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Día internacional de los pueblos indígenas
Pasado en tinieblas
Reseña del libro Huellas de antiguos pobladores del Valle de Aburrá: piedras, arcilla, oro, sal y caminos* de Sofía Botero Paez
Mauricio Hoyos / Sábado 9 de agosto de 2014
 

Este libro no es un catálogo de vestigios: mirando las piedras, las vasijas y demás objetos de arcilla, el oro, la sal y los caminos, la antropóloga Sofía Botero intenta comprender las huellas del pasado prehispánico. Ella es profesora e investigadora de la Universidad de Antioquia.

No es raro que su libro pasara desapercibido. Lo que tal vez tenga que ver con eso que dice en la introducción es que “carecemos del conocimiento del entorno en que vivimos”.

Tampoco es que falte material para los arqueólogos. Son numerosos los hallazgos desenterrados a lo largo del río Aburrá (hoy río Medellín): “Lo que evidencia la documentación es la incapacidad de pensar la naturaleza como el entorno físico terrestre y celeste en que nos movemos los seres humanos, y su observación como seres humanos”.

No quedan tribus de aquellos tiempos, pues fueron exterminadas físicamente. Su espíritu perdura como misterio en estos trastes y estos restos y estas piedras.

Y más aun, nuestra conexión con las culturas prehispánicas es más que metafísica, porque “consumimos gran parte de los frutos y las plantas mantenidos, traídos y transformados por ellos, en un proceso que involucró miles de años”, dice la profesora Botero.

Presentar una valoración de los hallazgos arqueológicos encontrados en distintos puntos del Valle de Aburrá no resulta fácil. Sofía Botero habla de los más importantes, algunos de ellos emplazados en las cimas de los cerros, como el Quitasol en el municipio de Bello, o en los cerros de Medellín, Envigado, Itagüí o en Santa Elena.

Huellas que sin embargo dejan una visión fragmentaria de esta historia, que comienza hace cerca de nueve mil años.

Sus proyectos de ingeniería no eran endebles, han pasado los siglos y siguen ahí dando testimonio de su maestría con las manos. Su red de caminos es asombrosa y misteriosa.

Queda claro que le daban vital importancia al viaje entre el valle y las regiones aledañas. Que hubo intercambios con estas otras regiones, como la cuenca del Cauca, el Magdalena y con el sur del país.

Los españoles, según la crónica de Jorge Robledo, encontraron “caminos hechos mano e grandes por las syerras e medias laderas que en el cuzco no los ay mayores”. 

Que hayan sido exterminados o desplazados por la fuerza no fue porque carecieran de “civilización”. No estaban preparados para la invasión. No hay testimonio material de guerras entre ellos o invasiones violentas anteriores a la española.

Fueron pueblos estables, sus vasijas alcanzan periodos de maestría y decadencia. No hay muchos hallazgos de los últimos mil años, según la antropóloga.

La cuestión del oro, que alimentó la ambición de los españoles, es otro misterio con respecto a lo que fue para los indígenas. No se conoce su pensamiento respecto al oro, ni su cosmogonía. Aunque sus tierras eran ricas en oro, no así las tumbas halladas. “Y son yndios pobres que tienen poco oro”, había escrito ingenuamente el Mariscal Robledo.

En 1885 escribía Manuel Uribe Ángel en su geografía del departamento: “Este río (el Aburrá) es el gran depósito aurífero de Antioquia”.

No obstante no se sabe mucho sobre su relación con el oro, más allá del uso ornamental. ¿Sería para ellos, como lo fue para los del Perú, la sangre del sol? Y los orfebres, de gran maestría, ¿eran además chamanes?

Se sabe que tenían sus propias fuentes de sal, mineral vital que manaba de las quebradas, como El Salado, en Girardota. Y que además de abundante comida entre frutos, caza y pesca. También eran cultivadores, como quedan pruebas de ello, a veces a gran escala.

Sin embargo su agricultura es un misterio. No queda rastro de su relación con las demás plantas. ¿Qué sabían en materia de medicina, abonos, cultivos a grande o pequeña escala?

Otros pueblos más antiguos escribieron su historia. Aquí confiaban, acaso demasiado, en la palabra. Las piedras talladas (una docena en todo el valle) tienen dibujos que, juiciosamente interpretados, pueden dar luces sobre su visión del mundo, pero están por estudiar.

También es un misterio su relación con ciertas piedras como el cuarzo, que ponían en la tumbas, no solamente en forma de utensilio, sino en estado bruto, de diferentes tipos. ¿Amuletos? ¿Le otorgaban propiedades o poderes especiales? ¿Conocían sus propiedades hoy ampliamente confirmadas por la ciencia y la tecnología?

“Durante por lo menos seis mil años –sigue Sofía Botero-, los muertos en el Valle de Aburrá fueron enterrados con distintos tipos de cuarzo”.

El uso de la espiral, del círculo, del cuadrado, del triángulo, denota conocimiento de geometría suficiente para elaborar a partir de allí relaciones más complejas.

En una tumba hallada sin profanar en La Loma de Envigado en el año 1944, encontraron una cruz en el techo perfectamente alineada con las direcciones norte-sur-oriente-occidente. ¿Qué tan avanzada era su astronomía?

Son más las preguntas que las respuestas, porque la antropóloga no puede ir por ahí haciendo deducciones deportivamente, sin asidero material que las sustente.

Pero esa historia prehispánica, por el mestizaje, es también la nuestra. No es del todo clara, por ejemplo, su relación con la muerte. En muchísimas tumbas se encontraron huesos calcinados, parece que tenían la costumbre de cremar a los muertos. Además los enterraban con objetos útiles, denotando, como muchas otras culturas del mundo, que creían en la vida más allá de la muerte.

El libro Huellas… no es una conclusión en torno al pasado prehispánico del valle de Aburrá, es una introducción. Señala preguntas y hace sugerencias que seguramente alentarán a futuros investigadores de muchas disciplinas. 

Estas tribus indígenas del Valle de Aburrá no sobrevivieron a la conquista española, comandada por el mariscal Jorge Robledo, que llegó al Valle en agosto de 1541.

Lo mucho que sabemos de los 473 años que han pasado desde entonces no se equipara a lo desconocidos que nos resultan los más o menos nueve mil años anteriores.

*Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2013.