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Persistir en la movilización popular
Alberto Pinzón Sánchez / Domingo 26 de mayo de 2013
 

Cuando la movilización popular por una nueva Colombia en paz con justicia social estaba ganando las calles y las plazas del país entero, JM Santos alinea sus astros y desde la “Fundación Buen Gobierno”, ese remedo de “Think Tank” estadounidense que tiene más de tanque militar que de pensamiento y con toda la resonancia mediática posible, lanza prematuramente su tan esperada como temida reeleción presidencial con el san-benito de que “quiere la re-elección de todos sus programas”.

De inmediato se precipita dentro de toda la casta electorera de Colombia (la que está convencida desde hace siglos de que democracia es igual a elecciones) la angurria tradicional por acomodarse y participar en la “batalla electoral”, nótese la connotación militarista de la convocatoria y el intento claro de desviar la atención del supremo objetivo de la exitosa movilización popular: La paz y la justicia social y soberanía.

Ya se anuncian todo tipo de alianzas y coaliciones electoreras imaginables: De derecha, de centro, de centro-izquierda y de Izquierda, gobiernistas y antigobiernistas, de amigos de la paz y de enemigos de ella, del bipartidismo, del bipartidismo ampliado y del Opus Dei. De astutos varones electorales y del cretinismo parlamentario. En fin…

Entonces como el aguijón acerado de una incómoda avispa surgen las preguntas del verdadero sacerdote Javier Giraldo, enviadas ayer a los miembros de la mesa de diálogos de paz en la Habana, titulada “al oído de los que dialogan sobre la paz” , y que bien vale la pena leer con detenimiento en: www.javiergiraldo.org

En lo que respecta solamente a las elecciones, se pregunta el sacerdote jesuita Javier Giraldo lo siguiente:

“¿Quién puede, en realidad, participar en unas elecciones en Colombia? ¿Acaso, quien decide participar en cargos de elección popular, no necesita tener muchos miles de millones de pesos? ¿Quién suministra ese dinero? ¿Cuál es el papel de los partidos? ¿No se revela aquí, acaso, un filtro económico ineludible, mediante el cual los poderes económicos más concentrados, cooptan, condicionan, seleccionan y someten a quienes van a ejercer el poder público?

¿Cómo funciona el aparato electoral? ¿No es acaso una verdad sabida y de público dominio, que este aparato está plenamente controlado por el narcotráfico fusionado con el paramilitarismo? ¿Acaso la arraigada “parapolítica”, en la medida en que fue fugazmente escrutada por altas Cortes, no reveló el más desvergonzado dominio y control del narco-paramilitarismo sobre el aparato electoral? ¿Acaso los mismos magistrados que incursionaron en esas pocilgas morales no se sintieron impotentes y temerosos de continuar explorando y se dieron por vencidos? ¿Acaso el país no recibe frecuentemente noticias que se filtran, sobre parlamentarios y políticos supuestamente privados de su libertad pero que mantienen sus poderes electorales intactos a través de renovadas estructuras? ¿No tiene acaso, el funcionamiento del aparato electoral, todas las características de una estructura “mafiosa”?

¿No es acaso evidente la persistencia del paramilitarismo a lo largo y ancho del país? ¿Será posible ocultar por más tiempo el origen y las características del paramilitarismo, tal como fue diseñado por la misión militar estadounidense en febrero de 1962, comandada por el General William Pelham Yarborough, con su carácter de estrategia de Estado para el involucramiento de civiles, como brazos clandestinos de las Fuerzas Oficiales, destinados a combatir maneras de pensar no afectas a la ideología imperial, en un momento en que no existía oposición armada en Colombia? ¿Será posible ignorar todos los manuales impulsores del paramilitarismo que han tenido un carácter oficial clandestino durante estas cinco décadas y las estrategias semi-públicas de promoción del paramilitarismo, como las “Convivir”, las “Redes de Informantes y Cooperantes” etc.? ¿Será posible ignorar por más tiempo las numerosas y multifacéticas cooperaciones entre fuerza pública y estructuras paramilitares, así se llamen estas “Bacrim” o tomen otros variados nombres? ¿No constituye, acaso, una ignorancia afectada el no percibir el carácter que tiene el paramilitarismo en sus más variadas versiones, de brazo aniquilador o desarticulador de la oposición política y de los sectores críticos al poder dominante?

…Y enseguida la MURALLA POLÍTICA, léase el aparato o maquinaria electoral, como un tercer filtro, entroniza los poderes mafiosos en el control real del clientelismo, sirviéndose a su vez del enorme poder encubridor y des-informador de la Muralla Mediática y del poder intimidante de las armas ligadas al dinero (narco-paramilitarismo) con capacidad de controlar incluso el anémico y corrupto aparato de justicia. Aferrados a esta muralla, los partidos llegaron a convertirse en unidades administrativas para la compra de votos y para pagarlos con puestos, abandonando toda identidad ideológica”…..

Así las cosas, y advertido el pueblo colombiano y movilizado conscientemente por calles y carreteras de todo el país; no deberá caer en la estratagema electorera que se ha tendido desde la cúpula del Poder Central para desmovilizarlo, sino que más bien, deberá persistir en la única política que tiene futuro tanto en Europa como en America, que es la más amplia Lucha de Masas, hasta lograr que hayan condiciones políticas adecuadas y reglamentadas con el fin de que la participación en las elecciones sean verdaderamente democráticas, legítimas y legales. Es decir hasta que no se haya derrumbado la “Muralla electorera y política” descrita por el verdadero sacerdote Javier Giraldo.

Entonces si se podrá hablar de participación electoral amplia, democrática y protagónica para definir el futuro de Colombia. Lo demás será el carnaval electoral de siempre, que otro preclaro sacerdote colombiano Camilo Torres hace 50 años señalaba: “En Colombia, quien escruta elige”, y, más si se trata de re-elegir como presidente de la república un tallador de naipes, contra quien según las reglas del garito, no hay empate posible.