Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Emiliano Zapata, revolucionario integral
A 95 años de su asesinato, las reivindicaciones campesinas que levantó Emiliano Zapata en las primeras décadas del siglo pasado constituyen, hasta ahora, el programa agrario más avanzado y revolucionario que ha tenido la nación mexicana en toda su historia
Ricardo Arenales / Miércoles 30 de abril de 2014
 
Emiliano Zapata Salazar, líder agrario mexicano.

Después de liderar, a comienzos del siglo pasado un alzamiento campesino sin antecedentes en la historia de las luchas populares mexicanas, Emiliano Zapata, considerado el líder campesino más puro e íntegro de esa nación, fue asesinado, en una emboscada de las tropas oficiales a las que se enfrentaba, el 10 de abril de 1919, hace 95 años.

Zapata trascendió en la historia mexicana por sus grandes y decididas batallas campesinas en contra de los gobiernos de la época, principalmente los de Francisco Madero y Venustiano Carranza. En su programa agrario definió como líneas centrales la lucha por la tierra, la libertad, la eliminación del latifundio y el respeto por la dignidad del campesino.

El líder agrario había nacido en Anenecuilco, estado de Morelos, el 8 de agosto de 1879, se formó en una familia campesina, y desde muy joven conoció las quejas, las frustraciones y sueños de los campesinos de su país. En 1910 lideró un alzamiento en el estado de Morelos, que muy pronto se extendió por Puebla, Guerrero, Estado de México y otras localidades. Con el tiempo, se convirtió en el jefe de las formaciones agrarias guerrilleras del sur de México.

El desarrollo capitalista de Morelos hizo crecer los cañaduzales y las haciendas azucareras. Los viejos latifundistas, ansiosos por extender los cultivos e incrementar sus riquezas, acudieron al despojo de tierras fértiles, y destruyeron la economía y las comunidades agrarias. Esto llevó a Zapata a confrontar desde muy joven a los terratenientes y sus aliados.

Los objetivos reivindicados por los campesinos en armas se concretaron en un programa de gobierno que se denominó Plan de Ayala, que, por cierto, lo llevó a acercarse y encontrar coincidencias con Pancho Villa, comandante de las fuerzas insurgentes del Norte.

Sin justicia no hay paz

El Plan de Ayala consignaba la recuperación de tierras para los campesinos y la constitución de un gobierno popular. Las tierras fértiles debían ser nacionalizadas y expropiados los latifundistas. Entre 1914 y 1915 intentó crear un Estado campesino y tras la realización de una convención nacional de jefes campesinos militares revolucionarios, conformó un gobierno provisional y alcanzó a elaborar una constitución, en aplicación de la cual repartió tierras y expidió varias leyes.

El legado de Emiliano Zapata sigue vigente en México. Las reformas políticas y económicas que hoy plantea el gobierno de Enrique Peña Nieto, son para volver atrás el reloj de la historia, para imponer un modelo de desarrollo neoliberal que despoja aún más a los campesinos. El capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercio con América del Norte fue una puñalada en el corazón a esa revolución campesina traicionada que proclamaron Emiliano Zapata, Pancho Villa y los revolucionarios agraristas mexicanos.

Ese legado es una llama que todavía arde en la conciencia campesina. El despojo no se completa aún y los campesinos organizados de Chiapas y el sur de México aún se resisten. “Si no hay justicia para el pueblo, que no haya paz para el gobierno”, dijo en su momento Emiliano Zapata. Y esa parece ser la impronta, que los excluidos de hoy en la tierra azteca levantan como homenaje a ese Espartaco latinoamericano que trazó la senda de la independencia, la dignidad y la libertad para su pueblo.