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Colombia: Crisis institucional en medio de una creciente movilización popular
Alberto Pinzón Sánchez / Lunes 5 de agosto de 2013
 

Una de las reglas de oro de la burguesía universal es que cuando pierde siempre responsabiliza de las pérdidas a los obreros. Regla aun más aplicable en los momentos de crisis capitalista. Y eso es lo que estamos viendo también en Colombia, este agosto del 2013, a raíz de la evaluación general de los tres primeros años de gobierno de JM Santos: Una crisis no solo económica o política sino ya institucional, en medio de una creciente y combativa movilización popular, que se pretende descargar sobre la mesa de La Habana.

Muchas de las valoraciones que se han hecho a estos tres años de gobierno de JM Santos han sido políticas y por lo tanto ligadas a los intereses de la clase dominante colombiana; aunque también ha habido algunas otras no tan abundantes, hechas desde la izquierda. Sin embargo, faltaba el fetiche de los números, o la valoración cuantitativa que finalmente apareció el 28.07.13, en forma de encuesta patrocinada por RCN, La FM y Semana, tres de los medios de comunicación más comprometidos con el poder dominante en Colombia.

Fuente imagen RCN Encuesta citada

La publicaron impertinentemente completa, con miras a intoxicar a la opinión pública con una visión malintencionada, presentando la información (para ellos artículo de fe) como un asunto de imagen presidencial en campaña electoral.

Pero a medida que se fueron conociendo los detalles un poco más relevantes y se socializaron, empezó su ocultamiento y manipulación por parte de los tres medios dueños de la información.

De entre los muchos porcentajes de la percepción de los colombianos sobre el desempleo, el pesimismo social, la mala evaluación del Gobierno, el descarrilamiento de las locomotoras neoliberales del programa de gobierno, el pésimo manejo gubernamental de la protesta social, la reelección y posibles rivales de JM Santos a derecha y a izquierda etc., apareció perdida una información sobre la confianza de los colombianos hacia “sus instituciones”, que una semana después ha sido suprimida. Decía así la encuesta original:

“Al consultar a los encuestados sobre su confianza en las instituciones, la Justicia salió mal librada con un 72% que dijo no confiar en esa institución; seguido por un 69% que afirmó desconfiar del Congreso de la República, y un 63% de las Altas Cortes.

Un 48% que dijo desconfiar en los medios de comunicación

El 58% dijo que desconfía del Gobierno Nacional;

El 50% desconfía de la Procuraduría

El 48% dijo no sentir confianza en la Contraloría” [1].

Es un lugar común decir que una encuesta es una instantánea de un proceso, la cual para que sea completa debe ser correlacionada y contextualizada “cualitativamente” con datos de la realidad social. Paso este último que no se realiza en Colombia.

Pues bien, si a esta información de la enorme desconfianza de los colombianos a “sus principales instituciones”, se agrega la creciente, consciente y combativa movilización social que se está dando en Colombia, por ejemplo en el Catatumbo o en las zonas de pequeña minería del occidente colombiano, no es difícil concluir que Colombia presenta una crisis institucional en medio de una definitoria y creciente movilización social, que empieza a rebasar la capacidad política del régimen para solucionarla.

En medio de la contradicción entre las dos fracciones de la oligarquía colombiana cliente de los EEUU, visible en los dos modelos de desarrollo económico social neoliberal en pugna: uno, el de JM Santos-Urrutia; y otro, el de Uribe-Lafaurie, que no permitía ninguna opción “alternativa”; ha hecho irrupción por el medio, imponiendo después de casi dos meses de movilización social y popular, el modelo alterno Catatumbo y demostrando plenamente que la lucha de masas organizada, unitaria y consciente puede vencer en la calle la amenaza militarista y la represión fascista, e imponer el dialogo como forma de solucionar los problemas sociales más sentidos por la gente del común.

El bloque oligárquico del poder ha visto la encrucijada en que está y, como clase única que es, ha planteado finalmente el asunto de la paz como fundamento de la salida de la crisis en que se debate, pero haciéndolo como si estuviera agarrado a un clavo ardiendo: la paz como asunto personal y electoral de JM Santos, y no como asunto de Estado.

Y para superar los zigzags o las ambivalencias (frente a la paz, frente a Uribe, frente a Capriles, frente a la OTAN, etc. que JM Santos ha tenido durante estos tres años como presidente, maniobrando para recomponer el régimen, para rendir a la insurgencia guerreando en medio de la negociación, y para evitar las trasformaciones de fondo de la sociedad colombiana propuestas por la insurgencia; ahora, de repente “se la juega por la paz”, advirtiendo que “la paz se politizó” (lo cual era su plan original), es decir, viendo su reelección embolatada y para que “el espantajo” o coco” de Uribe no suba nuevamente al poder, la insurgencia debe aceptar primero la rendición y luego, apoyarlo electoralmente (Véase el editorial del periódico conservador Nuevo Siglo, del 04.08.13).

Buceando un poco en las motivaciones que impulsan a JM Santos a buscar desesperadamente la reelección presidencial en Colombia, la que el pueblo colombiano en un 60% rechaza, se puede encontrar: primero, una motivación familiar que lo lleva a continuar (otros cien años más) la hegemonía de esa familia afortunada y exclusiva sobre el bloque de clases dominante en Colombia.

Segundo, una motivación económica, que no es muy difícil descubrir, por ejemplo, para solo citar algunos casos notables, con su amigo Urrutia, el embajador suyo en EEUU, o con su otro amigo personal y de negocios el ex ministro israelí de exteriores Shlomo Ben Ami, uno de los asesores del Gobierno en el proceso de paz, etc.

Tercero, una motivación jurídica, para eludir con el fuero presidencial el proceso judicial que se adelanta en Ecuador por los hechos criminales de Sucumbíos, cuando se invadió esa hermana república para bombardear el campamento de Raúl Reyes.

Y cuarto, una motivación política, neutral, basada en sus convicciones neoliberales aprendidas en su larga estancia en Inglaterra, que no tiene expresión en ningún partido político concreto y que le da lo mismo ser del Partido Liberal de Gaviria o de Serpa o de Samper, o de Cambio Radical, o del Partido de la U de Uribe, de cualquier otro multicolor sin Uribe, con tal de que le permita llegar a satisfacer su vanidad personal.

La movilización combativa y unitaria de la gente del común (que se está dando y que viene) ha empezado a develar todos estos misterios. ¿Será que podremos con ese umbral?