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Carlos Perozzo, ¿Por qué fuimos tan pocos?
Freddy Ordóñez / Viernes 5 de agosto de 2011
 

Por Iván Gallo http://elateneista.blogspot.com/

Lo recogimos en el aeropuerto una mañana lluviosa del 92. Se sentó adelante, al lado de su hermano, sacó del maletín media de aguardiente y sin mediar palabra se echó un trago largo. El trayecto del Salado hasta la casa lo vivió en silencio. “Está borracho” me dijo Wanda como disculpándose. Éramos muy jóvenes pero igual sabíamos aunque no lo hubiéramos leído que el hombre que iba adelante era tal vez el escritor más importante que había dado Cúcuta. Tambaleándose se bajó del auto ya llevaba más de la mitad de la botella, sacó del bolsillo dos billetes arrugados me los entregó y entre dientes me dijo que fuera a conseguirle más guaro. Cuando volví tenía la esperanza de que me dejaran sentarme al lado del escritor, quería saber como respiraba, que frases inmortales podían salir de su boca, me parecía fascinante hasta su peluquín, pero que va, ni siquiera la lluvia hizo conmover a Wanda quien me recibió la botella y luego me cerró la puerta en la cara.

Nunca más lo volví a ver, eso si a partir de esa fecha sus libros siempre estuvieron acompañándome. Incluso hace poco volví a releer algunas páginas de Hasta el sol de los venados y así ya no comparta alguno de los postulados ideológicos de sus personajes me siguió impresionando la manera como construyó su San José de Guasimales. Gracias al genio de Carlos Perozzo la ciudad donde el viento se devuelve se dio el lujo de tener una novela. La Ínsula, tal vez la zona de tolerancia más próspera de Colombia, está plasmada en estas páginas como nadie lo supo hacer. Ahora cuando pasando por el aeropuerto uno ve las casas de lenocinio cayéndose a pedazos, cuando nadie recuerda que acá venía gente de Caracas los jueves para encerrarse con sus putas preferidas hasta el lunes, La novela cumbre de Carlos Perozzo da testimonio de lo que la memoria ya no puede atenazar.

No sé si a alguien le importa que hace un par de días hubiese perdido la batalla que sostenía contra el cáncer. Su nombre fue mucho más importante por fuera que en su natal Cúcuta donde nació en 1939. En Argentina, en España su nombre todavía tiene peso, inclusive su primera novela fue publicada por la editorial Planeta en Barcelona en 1974, sin embargo nadie en la Diagonal Santander, la avenida que tan maravillosamente supo pintar, sabe quién fue este hombre.

En 1996, en el último año del colegio íbamos a la Universidad a empezar a habituarnos a la vida que nos esperaría . En la parte de atrás disfrutábamos juiciosamente del placer de la cannabis sativa. Un hombre alto y rubio de pelo largo y pantalones rotos sacaba siempre de su mochila con un gesto que me parecía conocido un ejemplar de Hasta el sol de los venados y lo leía en voz alta. Todos soñábamos con ser Satuplé, el poeta anarquista, comprometido con una sociedad moribunda. Gracias al legado del Caraqueño se organizó la revuelta más famosa que recuerde la Universidad Francisco de Paula Santander. Dudo que en su eterna borrachera Carlos Perozzo se hubiese enterado de este extraño homenaje, pero la lectura de Juego de mentes influyó en cada pedrada, en cada Coctel Molotov. El hombre alto y rubio resultó siendo un sobrino olvidado del novelista.

A finales de la década del noventa solía ir a la casa de Nestor Heli , su hermano, a que me hablara de James Joyce y otros escritores que nunca había leído. Alguna vez me leyó en voz alta la parte de El resto es silencio donde el indigente es atacado por un cólico feroz y necesita despojarse de su basura interna a como dé lugar “Nadie en la historia de la literatura ha descrito una cagada tan bien como lo hace Carlos, solo recuerdo un antecedente, el de Leopoldo Bloom desaguando en su baño mientras se limpia el culo con el cuento de uno de sus amigos recién publicado en el periódico” leí la novela en dos días y si bien no despertó el entusiasmo que pudo generar Hasta el sol en parte porque el escenario no era la Diagonal, Los patios o la ínsula si tenía el peso de estilo, el manejo del monólogo interior que solo tienen los grandes novelistas.

Hace un año en un teatro de la Candelaria, cuando ya todos sus amigos sabían que iba a morir montaron por primera vez en el país su obra La cueva del infiernillo, que fuera premio nacional de dramaturgia en 1982. El autor estuvo allí, con un teatro abarrotado, teniendo esa alucinante sensación de ver como los personajes que siempre tuviste en tu cabeza han salido de ella y ahora cobran vida sobre un escenario. Dicen los que estuvieron cerca que movía sus labios lentamente, repitiendo el parlamento de cada uno de los actores. Al final se tomó una foto con todo el elenco y recibió de lleno el cariño de un público agradecido.

Porque si algo nos preguntamos sus lectores es ¿Por qué fuímos tan pocos? Difícilmente nos encontraremos con una obra tan sólida, tan coherente, tan sucesiva. En eso Carlos Perozzo ha sido un autor, en mostrar todo el tiempo sus obsesiones, un autor se repite todo el tiempo, es monotemático porque lo obsesiona una sola cosa. Las cuatro novelas de este autor cucuteño son cuatro capítulos de una sola totalidad. Esperemos que si algo bueno puede traer su muerte sea el hecho de que su obra sea revaluada, sea por fin bien leída en un país donde los escritores importan una mierda.

Ser reconocido o no igual le importaba un comino al autor de Juego de Mentes. En el fondo lo único quería es lo que pretende cualquier otro escritor: Que lo dejen en paz. Ahora que ha muerto creo que le importará todavía menos si su obra es revalorizada o no. Los que sobrevivimos si tenemos el compromiso de revisitar una y mil veces ese palacio que es su obra, una de las más desconocidas y las más vitales de la historia de la literatura latinoamericana.

Nota de Prensa Rural: El escritor, dramaturgo y poeta Carlos Perozzo falleció en la ciudad de Bogotá en horas de la madrugada del día jueves 28 de julio de 2011. Durante su carrera profesional fue docente de arte, teatro y literatura en diversas universidades del país. Colaboró en numerosas publicaciones periódicas nacionales y extranjeras. Fue profesor invitado en las universidades españolas de La Rábida y Pablo de Olavide. Publicó las novelas Hasta el sol de los venados (1976), Juegos de mentes (1981), El resto es silencio (1993); y los libros de cuentos Otro cuento (1983) y Ahí te dejo esas flores (1985). Como autor teatral fue galardonado en el concurso Casa de las Américas en 1973 con su montaje Atreverse a luchar, atreverse a vencer. Con la obra de teatro La cueva del infiernillo ganó el primer Concurso de Autores de Teatro Nacional Icasa, en 1980.