Corporación Acción Humanitaria por la Convivencia y la Paz del Nordeste Antioqueño
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Crónica de un viaje a Puerto Nuevo Ité, Nordeste Antioqueño
Ángela Castellanos / Lunes 8 de septiembre de 2008
 

Después de diez horas de viaje desde la ciudad de Bogotá, arribamos a la ciudad de Barrancabermeja sobre la ocho de la mañana. Nos preparábamos para seguir la ruta que nos llevaría a la vereda Puerto Nuevo Ité, del municipio de Remedios (Antioquia), donde se llevaría a cabo el cuarto taller de formación de promotores en Derechos Humanos que Cahucopana viene desarrollando en la región, con el auspicio y apoyo de Misereor.

A las nueve de la mañana salimos de Barrancabermeja a Yondó, recorriendo un trayecto de veinte minutos. Allí nos esperaba el señor que realiza los expresos hacia la vereda San Francisco. Junto con nosotros salen campesinos que van hasta Yondó a aprovisionarse de lo necesario para su sustento.

Este trayecto puede tardar más de dos horas, dependiendo del estado de la carretera que en este momento está convertida en una verdadera trocha. El conductor del vehiculo asume las veces de un experto al volante, donde se requiere. En ocasiones, junto con los demás pasajeros, sean hombres o mujeres, debe bajarse del vehiculo para poderlo sacar del hueco de donde se queda enterrado. Allí se unen fuerzas para halar los vehículos, se acude a palas para hacer rellenos de arena en la vía y así secar las llantas y permitirles que cojan agarre y logren continuar. Hay algunas partes donde los huecos son cráteres y el vehiculo queda de medio lado y pareciere que se fuera a volcar. En una de esas, un campesino de los que iba en la parte de atrás cayó sobre el camino entre un montón de barro, cosa que nos generó un poco de risa a todos entre estas difíciles condiciones y bajo el inclemente sol ribereño.

Continuamos nuestro camino, en el cual el conductor hace las veces de comprador a domicilio de aquellos campesinos que no pueden salir a mercar. Él tiene que ir dejando los encargos en la carretera para que luego sean recogidos por las familias. Es la cotidianidad por la que pasan las comunidades campesinas todos los días del año.

Pasando toda esta travesía logramos llegar a San Francisco, y frente a nuestros ojos aparece el inmenso río Cimitarra, que conecta con el río Ité, en el nordeste antioqueño, y que sería la ruta que seguiríamos. Allí nos esperaba el campesino que nos trasportaría río arriba, rodeado de un hermoso paisaje, frondosos árboles, algunas viviendas a la orilla y las tortugas que salen a recibir el sol. Así disfrutamos de la frescura que el río nos ofrece durante 40 minutos, aunque más adelante nos diéramos cuenta de la gran contaminación que recibe.

Arribamos a Puerto Nuevo Ité, aquella vereda que la comunidad llama “La Cooperativa”, hacia las cuatro de la tarde. Allí nos esperaban algunos delegados de la corporación, terminando de acomodar temas logísticos.

Los campesinos nos recibieron muy bien, estaban alistando para nosotros algo de comida, que para nosotros era un retardado almuerzo, que significaba recargar fuerzas y recuperar energía después de la larga jornada de viaje.

Luego de un buen baño, nos dedicamos a charlar un rato entre nuestros compañeros de viaje que participarían del taller. Ellos ya conocían la región, pero para mí era una novedosa experiencia. Claudia Erazo, de la Corporación Jurídica Yira Castro, ha venido realizando durante mucho tiempo una excelente labor de fortalecimiento y denuncia con los campesinos de esta región. Andrés Rivera, quien forma parte del equipo de trabajo de Cahucopana y que ha estado en anteriores ocasiones participando del trabajo comunitario. Esto hace que entre los campesinos se generen diálogos de confianza y se estrechan lazos de amistad.

Allí también se encontraban personas que tuve la oportunidad de conocer. Fue motivo de gran alegría volver a encontrarme con Viviana Ortega, viuda de Miguel Ángel Gonzáles Gutiérrez, asesinado por tropas del batallón Calibío el pasado mes de enero. Estaban también sus dos pequeños hijos y su cuñado, Wilmar Gonzáles. Viviana, después de la muerte de su compañero, ha tratado de sobrevivir, arreglándoselas con la venta de avena y buñuelos, y en ocasiones, cargando ladrillo cuando le salen las “contratas”.

Estaba también don Fidelino, que después de ser desplazado de su tierra y de permanecer en el campamento de refugio en Barrancabermeja por tres meses, decidió volver a su región y asumir las consecuencias que esto le generara. Y otras personas que como ellos han tenido que sufrir en carne propia la violencia de este país, pero que siguen allí luchado por salir adelante y pertenecer en su tierra.

Llegada la noche nos dedicamos a organizar las carpas que serían nuestro lugar para descansar, para al día siguiente dar inicio a los talleres de formación.

Al amanecer, entre el canto de los pájaros, se sumerge uno en la vida cotidiana del campesino de la región. Aquellos que no participan de los talleres inician sus trabajos diarios, algunos van y buscan las mulas para empezar a prepararlas para la carga de madera durante el día, otros inician camino para llegar al área de corte, otros se embarcan río abajo a continuar con el jornal que les quedó del día anterior. Las mujeres se dedican a organizar sus casas, el cuido de sus hijos, la preparación de alimentos, y a cuidar sus animales. Otras están colaborando con la preparación de los alimentos para los alumnos y talleristas: Se organizaron por grupos de a tres (cada día) y son las responsables durante todo el día de la cocina. Se turnaron para así poder asistir a los talleres y poder capacitarse, son mujeres valientes que trabajan y luchan por sostener su familia, sin dejar de participar en los procesos organizativos de la comunidad.

Los talleres

Después del desayuno nos dirigimos a la escuela, lugar donde se llevará a cabo la realización de los talleres, y así empezamos la jornada de capacitación.

Iniciamos con el tema “Derecho a la tierra y al territorio”, que se inició con un reconocimiento y definiciones de cada uno, una reseña histórica donde talleristas y campesinos retrocedimos a través del tiempo, compartiendo conocimientos de acuerdo a las posibilidades de cada uno.

Fue todo un día de estudio que no queríamos que terminara, pues el compartir estos espacios hacen que nuestros conocimientos crezcan, y también produce un gran acercamiento entre todos los participantes.

Terminada la primera jornada nos dirigimos a recibir la cena, luego a descansar y prepararnos para el día siguiente. El segundo tema fue el de “organización y lucha por la tierra” y ahí sí que los campesinos eran quienes nos iban a enseñar, en una región donde el campesinado ha sido ejemplo y protagonista de esta lucha.

Fue un espacio donde seguíamos adquiriendo más conocimientos. Fue enriquecedor escuchar las historias de cada uno de los campesinos, los hechos por los que han pasado, hasta llegar a los más recientes días de resistencia.

En la tarde se tocaron temas como el mandato agrario, organizaciones sociales, entre otros. Trascurrieron varias jornadas de capacitación, ya que de cada tema era necesario que saliera otro, y así se fueron resolviendo las inquietudes que tenían algunos campesinos.

Así, entre la jornada de capacitación y las horas de descanso que teníamos, logramos darnos cuenta que pese a la gran riqueza natural de esta región, el campesinado se encuentra en muy difíciles condiciones de vida. Se vienen a la mente situaciones como que las vías de penetración a la región están en muy mal estado, los productos alimenticios son muy escasos y no se puede tener una dieta alimenticia adecuada, los niños están siendo atacados por diarrea aguda y continua debido a la contaminación de las aguas que son bombeadas desde el río a todo el caserío. Allí, las tropas del Batallón Calibío del Ejercito Nacional están acampando en las viviendas, usan el agua del río para bañarse, hacen sus necesidades allí, lavan sus ropas, en fin… La comunidad está sometida a la presencia continua del ejército dentro del caserío, los soldados se entran a las viviendas, aterrizan los helicópteros a escasos metros, y ponen en grave riesgo a estas comunidades, en contravía de todo lo establecido por el Derecho Internacional Humanitario.

Pudimos constatar también que la escuela está en muy malas condiciones, el maestro asignado para que los niños puedan tomar sus clases asiste cada semana.

No hay jornadas de saneamiento ambiental, ni asistencia médica. Son comunidades en abandono total por parte del estado colombiano, el cual invierte sólo en la guerra y no en la inversión social que pudiera mejorar las condiciones de vida de muchos de los campesinos del país.