la prolongación de la acción individual mediante los mismos. Serán creativas por ser dinámicas, por impulsar iniciativas de diverso orden y naturaleza. Y arrojan una experiencia importante en mecanismos, instancias y dinámicas de construcción colectiva, toma de decisiones, ejecución de acciones y místicas de identidad colectiva.

Marginales ante el universo juvenil, se ubican las dinámicas asociadas a alguna forma de activismo, militancia o intervención social. Estas, también dispersas pero creativas y activas, se caracterizan por su aislamiento. La tendencia identitaria les implica mantener su carácter y por ello la dificultad de converger en unidades mayores de acción, decisión y construcción. Excepción mayor con las organizaciones juveniles más formalizadas, menores en número y capacidad de relacionamiento y encuentro con estas expresiones más localizadas y especializadas. El reto acá se asocia a la capacidad que logre el movimiento juvenil de beber de la variada manifestación de solidaridad y emplazamientos para constituir la convergencia; igualmente, de su capacidad de lograr construir un discurso, proyecto y propósito común que despunte una convergencia en momentos específicos. Es decir, la capacidad de trazar una pauta que conecte y se potencie de esa creatividad permanente en estado de dispersión.

Absorción institucional

Una característica del tratamiento estatal hacia la juventud es la tendencia a intervenirlo, conducirlo, disciplinarlo. Uno de dichos mecanismos es el tema financiero. En la evaluación de la política de juventud de la Bogotá Humana –una de las mejores experiencias a nivel nacional-, se reconoce como dificultad que el impulso a las dinámicas juveniles sigue limitado al apoyo económico. El riesgo de ello radica en que el apoyo financiero se determina por objetivos definidos previamente por la institución que aporta los recursos –sea o no estatal. La incidencia de los procesos juveniles en la ejecución de iniciativas se ve afectada por las determinaciones del financiador.

Se construye así una tendencia a hacer del proceso juvenil financiado un operador de programas de gobierno en los que no siempre incide al ser diseñados. Lo cual margina iniciativas que no cabrían en dichos objetivos institucionales, o en que los del proceso juvenil sea modificado para ajustare al mismo. Lo anterior no niega casos de ajuste pleno entre lo que un proceso proyecta y lo que la convocatoria busca apoyar, o de procesos que logran equilibrio entre las necesidades institucionales y su autonomía organizativa. Los casos más extremos serán los de procesos que son arrastrados por la dinámica de las convocatorias al punto de convertirse en cazarrecursos desdibujando sus objetivos iniciales. Sí, en el campo juvenil, muchos procesos viven de los recursos de convocatorias. Y ello tendrá que ver con el lugar que ocupamos los jóvenes en el proceso productivo que limitan fuertemente la capacidad de autogestión para el desarrollo de iniciativas.

Mención aparte merecen las dinámicas electorales, en particular, vinculadas a partidos tradicionales de la vieja política. Allí el proceso juvenil y los liderazgos juveniles son apreciados por el “espectro electoral” que pueden interpelar y vinculados a las redes de clientelismo. Igualmente ocurre con el modelo educativo, el cuál en esencia busca formar la fuerza de trabajo necesaria para la reproducción de la formación social –a nivel económico, político, cultural. Son en todo caso, esquemas de disciplinamiento externos cuyo objetivo es interiorizar en la juventud los valores y prácticas institucionales que garantizan su reproducción.

La protesta muda

La lógica cultural y sociológica de la sociedad neoliberal promueve la frenética movilidad, la instantaneidad y el goce en el acto de consumir y consumir. La relación del sujeto, su arraigo, se asocia así con experiencias puntuales a ser consumidas –en el sentido cultural del consumo, sin por ello negar su correlato económico, sino más bien haciéndolo más denso. Diluidos los arraigos territoriales, nacionales, culturales se diluye también el objeto de la rabia. Ello está asociado al adelgazamiento del estado y la erosión de la soberanía que niega a su vez el valor del territorio, la fluidez cada vez mayor de la comunicación y acceso a información y la descentralización del aparato productivo vía su desnacionalización, la deslaboralización del trabajo y por tanto, la movilidad permanente de la lógica de consumo.

Emergen dos tipos de protestas mudas, entendidas como manifestaciones de contradicciones sociales que derivan en prácticas que no se acompañan de discurso. Emergen actores que reflejan un desplazamiento de sus lealtades, marginales y producidos por las asimetrías sociales, son actores con poder real, pero sin discurso político. Hablamos del crimen organizado. En especial, de las llamadas pandillas juveniles; se trata de agrupaciones con códigos y lealtades fuertes, que logran incluso crecer y reproducirse, construyendo una identidad y mecanismos de legitimación. Asociadas al objetivo individual de riqueza y posesión desde el margen social al que han sido avocados por las asimetrías sociales. En ese orden de ideas, sin entrar en consideraciones morales o penales, el robo se constituye en demanda individual, e individualmente satisfecha, de riqueza. Es el correlato de una cultura en la que la emergencia de factores de poder asociados a la captación de rentas ilegales –narcotráfico y corrupción– ha construido la noción del dinero fácil como proyecto de vida. Es el reino de la informalidad, que por origen y emplazamiento, es absorbido como poder para-estatal, y en algunos casos se erige en anti-estatal.

El segundo tipo de protesta muda, refiere a la práctica contestataria. Espontánea, esporádica y explosiva. Poco se ha reflexionado al respecto, pero su existencia notable se puede rastrear, por ejemplo, en las acciones colectivas ante el disfuncional modelo de transporte público e incluso, se puede decir, fueron protagónicas en las movilizaciones del sur de Bogotá durante el cenit de paro agrario de 2013. Lo es también el generalizado desprecio por la política, entendida a imagen y semejanza del Estado como la práctica electoral basada en el clientelismo y la gestión de poder individual a despecho de su sentido original como construcción y disputa de horizontes colectivos.

Baja permanencia

El papel que ocupa la juventud, en especial la juventud de las barriadas, veredas, cabildos y palenques del país, en el aparato productivo determina la permanencia de los procesos juveniles. Los más longevos serán aquellos que logran una perspectiva de mediano y largo plazo, sea a nivel político, económico o cultural; se convierten en tradiciones, o arraigos estables. En general, sin embargo, la permanencia de los agrupamientos juveniles es baja, o cambia de naturaleza con el tiempo. Con ella, el sinsabor de la derrota, de la expectativa frustrada, o la apropiación de preocupaciones ajenas –inseguridad y vigilancia, castrochavismo, ideología de género. O la absorción por las propias –inestabilidad económica, individualización del ocio.

Las anteriores características, aún en un nivel descriptivo, coinciden en dos aspectos: el primero es la necesidad de una pauta que conecte y logre la convergencia, la motivación a juntar rebeldías. Se trata de la posibilidad y necesidad de construir colectivamente un horizonte común, un discurso que socialice y extienda las redes de cooperación y solidaridad existentes. De poder consensuar el espacio que logre la prolongación de la fuerza dispersa, fragmentada haciendo de éste una fuerza potente y ávida de transformaciones, transgresiones y acción. Es decir, la necesidad de promover y encontrar una identidad de las y los jóvenes marginados que proyecte a partir de sus experiencias y entornos un proyecto orientado al buen vivir, antes que el vivir mejor. Estamos ante expresiones que pese a sus dinámicas activas y creadoras, no han logrado una maduración que les dote de un relato y un horizonte de sentido y participación. Por tanto, la convergencia exige tal condición que es a su vez, la autoafirmación de la autonomía juvenil como constitutiva de un sujeto social y político; consciente de su fuerza, de su papel, a partir de sus necesidades y expectativas ahora convertidas como promesas de nuevo tiempo.

Las características indicadas aluden a formas disimiles, desiguales, de desarrollos de politización juvenil. Indican nuevas formas de hacer política – por sus lugares, mecanismos, objetivos – en tanto acumulan poder, y de un modo u otro, lo interpelan. Hablamos de politización en el sentido de la conciencia de un proyecto colectivo, general, común, que contiene y conserva al mismo tiempo, los proyectos particulares y locales desde los que se emplaza el sujeto juvenil popular. Se trata de construir un “centro horizontal” de absorción y resonancia de las expectativas juveniles, cuyo contenido refiere a un proyecto estratégico que le pauta su accionar y cimenta sus solidaridades; un recipiente que se nutre y forja identidades basadas en nuevos sentidos de lo social, que a su vez, son la emergencia de sentidos de lo juvenil. Se sobreentiende el papel que la autonomía juega en dicho centro, y se desprende, por tanto, su forma a un nivel general: un movimiento juvenil dotado de un proyecto de país a la medida –sí, a la medida – de la juventud del común, entendida ésta como la fuerza de trabajo social en que se sustentará el futuro entendido como la conservación del presente, o su subversión. Ahí, de nuevo, lo estratégico del asunto.

Así, el movimiento, sin una forma, liderazgos, predefinidos es el espacio que permite dicha convergencia. No un movimiento para ser dirigido, es un movimiento que se autorregula sobre las expectativas que contiene; que se educa a sí mismo y a sus pares en su desarrollo; que madura en su caminar, y que llega al encuentro con otros movimiento para disputar un nuevo sentido de la historia. Ello implica, entonces, dotar a partir de la construcción colectiva, de una idea de sociedad al campo juvenil; implica, en últimas, juntar alegres rebeldías juveniles.

El artículo siguiente explora la noción de juventud impulsada desde el Estado y desde el mercado. Se detendrá de manera particular, en el problema de la adicción al ser está la manifestación más madura de la intersección de ambas visiones.

Representatividad, juventud y proceso constituyente: Aportes a la polémica (Parte 1)

[1] Valdría la pena volver a textos como Don de Mando Fariano para hablar de la manera en que se entiende el liderazgo, y su construcción, en organizaciones como FARC-EP.