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Académicos en comisión
Todo parece indicar que una vez finalizado el trabajo de los comisionados, el Gobierno no tenía una estrategia para difundir y volver operativos sus resultados.
Javier Felipe Ortiz Cassiani / Domingo 17 de mayo de 2015
 

A veces no logro ubicar si es que la presentación en sociedad de los resultados de la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas no ha sido satisfactoria o si simplemente no se ha hecho.

Tampoco la mayoría de los colombianos han mostrado interés por acercarse al extenso documento de un poco más de 800 páginas colgado en el espacio virtual de la Mesa de Conversaciones de La Habana.

Aparte de unas cuantas referencias de prensa, las pocas menciones a los resultados, con pretensiones de análisis, vinieron de Juan Esteban Lewin, quien en un texto publicado el 2 de febrero en el portal La Silla Vacía, intentó hacer un ejercicio didáctico con preguntas y variables, para ubicar las “coincidencias y divergencias” en los relatos sobre la guerra de los 14 miembros de la comisión.

Luego, en un par de ocasiones, el profesor Jaime Arocha utilizó su espacio como columnista en este diario para destacar las escasas alusiones en los textos de los comisionados a la población afrocolombiana como víctima del conflicto armado. Hace 15 días, en su columna de la revista Semana, León Valencia dijo que el informe no había generado ningún impacto ni en la nación ni en el exterior, sencillamente porque era “un informe inane”.

Más allá de la controversia que se ha generado por la cifra de abusos sexuales cometidos por marines norteamericanos a mujeres menores de edad en Melgar y Girardot, citado por uno de los miembros del grupo, es muy poco lo que el país conoce de este informe. Todo parece indicar que una vez finalizado el trabajo de los comisionados, el Gobierno no tenía una estrategia para difundir y volver operativos sus resultados. Así las cosas, el espacio ha quedado abierto para que, como es común en estos tiempos, el trino impactante desdibuje la necesidad de un análisis serio y reposado de los resultados y su contribución “al esclarecimiento del conflicto armado”, como era su principal propósito.

Una estrategia viable sería la difusión en foros, talleres, conversatorios, entrevistas, debates, con la presencia de los comisionados en algunos de los escenarios, sin descartar la interacción con las víctimas que hacen parte de los programas de reparación que adelanta el Estado. Entre otras cosas, este ejercicio serviría para ver los contrastes o las similitudes entre las visiones cotidianas y de los afectados directos, con la visión de los expertos sobre el conflicto armado.

Nadie desconoce los sobrados méritos de quienes hicieron parte de este proceso, pero los objetivos de este tipo de trabajo deben superar la periódica producción académica de los investigadores miembros de la comisión. Y eso sólo se logra con un programa coherente de difusión y acercamiento de los resultados al país en general. De lo contrario, las más de 800 páginas seguirán allí, colgadas en la internet, dialogando únicamente con los expertos, porque ningún ciudadano común y corriente leerá esa cantidad de páginas en la red, ni mucho menos gastará la poca tinta de su impresora para estudiar una versión impresa.

Mientras tanto, este grupo de intelectuales corren el riesgo de pasar a la historia de la nación, simplemente como un grupo de académicos que se fueron en comisión a La Habana, para armar un dossier con sus visiones sobre el conflicto armado, y publicarlo en una revista académica indexada.