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El papel de la red en el capitalismo de ficción
Nos dirigimos hacia un mundo distópico
Leonardo León / Viernes 29 de mayo de 2015
 

En un mundo cada vez más cercano, interconectado y globalizado, el concepto de red toma mayor importancia en la medida en que las tecnologías de la información y las comunicaciones van ejerciendo un papel que va pasando de ser medio de comunicación y flujo de datos, a una totalidad aplastante que es vista en el capitalismo de ficción por un sector de la tecnocracia política y académica como el reemplazo del poder, de la política y de los Estados nacionales.

Vicente Verdú define al capitalismo de ficción como la etapa contemporánea de este sistema de producción que surgió desde la caída del muro de Berlín como una profundización del capitalismo de consumo, ahora sin rivales, caracterizado por “la trascendencia de los signos, la significación de los artículos envueltos en el habla de la publicidad” y que enfatiza la importancia teatral de las personas lo que en otros autores se denominaría la sociedad del espectáculo o la posmodernidad enmarcada en el neoliberalismo (Verdú, 2003, p. 8).

Por su parte, según Musso, “la red es una estructura de interconexión inestable, compuesta de elementos en interacción, y cuya variabilidad obedece a alguna regla de funcionamiento” (Musso, 2012, p.221). De allí que está en permanente construcción, destrucción y reconstrucción, que no evoluciona de una forma lineal, que tiene reglas tendenciales mas no absolutas y que abarca elementos físicos y virtuales.

El capitalismo de ficción es entonces una mezcla de neoliberalismo y posmodernidad con redes interconectadas, físicas y virtuales, la sociedad red como la llama Castells, con alta carga de dependencia tecnológica y mercantil; es además lo que en sectores de la academia llaman la sociedad de la información y que algunos más osados definen como la sociedad del conocimiento como si antes no hubiera necesidad de información para tomar cualquier decisión o desarrollar cualquier artefacto o idea o como si la cultura occidental fuera el faro del conocimiento universal, el fin de la historia como dijera Francis Fukuyama en la época del éxtasis que causó en occidente el fin de la burocracia estalinista soviética.

La llamada sociedad de la información no es más que el capitalismo de ficción recubierto de un aura academicista que busca mostrarse como “embajadora de buena voluntad” de la globalización, afirmando que las tecnologías de la información han dado origen a una nueva sociedad: la sociedad de la información (Vega, 2015, p. 87). Por la misma vía, la llamada sociedad del conocimiento en la que el conocimiento debe basarse, según Daniel Bell, uno de los fundadores del concepto, en una “propiedad intelectual, ligada a un hombre o a un grupo de hombres... sujeta a los dictámenes del mercado...”. Es decir, está ligada estrechamente con el proceso de mercantilización del conocimiento más que en su creación o reproducción; es el mercado metido en las entrañas de la academia en donde no había podido entrar plenamente antes de la aplicación del neoliberalismo pero que la ha logrado cooptar en los últimos años (Vega, 2015 pp. 89-90).

El capitalismo de ficción no es solo consumo, es espectáculo, control y dominación, performatividad, todo junto en los templos de la posmodernidad, los centros comerciales.

El espectáculo no solo se da en el mercado, abarca hasta la misma guerra. En la Guerra del Golfo, la primera invasión a Irak por parte de la OTAN en el inicio de la década de los 90s, era común ver todos los días en los noticieros del mundo occidental, enlazados en torno a la versión y transmisión oficial del gobierno estadounidense, cómo tanques, tropas y aviones iban atravesando el desierto en medio de miles de ráfagas que iban bombardeando al enemigo, adornadas con luces del espectro visible e infrarrojo, con sonido estéreo mediante una producción escenográfica de Hollywood que hacía disfrazar la barbarie de la violencia con la ficción del entretenimiento televisivo, vendiendo macabra diversión patrocinada por varias multinacionales, especialmente de la industria del petróleo, que lograban ampliar a su vez nuevos mercados y obtenían más fuentes de materia prima para reproducir el sistema económico.

Las películas de guerra en vivo y directo siguieron produciéndose en estudios de televisión y campos de batalla, llegando a su cúspide cinematográfica el 11 de septiembre de 2011. Allí se movió toda la maquinaria del imperialismo mediante una construcción mediática de la realidad que es capaz de programar atentados contra la población o contra otros países (Vega, 2011, p. 228) ampliando ahora un gran mercado que se mantenía latente: el del miedo. Mediante una acción muy bien planeada y coordinada, una serie de atentados de falsa bandera lograron centrar los ojos de todo el mundo en el centro del poder mundial con el objetivo de lograr justificar todo cuanto al nuevo liderazgo unipolar del mundo se le ocurriera de allí en adelante. En esa obra teatral del sistema capitalista entró en escena el miedo como un sentimiento real enmarcado en hechos de ficción (terribles villanos con trapos en la cabeza, armados de AK-47 y vestidos de pies a cabeza con explosivos) que pide ser contrarrestado mediante vigilancia absoluta, armas personales, redes de cooperantes, al mejor estilo fascista y uribista, que siguió poniendo gobernantes totalitarios, ahora para defender la civilización humana, es decir la occidental, del “terrorismo internacional”, o más bien de las culturas no occidentales, en especial el islam, a través de prácticas de terrorismo de Estado hacia adentro de las naciones y con alianzas bélicas multinacionales bajo la modalidad de “guerra preventiva” hacia afuera, hacia donde están las materias primas y los mercados potenciales.

Mientras tanto, las tecnologías de la información y las comunicaciones iban masificándose con computadores personales y teléfonos celulares, interconectados en redes locales y globales, en las que el espectáculo iba entrando como protagonista principal y por supuesto con el miedo como actor de reparto.

La red más conocida es Internet, con más de dos mil millones de usuarios, allí convergen la mayoría de elementos pero a diferencia de lo que opina Castells en Inernet y la Sociedad Red, Internet NO es la sociedad por varios motivos:
El anonimato, o el encubrimiento de la verdadera identidad de los usuarios en la red, permite sacar a flote perversiones reprimidas, exagerar y caricaturizar características individuales o sociales y generar indicadores falsos sobre las opiniones mayoritarias en una sociedad. Esto último no solo por decisiones tomadas de forma aislada sino porque, y aquí lo más importante, Internet se mueve como un enorme negocio más. A pesar de las falsas ilusiones democráticas, las páginas más visitadas (entretenimiento, noticias, deportes, redes sociales, ...) pertenecen a grupos económicos poderosos con la artillería pesada del capitalismo de consumo, la publicidad, que dice qué consumir, a dónde ir de vacaciones, quién debe ser idolatrado y quién odiado, qué opinar, tal como ocurre en la televisión y la radio. Y al final la gente tiene la opción de opinar por el mismo medio, pero la mayoría de ella bajo el manto de la ideología de la cultura dominante que se impone por convencimiento de manera pedagógica (Jardón, 2014, p. 100).

Se puede demostrar lo anterior comparando por ejemplo los sondeos que sobre un candidato para un cargo de elección popular se dan en la red a los verdaderos resultados que se emiten en la urna, obviando, claro los fraudes susceptibles de darse. De ahí que ninguna empresa seria de encuestas dé validez a las preguntas y opiniones en la web por lo que las tienen que hacer de forma personal.

En el capitalismo de ficción hay cada vez más un culto de la telecomunicación basándose en el supuesto de que para llegar al progreso y a la modernidad se requiere estar informados todo el tiempo y a cualquier costo, usando artefactos como el teléfono celular, la mayoría de veces para cosas inútiles tratando de suplir lo que la humanidad ha hecho de forma personal y directa (Vega, 2011, p. 225). Opinión contraria tiene Castells (2001) al afirmar que “observamos también que los territorios no conectados a Internet pierden competitividad económica internacional y, por consiguiente, son bolsas crecientes de pobreza incapaces de sumarse al nuevo modelo de desarrollo”. Hay en ese punto de vista una absolutización del modelo histórico occidental como el único referente a ser copiado para llegar a la idea de progreso que es consenso en casi todo el mundo, que de no ser calcado en una sociedad, ésta estaría condenada al atraso y la miseria.

Esa idea de red de Castells sigue en cierta forma las ideas de red de los discípulos de Saint Simon como la de Michel Chavelier quien extrapolaba la reducción de las distancias entre dos puntos a la idea de acabar las distancias entre una clase y otra mediante un determinismo técnico (Mattelart, 2002, p.37), el mismo que se invoca ahora con Internet. Estas ideas fueron rebatidas desde el mismo siglo XIX, entre otros por Proudhon quien argumentaba que “lo que hace circular las ideas … no son los coches, sino los escritores; es la discusión política la prensa libre... Se ha triplicado la extensión de los ferrocarriles en Francia, pero no observamos que desde entonces haya circulado la menor idea” (Mattelart, 1998, p. 25).

Aquí habría que poner la red en su verdadera dimensión que no es ni lo uno ni lo otro. No porque Internet haya llegado a casi todos los rincones del mundo, la idea de progreso occidental ha venido como añadidura, resolviendo los problemas económicos o de democracia de grandes regiones del mundo ya que Internet y las TIC son herramientas más que facilitan la circulación de información pero de ninguna manera son la información en sí misma ni hay una relación directa entre flujo de información y creación de conocimiento porque la mayoría de información que circula y se comparte es banal y desechable.

Siguiendo con el tema de la red global, Internet, a pesar de ser una red de acceso universal, paradógicamente va creando redes cada vez más cerradas en forma de secta, “hay una tendencia hacia la disminución de la sociabilidad basada en el barrio. Hay un declive de la vida social dentro del trabajo, en general, en el mundo” (Castells, 2001). A pesar de la circulación de todo tipo de ideas por la web, las formas tradicionales de interactuar con el otro, donde se acepta y se van conociendo otras formas de ver e interpretar el mundo, cada vez más se construyen relaciones basadas en los mismos gustos, en formas similares de pensar, en cerrarse a la pluralidad, acentuando la discriminación por lo distinto, privatizando la sociabilidad.

Mientras más interconexión tecnológica hay, mientras más aparatos de última generación se tienen, más aislamiento hay del mundo por parte de algunos individuos, porque precisamente ese capitalismo de ficción, neoliberal, impone cada vez más patrones ideológicos y culturales que fomentan el individualismo, la soberanía de consumidor y la competencia por tener más en contra de la naturaleza social del ser humano, haciendo de la necesidad una virtud (Vega, 2011, p. 227).

En cuanto a la privacidad en Internet, el panorama cada vez es más difícil aunque hay resistencias. Las aspiraciones totalitarias de controlar los pensamientos y todos los movimientos de los ciudadanos se va haciendo cada vez más viable aunque todo indica que nunca será total. El dueño de Facebook ahora también lo es de Whatsapp, es decir, una sola empresa tiene acceso a todo lo que una buena parte de la población dice, sus relaciones sociales en la red, sus conversaciones, sus gustos, sus movimientos, sus fotos, en muchos casos hasta sus auténticos pensamientos y secretos mejor guardados. Todo esto no de manera violenta sino voluntaria, ya que parte de la población hace fácil el control por parte de las compañías básicamente con fines de consumo, “invitando” a comprar productos a la medida. Pero además los organismos de inteligencia de los Estados, a pesar de que Castells (2001) diga lo contrario, pueden tener acceso a esa información y de hecho lo tienen como han denunciado, entre otros, Eduard Snowden y Julian Assange, el primero exagente de la CIA y el segundo ciberactivista asutraliano, ambos requeridos por las autoridades de Estados Unidos para ser condenados a pena de muerte y cadena perpetua respectivamente por dejar estos hechos al descubierto.

A pesar del control en Internet, varias redes han desarrollado mecanismos de resistencia y evasión como el mismo Wikileaks de Assange y todo un complejo movimiento mundial de Software Libre, cuya figura más destacada es Richard Stallman, que de manera colectiva y colaborativa no solo hacen ciberactivismo sino que desarrollan aplicaciones y sistemas operativos para oponerse al control de la privacidad en la web a pesar de tener que enfrentarse con el gran poder que tienen y ejercen las grandes compañías de software privativo como Microsoft y Apple que no solo cuentan con el respaldo de la mayoría de gobiernos de occidente sino que su aparato publicitario logra hacer creer a las grandes mayorías que más allá de Macintosh, Windows, Facebook, Whatsapp, Instagram, etc. no hay mundo virtual ni tecnologías de la información posibles, siendo que todos estos sistemas tienen alternativas gratuitas, seguras y eficientes en el software libre.

Es lógico que a los gobiernos no les interese controlar todo lo que por Internet ocurre, lo que les importa a algunos de ellos es poder tener la capacidad de hacerlo en cualquier momento para poder filtrar lo que realmente quieren, tener acceso a la “disidencia”, de cualquier tipo, para poder neutralizarla. “Una palabra sospechosa, políticamente incorrecta en los tiempos de la “guerra mundial contra el terrorismo”, inmediatamente es monitoreada y su origen es sondeado y puede significar la persecución del que produjo el mensaje” (Vega, 2011, p. 226). Esto ocurre también con las llamadas telefónicas.

Saliendo de las redes virtuales, en las redes físicas también se va aumentando la segregación, mediante la construcción de zonas cada vez más en forma de gueto, con cámaras de vigilancia en todas partes, interconectadas, con sistemas de seguridad que aíslan el mundo individual del social, aumentando las desigualdades que los utópicos de la tecnología creían disminuir, renovando la infortunada afirmación de Rousseau de que el hombre nace bueno y la sociedad la corrompe, cuya versión posmoderna es: mi gueto es bueno y el resto de la sociedad es mala, por eso debo protegerme de ella.

Cada vez más la sociedad va en camino hacia una mezcla de distopías literarias. Un Gran Hermano orwellano (Orwell, 1952) que todo lo vigila mediante cámaras de “seguridad” y el Internet, con su Ministerio de la Verdad que propaga mentiras muchas veces “científicamente comprobadas”, fabricadas para mostrar a la sociedad de consumo como el ideal de progreso que hay que seguir, el Ministerio de la Paz (o de Defensa como se llama en Colombia) que crea guerras en nombre de la libertad de mercado y el Ministerio del Amor que se encarga de castigar en las prisiones, o en los campos de concentración como Guantánamo, a los presos políticos que no comulgan con el sistema o que siendo inocentes de ello sirven para atemorizar a potenciales disidentes. Mientras que se vive en un “mundo feliz” al estilo de Huxley (1976) con una sociedad drogada con sobredosis de información, espectáculos y productos que si no se poseen, conlleva a un síndrome de abstinencia que se palía en el centro comercial más cercano.

Bibliografía

Castells, M. (2001). Internet y la sociedad red. La Factoría, 14, 15.

Huxley, A. (1976). Un mundo feliz. Plaza & Janes Editores.

Jardón, I. (2014). Antonio Gramsci. Una lectura filosófica. Barcelona, España. Editorial Yulca.

Jáuregui, S. & Vega, R. (2000). La educación y los medios: Desinformación en un mundo informatizado. Revista Tecnura, 4(7), 49-56.

Mattelart A. (1998). La mundialización de la comunicación. Editorial Paidos. Barcelona.

Mattelart A. (2002). Historia de la Sociedad de la Información. Norma, Buenos Aires.

Musso, Pierre (2012). Génesis y crítica de la noción de red. Ciencias Sociales y Educación, Universidad de Medellín, 2(3), pp. 201-224.

Orwell, G. (1952) 1984. Ediciones Destino.

Verdú,Vicente (2003). El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción. Barcelona, Anagrama.

Vega Cantor, R. (2011). Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar, vol. 2. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional.

Vega, R. (2015). La Universidad de la Ignorancia. Capitalismo académico y mercantilización de la educación superior. Ocean Sur.