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Personajes 2013
Los negociadores de la paz
La delegación del Gobierno salió para Oslo de traje oscuro y algunos miembros estrenando sobretodos pesados e incómodos
Alfredo Molano Bravo / Domingo 15 de diciembre de 2013
 

La voz mayor, el doctor Humberto de la Calle, exvicepresidente de la República, declaró al pie del avión que los llevaría que no se podían crear falsas expectativas, pero que había elementos esperanzadores en el capítulo que hace un año se comenzó a escribir. De la Calle es un político de reconocida trayectoria. Abogado de la Universidad de Caldas, fue representante en la Fundación Universitaria Nacional —la combativa FUN— en los años de enfrentamientos radicales con el Gobierno, con la Policía, con todo el mundo. No tiró una piedra. Por el contrario, era un bicho raro, un liberal. Estuvo cerca de los nadaístas y aunque nunca “cometió un verso”, ha escrito cuentos breves; como todo librepensador caldense, fue excomulgado por monseñor Pimiento. En Oslo escuchó el revolucionario discurso de Iván Márquez sin mover una ceja. Impávido.

A La Habana llegaron sin corbata, excepto el exgeneral Mora. Un hombre al que, parece, le hubieran tallado el rostro. Entraron al Palacio de Convenciones, donde se inició la negociación, a paso de vencedores, cargando maletines que parecían guardar secretos nucleares. Los negociadores de la guerrilla, más alegres, saludaban mientras las cámaras los iluminaban. En la mesa, el general Mora se sentó a la derecha del doctor De la Calle, quien tenía a su izquierda al enigmático Sergio Jaramillo. Con voz grave el jefe negociador soltó dos reglas del juego: “Primero, no venimos a convencer a la guerrilla de nuestras ideas; segundo: nada quedará convenido hasta que todo quede acordado”. El jefe de la delegación guerrillera sonrió con cierta malicia. A su izquierda se sentó Sántrich, siempre de bufanda, y a su derecha Granda, hombre de pocas sonrisas. Pablo Catatumbo llegó después a plantearle al Gobierno una tesis que hizo temblar la mesa: Nosotros también somos víctimas, nosotros comenzamos a ser asesinados el Nueve de Abril. De la Calle opinó otra cosa: “Arranquemos donde la historia partió el conflicto: el Frente Nacional”. Ahí existe un gran litigio que liga verdad y justicia, tema por donde pasa una de las líneas rojas. La otra, acordada, es la intangibilidad tanto del modelo económico como de la doctrina militar. De la Calle, quien desempeñó un papel destacado en la Asamblea Constituyente, conoce las poderosas razones que impiden tratar estos temas, que sin duda despuntarán cuando se traten los cultivos ilícitos y la dejación de las armas.

La negociación tiene enemigos. Unos agazapados —como los llamó en su momento un paisano de De la Calle, Otto Morales Benítez— y otros francos y agresivos como Uribe y su candidato, Óscar Iván Zuluaga, que encubren a los primeros. El Gobierno dice no temerles por ahora. Ve más peligrosa la volatilidad de la opinión pública. “Aquí pasamos —dice De la Calle— del más acentuado optimismo a la desesperanza. No hay una línea media estable. Ninguna de las dos cosas es justificada”. Quizá por la presencia de dos generales del más alto prestigio en el Ejército y la Policía, el Gobierno niega la posibilidad de un eventual ruido de sables. “Hemos encontrado una enorme receptividad en las Fuerzas Militares y de Policía —declara el jefe de la delegación—. Hay sectores de la extrema derecha que buscarán oponerse a toda costa, pero hay otros que lo hacen de manera legítima. Lo que no puede pasar es que lleguemos a un acuerdo con las Farc y no nos pongamos de acuerdo nosotros”, y cierra el tema con una sagacidad que sus amigos le admiran: “Para eso es necesaria la ratificación”.

A estas alturas, cuando apenas van acordados de manera genérica dos temas, De la Calle —quien ha viajado miles de veces por tierra entre Manizales y Bogotá— anota: “Hemos venido como en una cuesta suave con los dos primeros puntos; apenas vamos en Calarcá, pero faltan los premios de montaña en La Línea: los acuerdos sobre justicia y armas”. El presidente quiere que sean aprobados antes de las elecciones de mayo para levantarlos como una copa en el podio, pero las Farc no parecen dispuestas a darle ese triunfo. El problema de la justicia, tan sensible y manoseado, no deja dormir en paz a las delegaciones. La pregunta que se hacen los representantes oficiales es hasta dónde se puede ser laxo en el manejo penal. Para las Farc las cosas son claras: “Ni un día de cárcel”. De la Calle advierte: “El límite lo pone la sociedad, no el Gobierno. No obstante, la justicia transicional no es una tabla de logaritmos, es un sistema en construcción. En el terreno de la alternatividad penal hay espacios que pueden ser razonables para la sociedad y para las Farc”. No es posible una paz a la colombiana, porque hay una comunidad internacional. “Creemos —apunta— que es muy difícil lograr un acuerdo estable y que les brinde seguridad jurídica a las Farc si no tomamos en consideración los espacios que dé el derecho penal internacional… Tenemos absoluta confianza en que la comunidad internacional comprenderá que no se puede entorpecer un proceso de paz sencillamente por condiciones aisladas externas”.

De la Calle es el jefe, pero hay otros miembros de la delegación que aunque poco opinan en público, mucha fuerza tienen en la mesa. El general Mora, que llegó a ser señalado como responsable del asesinato de Jaime Garzón, el tropero duro que no quería obedecer la orden presidencial de sacar el Batallón Cazadores de San Vicente del Caguán cuando fue despejado y que dijo: “Volveré” —imitando al general MacArthur en Corea cuando Eisenhower le ordenó no pasar el paralelo 38—, hoy es, según la misma delegación de la guerrilla, un negociador matizado que ha mostrado una cara distinta. Al preguntársele si aceptaba la paz con impunidad, respondió: “Lo más importante es llegar al fin del conflicto, la paz es un bien primario”.

Sergio Jaramillo, del que se dice que juega el mismo papel político que Granda en la delegación de las Farc, y que fue quien craneó las zonas de consolidación militar como antídoto contra las zonas de reserva campesina, hizo declaraciones que permitieron oxigenar el proceso cuando parecía condenado al fracaso. En la Universidad de los Andes defendió puntos que se acordarían después: “La construcción conjunta de la paz requiere que en las regiones abramos nuevos espacios de participación, de debate, de sana deliberación democrática entre personas que se tratan como iguales en sus derechos y sus libertades”. Cargó también contra los uribistas, a quienes llamó “punitivistas de última hora que hace diez años estaban apoyando amnistías para los paramilitares y hoy quisieran ser la Inquisición”.

Las dos delegaciones cuentan también con negociadores en las partes. Santamaría, que fue embajador en La Habana y negociador de paz con el M-19, le baja los humos a Luis Carlos Villegas, que es, según Catatumbo, el más radical de los representantes del Gobierno. El mismo papel cumple Andrés París entre los más duros de la guerrilla: Sántrich y Rubén Zamora. En la mesa hay militares de escuela, Mora y Naranjo, y militares empíricos que tienen una larga experiencia en combates. Se podría pensar desde afuera que se muestran los dientes y se sacan las uñas. Pues no. Así no sucede. En la mesa intervienen hablando el lenguaje de la política. Fuera de ella, informalmente, se cuentan anécdotas pero no se hacen recriminaciones. Cabe entonces preguntar por qué el espíritu de conciliación entre militares en La Habana no se traslada a los campos de batalla y se pacta una tregua como tantas veces han propuesto las Farc. De la Calle argumenta que bajo esa condición no se pudo avanzar un paso en Caracas en 1990, porque esa discusión absorbió toda la energía: duración, sitios, protección, logística y mil detalles de organización. Pero —agrega— lo más complicado es que los únicos que están armados no son las guerrillas y cualquier combate se convierte en una controversia que paraliza la negociación. En Colombia no hay sólo una fuerza beligerante armada, como en España la Eta. Aquí las bacrim son una fuerza activa muy peligrosa. La cuestión es muy delicada porque si bien las partes no parecen estar dispuestas a darle una patada a la mesa, la información echada a correr perversamente sobre los atentados al señor fiscal y a Uribe por parte de las Farc puso a la opinión pública en ascuas. Las Farc tardaron en desmentirlo. “Contra el fiscal nada tenemos, dijo Catatumbo, y Uribe no es objetivo militar hoy, pero que no se queje tanto porque es él quien nos tiene declarada la guerra”. El asesinato de un alto personaje o una bomba como la de El Nogal acarrearían consecuencias nefastas para el proceso. El poder de los grupos paramilitares no se puede poner en duda. Al comienzo del año paralizaron la costa Atlántica, desde Urabá hasta Riohacha, y durante el paro agrario hubo manifestaciones de protesta campesina en todos los municipios del país que no son de la costa Atlántica. De la Calle advierte: “Estamos trabajando en medio de un conflicto mucho más amplio que el que hay con las guerrillas, y al salir de él, los partidos políticos deben prepararse para una controversia más radical que la que se vive hoy, pero sin armas”.

El verdadero problema son las garantías para la dejación de armas —por lo demás una expresión bastante ambigua—. El país no olvida el exterminio de un partido político como la Unión Patriótica. “El tema de las garantías —dice De la Calle— es esencial. Estamos abiertos al tipo de garantías que sea necesario —no sólo jurídicas— y a ratificarlas frente a la comunidad internacional. Al día siguiente de firmar los acuerdos no nos convertiremos todos en monjitas. Habrá perturbaciones graves. Las propias Farc temen que haya renacimiento de bandas o de grupos armados que traten de golpear a los desmovilizados y de entorpecer la situación”. Quizás el hecho de pensar la paz territorialmente, como propone Sergio Jaramillo, reduzca los riesgos. Pablo Catatumbo va por el mismo camino: “Es en las zonas de reserva campesina donde se puede en principio aclimatar la paz”. De la Calle hace una revelación clave en las negociaciones que se ha vuelto a poner sobre la mesa en el tema sobre cultivos ilícitos: “A lo mejor, dice refiriéndose a las ZRC, es una sorpresa preparada para el futuro. El tema se trató y no ha habido conflicto en La Habana. Allá se ha ratificado la ley que las crea y se entendió que es obligación del Estado hacerlas respetar”.

Dice De la Calle: “Desde el país se ven las negociaciones como enfrentamientos y es normal aceptar que los hay. Pero el clima de entendimiento que ambas delegaciones han construido facilita las cosas. La mesa ha funcionado en medio de un mutuo respeto inalterable. En general nada distinto de una conversación razonada y razonable. Ha habido verdadero diálogo. Intenso trabajo de ambas delegaciones. Me parece muy injusto tratar, con base en una fotografía, de desvirtuar el enorme esfuerzo de trabajo mutuo, muchas veces hasta la medianoche. Quiero resaltar que es evidente el empeño de ambas partes de tratar de comprender el lenguaje del otro; creo que es una situación de buena voluntad. Como lo he dicho públicamente: pienso, primero, que hay una oportunidad, real y no ficticia, de llegar a un acuerdo. Segundo, que las Farc han mostrado interés en lograrlo, sin que esto quiera decir que pueda hacer predicciones, pero existe un deseo mutuo de buscar acuerdos”.

Para terminar: sin duda, persisten líneas rojas, pero el terreno de los acuerdos es amplio. “Hay que reconocer —finaliza De la Calle— que las Farc han dicho que las propuestas que ellas llevan —algunas de las cuales no estamos en condiciones de aceptar— son mínimas y que entienden que lo que hay que hacer es finalizar el conflicto armado. Por eso no creo que las líneas rojas sean impedimento para lograr la paz”. Afirmación categórica que deja muchas esperanzas.

*Tomado de El Espectador