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El general Powell nos resultó comunista
El “desescalamiento del conflicto” es una buena noticia. Permite que la negociación avance sin caer en ceses al fuego prematuros que pueden hacer abortar el proceso, a la par que envía el mensaje de que las partes reafirman su disposición de acordar con la contraparte, no de derrotarla.
Juan Manuel Ospina / Sábado 13 de diciembre de 2014
 
Colin Powell. Foto: U.S. Embassy New Delhi via photopin cc

El general Colin Powell, comandante de las fuerzas norteamericanas en la guerra de Bush padre contra Irak y secretario de Estado de Bush hijo, resultó comunista según dos distinguidas y desinformadas senadoras del uribismo: Susana Correa y Tania Vega.

Tuve que releer la noticia de El Espectador. No podía creerla y no supe si reír o llorar ante semejante despropósito. Una medida de la precariedad del debate político colombiano que bordea ya la franja lunática.

Las escandalizó la claridad de Powell cuando afirmó que además de firmeza militar se requiere de unidad para enfrentar la negociación. Reconoce que lo primero se logró; lo segundo aún no está claro y se requieren esfuerzos y compromisos. El uribismo, como en los más álgidos momentos de la Guerra Fría está en el plan de ver hasta en la sopa, a comunistas dispuestos a enviarnos al paredón. Castro-chavistas los llaman. Esa posición expresa claramente que se quedaron políticamente congelados en el escenario de hace medio siglo; para ellos la “Cortina de hierro” sigue en pie. Hacen aparecer a las FARC más actualizadas, más sintonizadas con el mundo actual.

¿Será que detrás de estas posiciones intransigentes, que a ratos parecen ser más antisantistas que antifarianas, se esconde un frío cálculo electoral para las elecciones del año entrante, que podrían ser las primeras después de la refrendación de los acuerdos, o bien para encabezar el voto negativo en el referendo, que hoy rechaza la opinión de manera mayoritaria? Indudablemente, el Talón de Aquiles del proceso paz es no haber encontrado el punto medio entre la necesaria discreción que exige la negociación y la información que puede suministrarse a la ciudadanía, ni haber creado los vínculos con la sociedad que se requieren para solidificar los compromisos.

Hoy a nadie sirve demorar la negociación, como sucedió en procesos anteriores, cuando favoreció a la guerrilla. No se trata de precipitar un proceso que es delicado y complejo, sobre todo cuando se adelanta en medio de la desconfianza generalizada entre el estado y la guerrilla, y de la opinión respecto a ambas partes negociadoras. Pero tampoco debe eternizarse. Urge que se den señales de avance, que muestren la voluntad de las partes –como sucede con el aroma que sale de la olla donde se está cocinando el sancocho y que mantiene vivo el interés y la esperanza de los hambreados comensales-.

Por eso el “desescalamiento del conflicto” es una buena noticia. Permite que la negociación avance sin caer en ceses al fuego prematuros que pueden hacer abortar el proceso, a la par que envía el mensaje de que las partes reafirman su disposición de acordar con la contraparte, no de derrotarla. Se trataría de un proceso progresivo que debe y puede avanzar paso a paso en territorios o grupos poblacionales específicos que van saliendo de la guerra, en la línea de lo planteado en la pasada campaña por Marta Lucía Ramírez: sacar a niños y civiles del conflicto, desterrar las minas antipersonas; el gobierno por su parte, podría revisar y atender los casos de miembros de la guerrilla condenados y que puedan ser liberados por razones de salud.

Son decisiones cargadas de significado humano, que expresarían la voluntad de las partes de abandonar progresivamente la lógica infernal de la guerra en la que llevamos ya tantos años sumidos. Decisiones que no podrían ser entendidas como debilidad sino como la voluntad de los enfrentados de expresarle al ciudadano con hechos, que el fin de la tragedia está cerca. Decisiones que entiende el general Powell aunque las senadoras uribistas colapsen.