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Jazz en la Luis Ángel Arango
Tambores para el dolor
Samuel Torres, conocido músico colombiano, residente en los Estados Unidos, presentó en la Biblioteca Luis Ángel Arango, su extraordinario arreglo para jazz ‘Forced Displacement’ (desplazamiento forzado), dedicado a las víctimas de la violencia en la región de Urabá.
Ricardo Arenales / Jueves 28 de mayo de 2015
 

Un ritmo de jazz estremecedor, impregnado ya no solo por el sonoro ritmo del saxofón o del trombón, como estamos acostumbrados a escucharlo, proveniente de los barrios negros de Harlem, o del Bronx de Nueva York, sino de un huracanado retumbar de tambores, es el espectáculo, de una altísima calidad musical, que el pasado sábado 9 de mayo presentó Samuel Torres en la Sala de Conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, de Bogotá.

Denominado ‘Forced Displa­ce­ment’ (desplazamiento forzado), la obra se estrenó en Colombia y es una muestra de jazz, con un inconfundible sabor latino, que Torres compuso en homenaje a las víctimas de la violencia paramilitar en la zona del Urabá chocoano y antioqueño.

La obra, una suite con diez movimientos, fue posible gracias a una beca que el autor recibió de la Chamber Music America, y animado por la idea de hacer un trabajo original, se trasladó a San Juan de Urabá, e imbuido por su tradición de bullerengue, concibió la pieza musical como un homenaje a las víctimas del conflicto armado en Colombia.

Torres conversó con las viudas, los huérfanos, las novias frustradas, las madres que en vano siguen esperando que sus hijos regresen algún día y se entrelacen en un abrazo postrero, no importa que sea el último. Pero también conversó con Emilsen Pacheco, uno de los más célebres compositores de bullerengue en la región, y a quien Torres califica como un hombre sabio, de una sabiduría impresionante.

De hecho, uno o dos de los movimientos del ensamble, ‘Las cantaoras’ y ‘Emilsen, el hijo de San Juan’, están dedicados a rendir homenaje al compositor urabeño.

En la interpretación, con una fuerza colosal de los tambores ejecutados por Torres, a diferencia del jazz tradicional, encontramos un sabor latinoamericano, por momentos colombiano, como cuando rinde tributo a la música de esa parte de nuestro litoral caribe. Por momentos la música huele a sal, a olas del mar Atlántico, a playa y sol.

Torres dice que los hombres que en Urabá tocan el tambor aseguran que el instrumento cimienta la identidad, el orgullo, la autoestima. Los hombres del tambor cuentan que, con la descomposición que trajo la violencia, cualquiera puede fácilmente irse por el camino de las actividades ilícitas, de la búsqueda del dinero fácil, de la pérdida de valores. Eso no sucede con el que toca el tambor, que se siente orgulloso de su música, de su terruño.

En la orgía de violencia paramilitar, muchos hijos de la región fueron desplazados. Los tamboreros se resistieron. Hasta que los hombres armados les prohibieron hacer ruido, les prohibieron tocar el tambor. Ellos recuerdan que el hombre urabeño es alegre, bulloso, como son generalmente los negros. Los violentos quisieron imponer el silencio. Eso sí los derrumbó. “El silencio desvanece la comunidad”, le contaron a Torres, y este relato imprimió un inmenso dolor en el compositor, que trasladó a las notas musicales de su pieza de jazz.

Samuel Torres nació en Bogotá en 1976. Comenzó a tocar a los 12 años de edad y obtuvo su grado en composición en la Universidad Javeriana. Su entrenamiento formal lo realizó como percusionista clásico. En 1998 viajó a los Estados Unidos y allí ha venido realizando una prolífica carrera. Ha participado en varios festivales en el mundo y compartido escenarios con artistas como Tito Puente, Richard Bona, Shakira, Alejandro Sanz, Marc Anthony, Juanes, Don Byron y Paquito D’Rivera, entre otros.

Para su concierto de estreno en Colombia, Torres se preparó conversando largas horas con los desplazados de la región de Urabá. Dijo que en ellas hay un dolor que a veces no encuentra palabras para ser expresado. Él encontró un lenguaje de tambores, de trombones, piano y saxofones para reemplazar el silencio de millones, quienes para salvar su vida debieron, por años, cerrar la boca.