Agencia Prensa Rural
Loading
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

La convivencia pluricultural no existe en un vacío de valores, pero tampoco en una cohabitación simultánea de derechos fundamentales que se contraponen
Un debate necesario sobre la multiculturalidad, a raíz de la práctica de mutilación del clítoris a niñas embera
 

De entrada aclaramos que estamos tratando un tema que va a levantar muchas ampollas, pero que no podemos dejar pasar, y menos “de agache”. Sabemos que en esta materia y en un país de juristas recibiremos réplicas a montón. No nos asusta la controversia, ni el “temor a errar”, que al decir de Hegel, “es el primer error”. Nos guía el corazón y un profundo sentir “liberal” (aclaramos: liberal no en el sentido de librecambio, ni en el sentido partidista. Liberal en su sentido histórico, que significa ser generoso, humanista, prodigo, altruista, desprendido...).

Los hechos y las opiniones

Araceli Ocampo, personera de Pueblo Rico (Risaralda), puso en conocimiento de la opinión pública la muerte de una niña embera chamí del resguardo indígena de Gito Docabu, debido a la mutilación de su clítoris.

Colprensa divulgó la noticia. Y a partir de allí Colombia entró a hacer parte del tristemente célebre grupo de países (del Norte de África y Sur de Asía) donde se practica la mutilación del clítoris a niñas menores de edad sin su consentimiento.

El ginecólogo Jaime Ruiz explicó que son muchas las niñas que mueren en el mundo por está práctica, debido a hemorragias y shock por el intenso dolor que produce la mutilación, pero también por infecciones y obstrucción del flujo menstrual. Afirma que “la niña que es víctima de esta práctica queda de por vida afectada en su vida sexual y propensa a todo tipo de infecciones urinarias y pélvicas...”.

El vicario de la pastoral indígena de la diócesis de Quibdó, Jesús Flórez, en entrevista con Colprensa confirmó que esta práctica existe en algunas comunidades embera chamí y embera katío en los límites de Risaralda y Chocó. Explicó además que esas comunidades “piensan que al quitar el clítoris evitan que las mujeres sean víctimas de malformaciones....”. Según este sacerdote, la Iglesia se encontraba en proceso de diálogo intercultural con estas poblaciones, por lo que no se atrevía a realizar juicios sobre esta práctica, no obstante reconocer que se trataba de una violencia física contra una persona.

Más contundente fue el juicio de Unicef, que a través del oficial de acción humanitaria, Eduardo Gallardo, expresó que se trataba de “una violación absoluta a las niñas, que no puede ser tolerada por razones culturales... Más que un tema sanitario, es un atropello a la libertad y dignidad sexual de las mujeres...”.

La Organización Nacional Indígena de Colombia, por su parte, defendió esta práctica, declarando que en este caso “se trata de una conducta correspondiente a una práctica ancestral del pueblo embera chamí, dentro de su cosmovisión propia”. Esta organización insistió ante Colprensa en el derecho a la autonomía de los pueblos indígenas y reprochó “la doble moral de nuestros hermanos no indígenas, que da pie a que sectores oportunistas y retardatarios se prendan de este hecho para calificarnos de salvajes e incivilizados”.

Florence Thomas frente a este caso fue tajante y afirmó que “es una práctica sobre la cual no debe ni preguntarse por un punto de vista, porque es un acto condenable ante el cual no se debe invocar la cultura”.

De manera similar Marcela Velasco de la Universidad de los Andes afirma que “por principio natural, las mujeres somos personas iguales a cualquier otro ser humano”... y que “ninguna ley humana y ninguna convención puede... reducir nuestra dignidad, capacidad o voluntad. Si alguna ley humana o convención cultural permite la sumisión de las mujeres y su disminución como seres... va en contra de la naturaleza humana y por lo tanto... es una ley o convención injusta que no debemos respetar...”.

El debate

En los últimos 20 años los diferentes pueblos y culturas de Colombia han tenido un notorio acercamiento. Pero este acercamiento ha contribuido muy poco a un entendimiento de la diversidad cultural y de las condiciones para la convivencia. Es más, lo que ha primado es el conflicto. La fuente de las desavenencias de los grupos indígenas con el estado y el resto de grupos humanos que los envuelve ha sido la tierra, el sustento fundamental de las culturas indígenas. En la lucha por la tierra, o como dicen los indígenas por la “recuperación” de la tierra, el saneamiento, ampliación y creación de nuevos resguardos, los pueblos indígenas han contado con el apoyo incondicional de muchos hombres y mujeres no indígenas, que con generosidad han ofrendado sus vidas por esta causa. Nos atrevemos a nombrar algunos: Gustavo Mejía, el padre Pedro León Rodríguez, Jaime Bronstein, Luis Ángel Monroy, Jairo Bedoya... No queremos mencionar la interminable lista de los dirigentes indígenas que ya no están con nosotros porque fueron asesinados o desaparecidos por esta lucha, pero sí queremos rescatar los nombres de los paeces Benjamín Dindicué, el padre Álvaro Ulcué, Cristóbal Sécue...; de los embera chamí Gilberto Motato, Fabiola Largo Cano, Luis Ángel Chaurra...; de los embera katío Mario Domicó, Enrique Arce, Kimy Pernía, Lucindo Domicó... y un largo etcétera de dirigentes de otros pueblos.

Pero si se reconocen los conflictos por la tierra que han amenazado la convivencia, no sucede lo mismo con aquellas dificultades, desavenencias, o aun conflictos abiertos que se derivan de las diferencias culturales o religiosas de los pueblos.

No es bien visto por las organizaciones indígenas que se debatan de forma abierta los problemas culturales que se presentan a su interior, pues se considera que son asuntos propios de sus culturas, que no admiten intromisión alguna.

Pero es la vía del debate la que permite despejar el camino y auscultar las formas para manejar los conflictos. Si se cierra, o aun se prohíbe el debate, los problemas que derivan de la pluriculturalidad no sólo no desaparecen, sino que se acumulan y tarde o temprano explotan.

Las organizaciones indígenas, al cerrar las puertas a ideas críticas de afuera (como si una sociedad, indígena o no, pudiera vivir, avanzar y reproducirse partiendo de su propia sustancia), al censurar el debate aduciendo que los elementos de su cultura, que hoy están siendo controvertidos por otros sectores de la sociedad civil que los rodea, son asuntos propios de sus culturas, sobre los cuales sólo ellos pueden decidir y opinar, entonces se acercan peligrosamente a posiciones absolutistas y fundamentalistas que tanto daño han causado a los pueblos indígenas [1]. Es necesario entender que los indígenas ya no viven solos, en un mundo que ellos puedan manejar y sobre el cual ellos puedan decidir solos. Y deben entender también que el daño que causan a sus hijas y el dolor que les infringen, independientemente de las razones culturales que se aduzcan, es una violación a derechos que también a nosotros los no indígenas nos afectan, por el hecho de que estamos conviviendo con ellos en un mismo espacio y compartimos la misma nacionalidad, aunque pertenezcamos a universos culturales, lingüísticos y semánticos diferentes.

En Europa es donde se ha avanzado más en el estudio de la problemática pluricultural. Aunque no se trata de copiar fórmulas, pues se trata de contextos socioculturales y económicos diferentes, podemos de estas experiencias enriquecer nuestros conceptos analíticos para entender y manejar los conflictos.

Entre el atentado del 11 de marzo del 2004 en Madrid, las caricaturas danesas del profeta Mahoma y la alocución del Papa en Regensburg dos años después, han sucedido muchos conflictos de orden cultural, conflictos que han desembocado en formas violentas: A finales del 2005, explotó en París una revuelta de jóvenes musulmanes. Esta “intifada” en el corazón de Europa tuvo orígenes culturales y religiosos. Sin embargo, quienes de alguna manera tenemos una biografía de izquierda, buscábamos en la economía la explicación profunda de estos levantamientos y éramos renuentes a percibir otras razones menos tangibles, más espirituales. Un hecho de menos resonancia pero que sacudió los cimientos de la multiculturalidad de la sociedad holandesa, se produjo cuando el “creyente” musulmán Mohammed Bouyeri de nacionalidad holandesa, mató al “no creyente” pintor de su misma nacionalidad, Theo Van Gogh en noviembre del 2004, por razones religiosas.

¿Cuáles han sido las conclusiones que han sacado los europeos de los conflictos que se derivan de la existencia de culturas diferentes en un mismo espacio?

Empecemos diciendo que han perfilado su bagaje conceptual, diferenciando el multiculturalismo de la pluriculturalidad.

La pluriculturalidad sería la alternativa al multiculturalismo.

Para entender esto miremos la definición de los dos conceptos y sus diferencias. El sirio Bassam Tibi, profesor de relaciones internacionales de la universidad de Gotinga (Alemania), explica el multiculturalismo mostrando las etapas de formación de este “pensamiento”: En una primera etapa se parte de la realidad de que existen varias culturas en un mismo espacio. En una segunda etapa se acepta que estas culturas requieren un reconocimiento constitucional. Hasta allí, nos dice Tibi, todo anda bien, hasta que vemos la tercera etapa del planteamiento del multiculturalismo, el cual exige que las diferencias culturales se eleven a la categoría de derechos fundamentales (o naturales). Esta tercera fase del planteamiento multiculturalista no es del todo aceptable, ni tiene fundamento político, pues implica que en un mismo país existan varios derechos fundamentales, derivados de valores culturales que pueden estar en abierta contradicción.

La diferencia entre los dos conceptos, es que la pluriculturalidad reconoce la diversidad cultural, pero establece una condición: para garantizar la armonía y la convivencia entre las diferentes culturas en un mismo espacio, debe aceptarse un consenso de valores que delimite los derechos que emanan de una diversidad cultural que en principio no tiene límites. A los valores que tienen consenso en nuestra nación multicultural, pertenecen todos aquellos que tienen que ver con la democracia, la secularidad y los derechos humanos individuales. El planteamiento pluricultural amarraría así la diversidad cultural a un orden de valores, promoviendo la convivencia, en contraposición de la ideología multiculturalista que pone barreras y obstruye cualquier acercamiento intercultural. La puesta en práctica de las premisas multiculturalistas, o multiétnicas para hablar en los términos que habla la Constitución Política de Colombia de 1991, dan como resultado sociedades paralelas, o a la creación de lo que alguien jocosamente llamaba “nacioncitas de neblina y frailejón”, llevando a obstaculizar la posibilidad de constituir una nación democrática y pluralista.

A manera de conclusión

Colombia, los colombianos y sus pueblos indígenas necesitamos un lenguaje claro que nos permita establecer las bases para la convivencia cultural. En principio poseemos esos valores consensuados que posibilitan emitir juicios sobre los acontecimientos en los pueblos indígenas. Mal harían los pueblos indígenas en tildar de retardatarios y reaccionarios a aquellos que no compartimos la violación de derechos humanos de las niñas indígenas, las personas quizás más vulnerables de las comunidades.

Tampoco podemos aceptar las frágiles explicaciones que dan algunas organizaciones indígenas para salirle al paso a las críticas que les llueven de sectores amigos (aquellas de la autonomía cultural o de que no se “...dé pie a que sectores oportunistas y retardatarios se prendan de este hecho para calificarnos de salvajes e incivilizados”). Estas espurias, por no decir fraudulentas explicaciones ya las conocimos en el pasado, cuando escuchamos a un dirigente embera del Chocó, que preguntado sobre el suicidio de algunas jóvenes embera, con gran desparpajo, muy orondo y sin mostrar ningún ápice de vergüenza, respondía que estas jóvenes habían decidido quitarse la vida en rechazo a los actores armados que hacían presencia en sus comunidades. Cuando una comisión de mujeres indígenas investigó los hechos, salieron a la luz las razones que el dirigente indígena ocultaba. Algunas familias, ante el agotamiento de los recursos naturales, habían extendido el trabajo de niñas y jóvenes a tales límites, que las llevaban al suicidio para escapar a estas infrahumanas condiciones de vida a que eran sometidas.

En áreas de colonización embera en el Caquetá, también en circunstancias similares de explotación, la respuesta de algunas jóvenes fue la de suspender el ejercicio de sus sentidos y caer en una especie de letargo y trance. Las explicaciones para estos casos llevados a la pantalla por algunos medios de comunicación de forma exótica, llovieron a montones, desde los que afirmaban que se trataba de posesiones demoníacas, hasta los que aseguraban que se trataba de casos con una génesis jaibanística. Pero aquí la perla la suministró un antropólogo que no tuvo empacho en afirmar que se trataba de grupos que habían sufrido una fuerte aculturación. Ante la imposibilidad de encontrar el camino para recuperar su cultura, se presentaba como solución la histeria.

No son convincentes tampoco las explicaciones de aquellos vicarios y otros supuestos amigos de los pueblos indígenas que de forma populista y con buena dosis de paternalismo (la cara bondadosa de aquellos que presumen pertenecer a culturas o creencias religiosas superiores), acogen las tesis descoloridas de algunas organizaciones y dirigentes indígenas indolentes, hoy día más preocupados por participar en foros internacionales que por enfrentar los problemas reales de sus comunidades. En este sentido echamos de menos dirigentes del talante de Kimy, quien, de no haber sido asesinado por los paramilitares, estaría tomándose con su gente la administración de salud del Chocó para impedir que se les sigan robando los recursos, provocando la desatención y muerte de niños y niñas embera.

Echamos de menos voces calificadas como las de algunos dirigentes indígenas del país que no se han pronunciado frente a estos atropellos. ¿Se trata de una pseudo solidaridad étnica que oculta la ignominia?

Echamos de menos un pronunciamiento de Eulalia Yagarí, ex diputada indígena de Antioquia, cuya hermana murió por infección causada por la mutilación de su clítoris. También de Patricia Tobón y otras personas cercanas a los pueblos indígenas como Graciela Bolaños, María Elena Orozco, Gloria Tobón, Gloria Salinas y muchas más.

Un amigo indígena consultado esta mañana sobre la necesidad que había de hablar públicamente de estos hechos y provocar un debate que llevara a que se ejerza desde las organizaciones una influencia fuerte para que se suspendan estas prácticas y no se cometan más violaciones contra las niñas embera, que también son nuestras niñas, me contestó en términos parecidos a los del Comisionado de Paz, de que el país no estaba preparado para conocer a cabalidad lo que ocurre al interior de algunos pueblos indígenas y que esto podría espantarles votos a la hora de convocar a la sociedad para que apoye sus demandas.... ¡Hágame el favor!

Planteamos pues como alternativa la necesidad de que los indígenas abran un espacio a la diversidad de pensamientos e ideas políticas y organizativas en sociedades multiétnicas y pluriculturales como las nuestras. Naturalmente que este espacio sólo puede surgir en ambientes democráticos, diametralmente opuestos a concepciones autoritarias del poder. Las niñas indígenas mancilladas de Colombia se lo merecen...

[1] De esta forma los indígenas combaten a Satanás con el Diablo. Al desconocimiento autoritario que han sufrido por parte del estado y los grupos dominantes de la sociedad colombiana, responden con fundamentalismo. El fundamentalismo es un producto del desconocimiento autoritario, pero también la forma que a menudo se adopta para responder al autoritarismo. Pues cuando un discurso, ya sea cultural, religioso, ecologista, feminista, clasista, antiimperialista, pacifista o guerrerista, etc., busca subordinar la totalidad de la realidad social a su punto de vista, se corre el riesgo del fundamentalismo, y las respuestas que recibe tienden a ser del mismo tenor.