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A sangre y fuego: la Paz de Santos
Macario Martínez / Jueves 5 de septiembre de 2013
 

Hace un año, el 4 de septiembre de 2012, el presidente Santos anunció la apertura de conversaciones con las FARC en la perspectiva de abrir un proceso de paz. El anuncio gubernamental fue bien recibido por quienes abogan por una solución política al conflicto armado y rechazado por quienes consideran que la confrontación debe resolverse militarmente. ¿A qué interés gubernamental respondió la apertura de diálogos y cuáles son las posibilidades de alcanzar la paz?

¿Paz con neoliberalismo?

En 1964, el Estado intentó resolver un conflicto social agrario a punta de bombas, la resistencia campesina se transformó en la guerrilla de las FARC, desde entonces, Marquetalia y Riochiquito son presencias latentes en los conflictos agrarios.

Hacia 1980, la guerra contra las FARC no había dado resultados satisfactorios y en los campos la rebeldía se multiplicaba, ya no había una guerrilla sino cuatro o cinco y las FARC tenían varios frentes. En respuesta al paro del 77, que mostró un importante auge del movimiento popular, el régimen político acentuó su carácter terrorista en 1978. La represión ejercida en campos y ciudades por las Fuerzas Militares siguió sin dar resultados para la oligarquía. En ese contexto, el gobierno de Belisario Betancur intentó producir pequeñas modificaciones, sin embargo, el poder real del Estado residía en el aparato militar y de guerra. El genocidio de la UP, la destrucción del Palacio de Justicia (con los magistrados y guerrilleros adentro) y el asesinato de cuatro candidatos presidenciales en la antesala de las elecciones de 1990, ratificaron que la alianza entre terratenientes, militares y mafiosos, apoyada por el gobierno norteamericano, era hegemónica en dictar el curso que debía seguir el Estado colombiano.

En 1990, el hombre escogido por el capital transnacional para llevar adelante su mandato fue César Gaviria, quien ofició como ministro de gobierno y hacienda del gobierno Barco (1986-1990). Gaviria mostró su talante bombardeando “Casa Verde”, campamento central de las FARC en la Uribe (Meta), el mismo día en que se eligieron constituyentes para la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. La elaboración de la Constitución que reclamaba neoliberalismo se inauguró a sangre y fuego.

La guerrilla sobrevivió a la guerra y se fortaleció, hacia 1996 y 1998 las FARC propinaron duros golpes a las fuerzas militares. Con el guiño de la insurgencia, Andrés Pastrana ganó las elecciones presidenciales de 1998 y en enero de 1999 inauguró los diálogos de paz del Caguán. Mientras el país se entusiasmaba con la paz en Washington se confeccionaba el Plan Colombia. Pastrana junto con el gobierno norteamericano fueron artífices de uno de los más grandes planes de intervención y colonización desarrollados por los Estados Unidos en el mundo. Dicho plan contempló un proceso de reingeniería militar destinado al escalamiento del conflicto armado, entre 2000 y 2010 el aparato de guerra pasó de 250 mil a 400 mil hombres y el paramilitarismo recibió gran apoyo estatal para expandirse y desarrollarse. El neoliberalismo proseguía abriéndose paso a sangre y fuego.

Los diálogos de Betancur se liquidaron con un vasto genocidio y los de Pastrana se cerraron con toneladas de bombas sobre el Caguán. La paz fracasó porque al no figurar dentro de la agenda del capital tampoco hace parte de la agenda de las clases dominantes. Las ganancias que exige el capital en Colombia sólo pueden obtenerse a sangre y fuego.

La Paz de Santos

Diez años después de los bombazos con los que fueron clausurados los diálogos del Caguán, el gobierno volvió a abrir la expectativa de un acuerdo de paz. ¿Por qué? Se puede hablar de cuatro razones: la primera, el fracaso del Plan Colombia en lograr el exterminio de la guerrilla, la segunda, la insostenibilidad financiera del gasto militar, la tercera, la urgencia de las clases dominantes por abrir paso al extractivismo agro-minero-energético, y cuarto, el interés presidencial en la reelección.

El manejo que el gobierno Santos ha dado a los conflictos sociales y a las demandas populares ha demostrado que no tiene ningún interés en producir reformas democratizadoras de la tierra, la renta ni el ingreso, tampoco del régimen político, si partidos del orden como el PDA son excluidos mediante artimañas por las empresas electorales de las tradicionales familias y maquinarías liberal-conservadoras, ¿qué podría esperar la insurgencia convertida en partido político? La política de paz del actual gobierno pretende ratificar y consolidar los privilegios de las clases dominantes en el país. Mientras habla de paz, hace lo que han hecho todos los gobiernos en Colombia, asegura en el presupuesto nacional enormes fondos para la guerra, negando así los recursos que reclaman la salud, la educación, la vivienda, la agricultura, la infraestructura, etc. Para Santos la paz consiste en lograr la rendición de las guerrillas siendo a la vez una bandera para la reelección. Es lo que se demuestra un año después de haber anunciado los diálogos.