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Nudo de Paramillo cautivo
Un viaje por el río Sinú y las consecuencias que trae el embalse Urrá I. Denuncian la retención de diez campesinos por parte del ejército mientras cosechaban hoja de coca
Bibiana Ramírez / Jueves 10 de julio de 2014
 
En el puerto siempre hay soldados revisando cada yonson. El ejército impone sus reglas.

Llegamos a Puerto Frasquillo a las siete de la mañana. Hacía calor, pero se sentía la humedad. Ojos nuevos saltaban por todos lados: algunos misteriosos, dudosos, perplejos; otros fastuosos de vida. La calle destapada estaba regada por la lluvia de la noche anterior. Todavía caían algunas goteras de los techos, pero el cielo ya estaba seco. Los locales comerciales estaban abriendo. Al otro lado del caserío se abría todo un valle de agua. Agua represada hace ya bastantes años.

Frasquillo es el puerto que recibe a la gente del corregimiento de Crucito y sus veredas. Está a 40 minutos de Tierralta, en el Parque Nacional Nudo de Paramillo, que comparten Antioquia y Córdoba. A la entrada está la base militar que cuida el embalse.

El Puerto estaba rodeado de militares. Nos observaron mientras entramos y luego fueron saliendo, dejando solo el puerto cuando vieron chalecos de derechos humanos y cámaras. Ese lugar es habitado por ellos. No hay viviendas de civiles. A las cuatro de la tarde no debe haber nadie en el puerto y los locales deben estar cerrados. Y pueden llegar sólo después del amanecer. Es una ley que el mismo ejército implantó.

Llegan indígenas y campesinos a esperar el transporte para viajar a sus veredas. Hay trayectos que pueden durar días completos en un yonson, como le dicen a las canoas con motor. El costo del pasaje puede llegar hasta 60 mil pesos.

En el muelle siempre están algunos soldados revisando cada yonson que llega, cada paquete. A veces toman fotos y datos de quienes arriban. Esta vez dejaron el muelle solo.

Río represado

La represa Urrá I fue construida hace 22 años para controlar el río Sinú y generar energía, que no se queda en el país. La región no recibe ni un kilovatio. Y está en proyecto construir Urrá II.

El río Sinú tiene una longitud de 370 Km, y es navegable en 200 Km hasta Montería. Es el único río en Colombia y uno de los pocos en el mundo que comprende páramo, estuario, selva tropical y humedales. Todo era tierra de indígenas.

Tierralta fue habitada por tribus zenúes, que transformaron el paisaje de selvas en sabanas. Durante la Conquista, fueron despojados de sus riquezas. Quienes lograron sobrevivir a las armas, perecieron a causa de las enfermedades traídas por los peninsulares.

Desde 1840 los colonos hicieron su entrada a las zonas altas del río Sinú en busca de raicillas, caucho, pieles, oro y madera. Hacia 1881, las compañías extranjeras entraron a la zona a desarrollar la explotación maderera.

Desde esa época se explota este territorio y sin embargo conserva zonas vírgenes. Ahora están los embera katíos que viven en armonía con la naturaleza.

7.400 Km cuadrados de tierra dejaron de ser productivos para quedar bajo agua. Cuentan los campesinos que antes de existir el embalse estaba la carretera. Podían sembrar alimentos para sus familias y para comercializar en Tierralta y Montería. “Llevábamos bultos de borojó, yuca, maíz, plátano y fríjol para venderlos, y con eso conseguíamos las cosas que no podíamos sembrar”. “La represa es uno de los peores males que nos han caído”, dice un campesino.

Muchas familias vendieron a bajos precios, otras salieron desplazadas y amenazadas, y otras más tuvieron que ver familiares asesinados que se resistían a salir. Ahora esa vía quedó también bajo agua y es imposible sacar alimentos para vender. Se triplica el costo del transporte y es poco lo que les están dando por sus productos. Hoy la mayoría cultiva alimentos para el consumo propio y hoja de coca. No hay otra alternativa y el gobierno mismo lo sabe.

Con la represa se triplicó el costo del transporte.

Viajamos una hora por la represa y otra por el río. La represa es grande y pocas viviendas hay en los alrededores. A orillas del Sinú hay más viviendas. Se pueden ver los tambos de los indígenas y los grandes cultivos de plátano, arroz y maíz que tienen. Salen por el río en canoas, remando, sin mucho afán y con la fuerza suficiente para permanecer en el agua y lograr algunos pescados.

Los inconvenientes de la coca

Nos bajamos del yonson y caminamos dos horas por un camino de herradura lleno de selva, sonidos y aires frescos. Árboles gigantes, algunos frutales. Por ese camino antes quedaban fincas y ahora solo quedan las huellas y los recuerdos de quienes pasan por ahí. Alguien menciona que por tal lado quedaba la finca de Carlos, “allá más lejos la de Jesús, aquí quedaba el cementerio de la vereda, detrás de aquél cerro vivía mi papá y crecimos la familia”.

Ahora esa tierra es de nadie o de ella misma que se autorregenera y ebulle hacia la fertilidad. Había que subir y bajar algunas lomas empinadas para llegar a la vereda Higueronal, el pequeño caserío donde fueron retenidos los diez campesinos.

En la vereda abundan los cultivos de arroz, maíz, yuca, ají y verduras. Tienen gallinas y marranos, y también cultivos de coca, que les permite tener dinero, necesario para salir de la vereda, ir al médico, conseguir sal, aceite, panela y las cosas que no tienen a la mano.

Por esos días estaban raspando porque ya estaba lista para venderla. Casi siempre entran en helicóptero a recogerla, pero cuando no lo hacen, a los mismos campesinos les toca procesarla, porque si no, se pudre rápido y pierden el trabajo de meses y la esperanza de tener algún dinero.

El 11 de junio los militares los sorprendieron cuando estaban recolectando. Fueron tratados como guerrilleros, algunas mujeres golpeadas, quemaron todo lo que encontraron y les amarraron las manos con poliéster. Inclusive se llevaron a un menor de edad y a unos que sólo estaban de paso por ahí. Parte de los cultivos de pancoger fueron destruidos por los mismos militares, dejándolos hasta sin alimentos.

A Elena, con 21 años y un bebé de uno, se le llevaron el esposo, el papá y el cuñado. Sus ojos estaban de luto igual que su ropa. Ese día ella estaba preparando el almuerzo para cuando llegaran de trabajar, pero sólo escuchó el helicóptero bajar y al par de horas subir de nuevo con todos dentro. Su esposo llevaba apenas ocho días de estar trabajando allí. El cuñado estaba de visita recuperándose de un accidente y el padre buscando el arriendo del mes.

Cuando quiso visitarlos en la cárcel de Montería, donde aún los tienen, sólo dejaron ver al esposo. A ninguno le habían entregado la ropa ni los alimentos que las familias les habían enviado. En la audiencia que les hicieron en Tierralta, la fiscal pidió de cuatro a nueve años de cárcel. Los tienen en patios diferentes y afuera las familias intranquilas esperando alguna respuesta.

Comisión de derechos humanos

La comisión hizo la visita el 19 de junio. Llegaron unos 90 campesinos e indígenas de otras veredas. Se hicieron talleres sobre cómo defenderse ante situaciones como estas, e hicieron las denuncias del caso. La Asociación Campesina para el Desarrollo del Alto Sinú habló de la defensa que han hecho en otras veredas a los campesinos retenidos por el ejército. No dejan llevar a ninguno y la comunidad misma es la que se opone.

Ese día la vereda estuvo acompañada. Historias, risas y tristezas se escuchaban por todos lados. Son abundantes las preguntas que surgen a los indígenas y campesinos sobre derechos humanos. Nunca les habían hablado de esto y el ejército llega a vulnerar su integridad y a aprovecharse de ese desconocimiento.

Al día siguiente, cuando había que dejar la vereda, algunas mujeres nos decían que nos íbamos y todo volvía a quedar vacío, triste. A nosotros nos esperaba el regreso por la selva, el viaje por el río y toda una historia por reconstruir.

Tambo indígena.