Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

El teniente general del exterminio
Padre ejemplar, miembro de Acción Católica y cursillista fervoroso, el hombre que acaba de morir enzabezó la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Cómo ideó el genocidio. Y cuál fue su justificación.
Tiempo Argentino / Domingo 19 de mayo de 2013
 

Ocurrió en el Colegio Militar a fines de 1961. Un joven oficial instructor debía comandar un simulacro de ataque frontal contra un objetivo enemigo. Pero no acató la consigna y dispuso que los cadetes actuaran sin uniforme ni insignias, para así encubrir su condición militar. En realidad los educaba en el riesgoso arte de atrapar guerrilleros, aunque por su propia cuenta. Ello provocó el enojo de un oficial superior.

“¿Por qué no obedece el plan del ejercicio?”, fueron sus palabras. La respuesta: “Vea, mi teniente coronel, lo que se viene es la guerra revolucionaria”. Al pronunciar esa frase, el capitán Mohamed Alí Seineldín se mantuvo imperturbable. Y Jorge Rafael Videla, con una expresión perpleja, se retiró sin atinar contestación alguna.

En la mañana del 17 de octubre de 1975, el Hotel Casino Carrasco, de Montevideo, parecía una fortaleza; a su alrededor había carros de asalto, tanques y tropas armadas con fusiles automáticos. Allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema central era la lucha contra la “infiltración marxista en la región”.

Los representantes de unos 17 ejércitos estallaron en una ovación cuando un general uruguayo le cedió la palabra al delegado argentino: el teniente general Videla. Semanas antes había sido designado comandante en jefe del Ejército. Y ahora abría su ponencia con una frase filosa y elocuente: “Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país”. Sabía de lo que hablaba.

El oncólogo de Occidente

Aquel sujeto, hijo de un capitán del Ejército, había sido bautizado con el nombre de dos muertos: sus hermanos Jorge y Rafael, fallecidos de sarampión en 1921, dos años antes de que él naciera en una casa apenas separada por un alambrado del Regimiento de Mercedes. Ambas circunstancias moldearon su destino.

Casado con la hija de un diplomático de cuño conservador, padre diligente, miembro de Acción Católica y cursillista fervoroso, Videla nunca sintió demasiado interés por la política; simplemente creía en el Ejército como único y último baluarte de la Nación En nombre de tales valores privados y públicos estaba a punto de encabezar la dictadura más sangrienta de la historia argentina.

Por ese entonces, en el más absoluto de los secretos, había comenzado a sesionar el llamado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI). Se trataba de una suerte de estado mayor clandestino, integrado por el Ejército, la Armada y la Aeronáutica, cuya tarea primordial consistía en delinear las coordenadas de la represión ilegal y a la vez lubricar los engranajes del aparato golpista. Sus integrantes solían reunirse diariamente en un sector restringido del Edificio Libertad, sede de la jefatura de la Armada.

Lo cierto es que no se dejó ningún detalle librado al azar. En todas las guarniciones militares, sus destacamentos de inteligencia fueron reformados para alojar a miles de prisioneros políticos. No menos prolija fue la selección del personal. Ya se había puesto en marcha la formación de los planteles que oficiarían como brazo ejecutor del inminente Estado terrorista.

“Esta lucha va a traer abusos y algún que otro error, pero habrá un costo menor en vidas humanas que en un conflicto prolongado”, advirtió Videla, en el cónclave castrense celebrado en Uruguay, mientras sacudía el brazo derecho como para espantar a una mosca imaginaria.

Quizás en ese instante se haya visto a sí mismo en una ya remota mañana de 1973 efectuando su ronda de despedida por el Colegio Militar en su calidad de director; días antes había sido ascendido a general y estaba por hacerse cargo de la jefatura del Primer Cuerpo. En tales circunstancias, entró a un aula. Allí un instructor dialogaba con los cadetes de tercer año acerca del “problema de la subversión”. Él se interesó por el asunto.

Y uno de los alumnos le resumió la posición del grupo: “Pensamos que a los extremistas hay que eliminarlos sin miramientos”. El instructor dijo lo suyo: “No coincido con esa idea, mi general. Habría que instrumentar tribunales militares con capacidad para dictar la pena de muerte”. Su nombre era Ricardo Brinzoni, y, por entonces, tenía grado de teniente. Videla lo miró y, simplemente, dijo: “No estoy en desacuerdo con los cadetes”. Y siguió su camino.

Es posible que al evocar tal episodio, Videla haya caído en la cuenta de que esos jóvenes ya eran subtenientes. Y que algunos participarían activamente en la aplicación del terrorismo de Estado.

Esa misma noche regresó de Montevideo a bordo de un avión militar. Tal vez entonces escrutara el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarían a ser arrojadas sus víctimas. Y quizá pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del escalofriante secreto que debía guardar.

Porque ya por entonces era consciente de que la estrategia de su cruzada consistía simplemente en desatar una cacería contra la sociedad civil, dado que –según su lógica– en ella estaba depositada “la fortaleza de la subversión marxista”. Es decir: su retaguardia.

Acerca de este asunto había departido hasta el cansancio con su maestro y único amigo, el general retirado Hugo Miatello. Aquel hombre solía decir: “En esta guerra no hay un frente palpable”. Y luego, invariablemente, agregaba: “Acá, el enemigo está por todos lados”. El tipo era un estudioso de la guerra de Indochina. Y creía haber encontrado grandes coincidencias entre la situación política del sudeste asiático y la que imperaba por esos días en la Argentina. Videla, desde luego, le creía a pie juntillas.

Tanto es así que su principal estrategia para “pacificar” al país se basaría en el uso intensivo de la inteligencia a partir de informaciones arrancadas mediante la tortura. Según aquella tesitura, en la denominada “lucha contra la subversión”, las verdaderas batallas se librarían en los interrogatorios. Esa iría a ser la columna vertebral de las operaciones militares.

Y para dicho propósito era necesario armar un ejército secreto, integrado por oficiales y suboficiales organizados en pequeñas células terroristas, con identidades ocultas, vehículos no identificables, centros clandestinos de detención y mandos paralelos. Así, con esa lógica, fue concebido el Estado terrorista. El resto de la historia es conocido.

El gerente del infierno

Videla supo ser un sujeto de pocas palabras. Y sólo una cita suya fue digna de pasar a la posteridad: “Los desaparecidos no están, no existen, no son. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”.

No obstante, en la entrevista publicada el 11 de febrero de 2013 en la revista española Cambio 16, el dictador –ya anciano y encarcelado de por vida– ponderó el apoyo a la dictadura del empresariado y la Iglesia. Y admitió el método del secuestro de personas y su posterior asesinato. Es cierto que todo eso ya se sabía. Pero era importante que él lo dijera.

Más allá de tales definiciones –y de su valor histórico–, hay un comentario incidental, casi oculto en su relato: “Los hombres no son perfectos; sólo Dios lo es”. Una frase de cuidado, especialmente si proviene de alguien que se creía elegido para cumplir una difícil misión en la Tierra. Tal vez en aquellos nueve vocablos esté depositada la clave de su peligrosidad. La típica peligrosidad de un burócrata con un cargo gerencial en un sistema basado en el exterminio.

Ahora, irremediablemente atrapado en el basurero de la Historia, ha comenzado sus primeras clases de arpa en algún rincón del infierno.

Que su querido Dios se apiade de su alma.