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Debate
Justicia Transicional y Memoria Histórica
Alberto Pinzón Sánchez / Martes 15 de julio de 2014
 

El ingenioso jurisconsulto antioqueño doctor Iván Orozco Abad, escribiendo en 2003 para el Kellogg Institut for International Studies, un “work paper” titulado “La Posguerra colombiana. Divagaciones sobre la Venganza, la Justicia y la Reconciliación”, el que para nuestra suerte aún está disponible en Internet (1) lanza al ciberespacio, entre otras, esta terrible, como él la llama, “divagación”:

(…) "Se equivocan quienes creen que una guerra tan degradada y tan alejada del paradigma Inter-Estatal como la colombiana, es solo un asunto de cálculos racionales y estratégicos. La política puede todavía reclamar que es su cerebro, pero su músculo es el narcodinero y su corazón es el odio. Si las FARC fueron durante mucho tiempo una ideología en busca de odio, para encarnar, los paramilitares han sido sobre todo un odio visceral en busca de ideología para espiritualizarse”… (Página 10 op cit).

Charlé en 1991 con el doctor Iván Orozco, una vez pero largo rato, en el apartamento de la carrera cuarta de Bogotá, del común amigo antiqueño Alberto Arias y me pareció un jurisconsulto, no solo hidalgo de Medellín, sino sobre todo ingenioso, que hacía digresiones líquidas (para no llamarlas como él divagaciones) sobre la Historia, con mayúscula, de Colombia. Hoy 23 años después el currículo que da la “Kellogg” y sobre todo el párrafo que he citado, confirmó aún más aquella primera impresión de jurisconsulto que se ha sofisticado demasiado, pero que no ha podido dominar la sólida Historia de Colombia.

Un práctico de la guerra (aunque estudioso) como el mariscal prusiano von Clausewitz, decía que en la base de toda guerra subyace el sentimiento de hostilidad. Y un poco después, el emperador Napoleón completaba esta idea diciendo que las verdaderas guerras son las de religión.

Reflexionando un poco sobre la afirmación del doctor Orozco, sí creo que en el fondo del histórico conflicto social y armado de Colombia, tal y como lo estamos viendo actualmente; desde la masacre ejecutada por el ejército colombiano en las bananeras de Macondo en 1928 y siguiendo el caminito de sangre (como el de la muerte anunciada del turco Nasar) por la monstruosa y todavía más degradada violencia política Liberal-Conservadora de las décadas del 40, con el nueve de abril del 48 incluido, del 50, y del 60, cuando aún no existía ninguna guerrilla comunista o ni siquiera de inspiración marxista, además de los intereses económicos dominantes, sí existe un odio profundo en la base de la perversa matazón entre nosotros los colombianos, pero no un odio entre las Farc y los paramilitares como erróneamente lo presenta el doctor Orozco: Es algo más complejo, más anticomunista.

Claro que existió un odio anti-bolchevique invencible en las entretelas del corazón cristiano del general Carlos Cortés Vargas y que no era ningún sentimiento de “hostilidad” como el que menciona para las guerras el general von Clausewitz cuando aquel fatídico 6 de diciembre de 1928, siguiendo órdenes del Presidente Abadía Méndez y del gerente de la “Yunai Fruit compani”, dio semejante bautismo de plomo y fuego a los nacientes obreros colombianos en la zona bananera de Macondo.

Claro que hay un odio profundo de creyentes contra el basilisco ateo y comunista en los piadosos corazones de los sacristanes Ospina Pérez y Laureano Gómez, cuando, como lo escribe el historiador estadounidense Osher Sofer citando el extenso informe secreto de 35 páginas enviado el 18 de mayo 1948 a sus superiores por el coronel Hausman agregado naval de los EEUU en la Embajada Bogotá, dieron inicio consiente a la violencia sectaria que condujo al 9 de Abril de 1948 y a su posterior generalización en una guerra civil de 10 años de duración; más bárbara, cruel, degradada, sádica y más productiva en términos de victimas/impunidad que la que hoy desgarra nuestro ser en humanitarios lamentos.

Claro que hubo odio profundo anticomunista declarado y no “hostilidad” en los sensibles corazones del general Rojas Pinilla y del presidente León Valencia, cuando sin ningún empacho dieron orden de bombardear las regiones de Villarica y el Sur del Tolima con fosforo blanco, metralla y con bacilos del ántrax, siguiendo los planes internacionales de guerra fría del gobierno de los EEUU para acabar con los comunistas las repúblicas independientes allí detectadas.

Y así, podría seguir citando in extenso el “hilillo negro” del odio anti comunista dominante que ha embargado a cada uno de los gobernantes de Colombia quienes por 60 años, sostenidos irrestrictamente por el gobierno de los EEUU, han continuado bombardeando, masacrando, torturando (como Turbay Ayala), salvando la democracia maestro (como Belisario), exterminando a la Unión Patriótica (Barco, Gaviria y Samper), produciendo víctimas dentro del pueblo trabajador colombiano (como las producidas por el plan Colombia de Pastrana, Uribe Vélez y Santos), hasta hoy, repito hasta hoy, unas veces directamente a través de sus Fuerzas Armadas oficiales y otras, por aquellas fuerzas delegadas de la motosierra y las fosas de caimanes, hornos crematorios para desaparecer cuerpos, a quienes el doctor Abad les dice que anduvieron, quizás extraviados, “en busca de una ideología para espiritualizar su odio visceral”.

Odio, también claro está, que produjo su imagen refleja en el espejo de la sociedad agredida y victimizada. ¡Nadie debe esperar que la nada origine nada!

Escriben los eruditos de la Justicia Transicional, la que hoy se presenta en Colombia como la panacea para concluir “jurídicamente” el conflicto armado (no el conflicto social) y hacer una “transición” de lo armado a lo no armado y de la guerra a la paz; que el Derecho Globalizado reconoce actualmente tres derechos dentro de ella: 1) el derecho a la verdad ,2) el derecho a la justicia y 3) el derecho a la reparación como mecanismos fundamentales de la reconciliación de las partes enfrentadas en un conflicto interno; con lo cual estamos de acuerdo.

Sin embargo, como decía J. E. Gaitán: Dudo de la rabulería de los colombianos. Ninguna lumbrera jurídica ni colombiana ni global, ha planteado el derecho que tienen las gentes del común, a la memoria histórica: No a la verdad jurídica a secas, en la que están interesados las morbosas secciones judiciales de los diarios oficiales, sino en que la “gentecita del común” tenga el derecho a conocer, acumular y sistematizar sus experiencias como víctimas de una “democracia genocida”, como la llamó acertadamente el sacerdote jesuita Javier Giraldo y, sobre todo víctimas de un Estado (ojo) recubierto de legalidad y legitimidad internacional, el que ahora se quiere igualar por medio de la Justicia Transicional, con unos delincuentes por fuera de la “ley de leyes” de Colombia.

Una Memoria Histórica que les permita hacer el pretendido tránsito, o transición, de la antidemocracia a la verdadera democracia, y que además, les permita llegar al origen del conflicto, sus causas profundas y desde luego, a hacer visible el odio subyacente que este excreta.

Es allí a donde es imperativo llegar como si se tratara de un psicoanálisis profundo que saque a flote la parte escondida y necrosada del iceberg histórico; no para seguir retorciendo y cargando el “corazón” de los colombianos con culpas oscuras y subjetivas, talvez religiosas, sino para establecer responsabilidades reales y hacer la verdadera transición hacia las reformas profundas de todo tipo que están en el origen y en la base del histórico y tradicional conflicto social y armado de Colombia.

Esto, parece ser, es lo que están pidiendo insistentemente las múltiples organizaciones de víctimas del conflicto interno colombiano en los foros sobre víctimas y victimarios que se están desarrollando en Colombia, como insumos para continuar avanzando en el proceso de paz de la Habana.

NOTAS:

(1) https://kellogg.nd.edu/publications/workingpapers/WPS/306.pdf