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Rosa Luxemburgo: “El militarismo ejerce en la historia del capital una función perfectamente determinada. Acompaña los pasos de la acumulación en todas sus fases históricas. [...] Hay que agregar a esto, todavía, otra importante función. El militarismo es también, en lo puramente económico, para el capital, un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación”
La reforma militar: ¿Un mito o un debate necesario?
La necesidad de la reforma militar democrática es imperiosa e interesa a los estamentos militares y a la opinión de todos los colombianos. La Fuerza Pública es un activo, un bien público y no una armada de los poderosos y los gobiernos. Mantener sus presupuestos en aumento año tras año y un crecimiento exponencial de sus unidades va en contravía de la sensatez, de los intereses de la paz, la democracia y las demandas sociales
Ricardo Sánchez Ángel / Domingo 23 de febrero de 2014
 

El militarismo en el mundo es una de las fuentes más poderosas de acumulación de capital. La expansión de su industria, los presupuestos para la investigación tecnológica y científica, en la
fabricación de armas de destrucción masiva de tipo químico y nuclear, constituye una poderosa estructura.

La revolución científico-tecnológica de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, con la creación y aplicación de las telecomu- nicaciones, la computación, la robótica y otros logros, está atada a la realización del capital y, en particular, a lograr una mayor aplicación y sofisticación del armamentismo.

La situación llega a niveles alarmantes, con los depósitos de ojivas nucleares, flotas de buques y aviones, tanques y armas de todo tipo. Esta realidad, articulada a los intereses geoeconómicos y de poder político, ha estimulado guerras de intervención en Palestina, Siria, Afganistán, Irak, Libia y Sudán, al igual que guerras civiles y aparatos terroristas.

El militarismo es un Frankenstein contra la humanidad y sus re- sultados están por doquier. La afirmación ingenua: “no hay guerras mundiales desde hace 65 años”, desconoce esta cruel realidad que Eric Hobsbawm precisó:
"Desde la caída del muro de Berlín, nos hallamos de nuevo sumidos en una era de genocidios y de traslados de población masivos y forzosos, tanto en algunas regiones de África como en el sudeste[...] Lo que, según los es- tándares del siglo XX podríamos calificar como guerras pequeñas, provoca unas catástrofes sin parangón"1.

Eso es aplicable a Colombia. Todo esto opera en unas dinámicas de militarización de la escena mundial. La diplomacia y el Derecho Internacional militarizados a través de las políticas de seguridad hegemónica y de guerra al terrorismo. Las Naciones Unidas y otras instituciones de tipo regional como la OEA, sometidas a las imposiciones de las potencias, especialmente Estados Unidos.

Las dinámicas de control de todas las actividades de amplios sectores de gentes en todas partes por sistemas de espionaje electrónico global constituyen una agresión a la simple convivencia y autonomía personal. Se vive una regresión, unos nuevos desa- rrollos de las barbaries contra la vida, las libertades y la paz.

La relevancia para comprender la complejidad del militarismo es que su existencia está atada al desarrollo del capitalismo. En su fase actual, este sistema impone sus patrones de acumulación con abierta represión. La militarización de la sociedad, de la vida ciudadana, es un correlato de la acumulación capitalista. En su memorable obra La acumulación de capital, Rosa Luxemburgo comienza el capítulo XXXII así:

El militarismo ejerce en la historia del capital una función perfectamente determinada. Acompa- ña los pasos de la acumulación en todas sus fases históricas. [...] Hay que agregar a esto, todavía, otra importante función. El militarismo es también, en lo puramente económico, para el capital, un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación2.

El militarismo tiene un desarrollo complejo en que el predominio norteamericano en todos los aspectos es relevante, incluyen- do una red en la geografía global de bases militares debidamente equipadas3. Además de un comercio multimillonario de armas, presencia de misiones de expertos y una coordinación con las fuerzas militares de otras potencias y países. La OTAN y otros pactos militares son los instrumentos de coordinación de los ejércitos de aire, mar y tierra.

Las contradicciones entre las grandes potencias envuelven las dinámicas económicas y las políticas, en que la seguridad que provee el militarismo está presente. El sistema de espionaje de la Agencia Na- cional de Seguridad (NSA) de los Estados Unidos sobre sus socios es una manifestación obvia de tales dinámicas.

La crisis económica recesiva, abierta en
2009, planteó un saqueo a los salarios, derechos y conquistas sociales de los trabajadores. El modelo neoliberal vigente se articuló a un propósito de reactivación por la expropiación del mundo del trabajo. Nada nuevo en la historia de las crisis del capitalismo. Como tampoco las guerras de intervención antes mencionadas.

El resultado es la precarización del trabajo en todos sus aspectos: diásporas multitudinarias, barbarie en gran escala, y el militarismo allí firme.
En estos contextos llama la atención el anuncio del Plan de Reconversión del Estado Mayor de la Defensa de España anunciado el día de la Pascua Militar, presidida por el rey Borbón. El ministro de la defensa, Fernando García Sánchez, declaró: “Más vale tener un 10 al 100%, que un 100% al 10%”. ¡¡¡Se refirió así al anuncio de reducir el ejército de 120 mil efectivos a 10 mil!!! Esto se suma al hecho que la Armada ha dado de baja el 25%
de su flota de aviones Harrier de despliegue vertical y el ejército de aire uno de sus dos aviones Boeing de reabastecimiento estratégico en el aire. Además, se reduce la presencia en misiones exteriores: en Afganistán en un 73% y en Líbano en un 48%. El presupuesto de defensa se redujo desde 2008 un 32%, de 8.494 millones de euros a 5.745 millones en 2014. También el gasto que garantiza las operaciones (combustible y equipo) se redujo un 36%, de 1.073 millones de euros a 682 millones. La crisis española, una verdadera depresión, afecta el gasto del milita- rismo y plantea su reducción. También una reforma militar4.

El debate sobre el gigantismo militar hay que legitimarlo en todas partes y en particular en Colombia, a lo que invité en mi artículo de Izquierda de diciembre del año pasado. La necesidad de la reforma militar democrática es imperiosa e interesa a los estamentos militares y a la opinión de todos los colombianos. La Fuerza Pública es un activo, un bien público y no una armada de los poderosos y los gobiernos. Mantener sus presupuestos en aumento año tras año y un crecimien- to exponencial de sus unidades va en contravía de la sensatez, de los intereses de la paz, la democracia y las demandas sociales.
Si en los diálogos de La Habana no se adelantan discusiones sobre el militarismo, respeto tal decisión5. Pero ello no significa que el tema esté prohibido. Sería una buena discusión para el debate electoral: la Fuerza Pública, la paz y la democracia.

Notas:

1 Eric Hobsbawm. Guerra y paz en el siglo XXI. Barcelona: Me- moria Crítica, 2007. 1a reimpresión. p. 30. Cap. 2: Guerra, paz y hegemonía a comienzos del siglo XXI.

2 Luxemburgo, Rosa. La acumulación de capital. México D.F.: Editorial Grijalbo, 1967. p. 352.

3 Ver: Vega Cantor, Renán. Colombia y la estrategia militar del imperialismo estadounidense en nuestra América. En: “Seminario Internacional Marx Vive (7o: 2010: Bogotá). América Latina en Disputa. Reconfiguraciones del capitalismo y proyectos alternativos” (Jairo Estrada (Comp.). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Departamento de Ciencia Política, 2012. pp. 403-423.

4 Ver: Periódico El País. Lunes, 6 de enero de 2014. Año XXXIX. Número 13.338. Ed. País Vasco. pp. 1 y 10.

5 Ver: De la Calle, Humberto. “Mitos y realidades del proceso de paz”. El Tiempo. Jueves 23 de enero de 2014. p. 15.