Agencia Prensa Rural
Loading
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Debate
’Un horizonte despejado’: Análisis del expresidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz del Caguán
Las consecuencias de los pactos a puerta cerrada, contraste obligatorio con el transparente y muy documentado diálogo de San Vicente del Caguán, están a la vista. Más de 25.000 falsos desmovilizados, un Comisionado de Paz fugitivo, el DAS comprometido y un renovado, rampante y desafiante paramilitarismo signan la última zona de distensión de Colombia
Andrés Pastrana Arango / Domingo 19 de febrero de 2012
 

Un horizonte de diez años apenas comienza a dar una perspectiva serena de la real dimensión y las consecuencias de un proceso y una etapa histórica. En un país movido usualmente por la turbulencia de los hechos y las palabras, la reacción y la vehemencia han predominado sobre lo que debe ser materia de análisis, diálogo y controversia. Con visión estática de la historia, no son pocos los que anteponen el odio y las pasiones a la razón y los hechos.

El proceso de paz en el Caguán -zona guerrillera por más de 40 años, hoy aún en disputa- no es ajeno a sus antecedentes y a su entorno ni extraño a sus consecuencias. Surge como respuesta a un mandato popular de diez millones de colombianos y a la realidad de una economía en ruinas, unas Fuerzas Armadas humilladas, derrotadas y olvidadas y una clase dirigente resignada, en buena parte, al amparo de la delincuencia y su justicia privada. Bajo estas circunstancias, la medicina para el paciente agónico habría de resultar una veces amarga y otras difícil de tragar.

Sangre, sudor y lágrimas, ofreció apenas un ministro de Hacienda parafraseando al Churchill de la encrucijada. Sin concesiones a las graderías, sin consideraciones de desgaste ni de capital político, se emprendieron desde el primer día terapias simultáneas. Una de ellas, los diálogos de paz.

Hoy, a menos de una década en el tiempo, el paciente goza de buena salud. Nuestras Fuerzas Armadas y Policía se cuentan entre las mejor dotadas, más exitosas y más orgullosas del mundo. La economía navega optimista por aguas tranquilas mientras el mundo industrializado se apresta a aplicarse las duras recetas de disciplina con que sentamos las bases de la estabilidad y la prosperidad gracias al sacrificio personal y la ayuda de colombianas y colombianos.

A diez años vista, la moraleja evidente es que antes de cosechar los frutos buenos de una política también hay que preparar el terreno, sembrar buena semilla, regar y desyerbar. Así, a diez años de un proceso, algunos colombianos comienzan a comprender que tanto quien riega como quien desyerba contribuyen a la cosecha, pero no son éstos los únicos responsables de la buena fruta en la mesa.

Optar por el monopolio de la fuerza con las Fuerzas Armadas y la Policía -desechando la enquistada noción de la fuerza del Estado compartida con las Convivir y el narcotráfico- fue el giro histórico y definitivo para la seguridad. Con el Plan Colombia, este vuelco hacia la institucionalidad nos permitió sentarnos a la mesa de diálogo en desventaja inicial, prácticamente desarmados, con la certeza de que se habría de concluir, tras éxito o fracaso, con un Estado armado hasta los dientes y listo, como nunca antes, tanto para la guerra como para la paz.

El fin del proceso de paz, paradójicamente, no marcó el fin de los diálogos ni de las zonas de distensión. Pero se cambió el rumbo. Los encuentros del despeje de Ralito no se enmarcaron dentro de la política, ni siquiera en la forma. Los recién denominados terroristas por la comunidad internacional y narcotraficantes de vieja data se sentaron a la mesa con el Estado, esta vez para pactar, no negociar.

Las consecuencias de los pactos a puerta cerrada, contraste obligatorio con el transparente y muy documentado diálogo de San Vicente del Caguán, están a la vista. Más de 25.000 falsos desmovilizados, un Comisionado de Paz fugitivo, el DAS comprometido y un renovado, rampante y desafiante paramilitarismo signan la última zona de distensión de Colombia.

Hoy hace diez años fracasó la negociación de paz y la guerrilla se replegó ese mismo día. No quedó nada pactado. Mientras en el despeje de Ralito, sin agenda, con narcos y terroristas, se dieron pactos perversos eventualmente corregidos por Congreso y Corte Constitucional, camuflados finalmente con extradiciones al filo de macabros testimonios. Colombia, en cambio, armó su Estado para tomar la ofensiva por primera vez en décadas mientras negociaba con la guerrilla bajo el sol y las estrellas.

Hoy, a diez años, vale la pena reflexionar sobre la historia y contrastar, alimentando la memoria en un país que cultiva la amnesia con tanta pasión.