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Bateas sí, retros no
Jaime Arocha / Martes 9 de diciembre de 2014
 

Me he preguntado por la marginalidad que ocupó en los medios la asamblea permanente que 17 mujeres negras de La Toma llevaron a cabo en la casa de La Giralda del Ministerio del Interior. Una explicación podría ser el racismo.

Otra, la incomprensión de su causa. El estribillo principal de las manifestantes —“bateas sí, retros no”— sintetizaba una tragedia que las afecta, pero de la cual la ciudadanía en general está por concientizarse, apersonarse y manifestarse: el reemplazo de la minería artesanal del oro —amable con la naturaleza— por la mecanizada que arruina las tierras para producir comida, y envenena el agua, porque se vale de arsénico y mercurio para separar el oro de las arenas que lo contienen.

El río Ovejas es eje del territorio caucano del cual es responsable el Consejo Comunitario de La Toma. Allí ya hay retroexcavadoras en medio del cauce, y el mercurio vertido les ha debilitado tanto la piel a los peces que sus espinas la traspasan. De la magnitud de este drama da fe la recomendación que en el Pacífico sur hoy les hacen los obstetras a las embarazadas: cuidar el feto absteniéndose de consumir peces y mariscos acopiados en la desembocadura de cauces fluviales ricos en oro.

En la manifestación, el reclamo más repetido fue por el incumplimiento de la Sentencia T1045A de la Corte Constitucional referente al derecho que las comunidades de ascendencia africana tienen a la consulta previa, libre e informada, para defender su territorio. Además del medio físico, una de las metas de ese derecho es la salvaguardia de asociaciones propias como la de las “tongas”, las cuales agrupan hasta cien hombres y mujeres alineados a lo largo de canalones cavados en las laderas para sacar oro.

Apalancan las piedras con barras y las van quitando, hasta llegar a las arenas auríferas, las cuales rasgan mediante garfios de hierro o almocafres. Ya sueltas, valiéndose de “cachos” o palas manuales, llevan esas arenas a bateas de madera que mineras expertas menean rítmicamente, hasta centrifugar sin químicos los granitos de oro. Otra meta de ese derecho es la de seguir combinando su minería con el cultivo de sus fincas de café y frutales, así como una platanera que administra la Asociación de Mujeres Afrodescendientes de Yolombó, cuyo producido llevan a una fábrica de harina de plátano.

Dentro de un país cuyos gobernantes abandonaron al campesinado a su suerte, es significativo el esfuerzo de estos colectivos no sólo por recuperar sistemas agromineros de vieja data, sino por hacerlos más competitivos. En este último propósito han contado con el apoyo de una cooperación internacional a la cual le concierne la autonomía alimentaria de estos pueblos.

El 6 de diciembre, líderes del movimiento social afrocolombiano informaban que por fin el gobierno había firmado un pliego con las mineras de La Toma. Sin embargo, para ellos lo pactado bien podría ser la cuota inicial de la siguiente ronda de protestas: el gobierno formará los consabidos equipos interinstitucionales e interdisciplinarios cuyos celos profesionales e infinitas deliberaciones paralizarán sus intervenciones, dándoles tiempo valioso a los retreros y a las multinacionales para persistir en su afianzamiento ilegal dentro de territorios cuya ancestralidad se remonta a los años de la Colonia.