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El zamuro y los pajarillos
René Ayala / Miércoles 26 de agosto de 2015
 

Toda una ofensiva mediática se ha desatado como respuesta al cierre indefinido de la línea fronteriza colombo venezolana en la región limítrofe de Norte de Santander y el estado Táchira. Las corporaciones mediáticas articuladas, sin duda alguna, a la acometida del contubernio reaccionario de los clubes de la derecha internacional contra los proyectos de las democracias alternativas en América Latina, en agitado paroxismo, apuntalan su soberbia y accionan sus métodos tenebrosos de manipulación utilizando su tribuna enajenante que construye opinión sin espíritu crítico y reflexivo vapuleando la verdad con sus tóxicos discursos.

Y uno de los agentes más connotados de ese club tiene nombre propio, así pretenda con su investidura obviarlo abrogándose en su avieso comportamiento el mote de innombrable para esquivar sus horrendas responsabilidades, así que concediéndole de mi parte cortesía lo llamaré en jerga patriota, como los comentaristas deportivos llaman a los venezolanos, zamuro, ave que busca los despojos, la carroña y la podredumbre para alimentarse.

Hace algunos días, el zamuro aleteando sobre los aun tibios cadáveres de los policías accidentados en el Urabá, no como avezado tanatólogo sino más bien como exaltado carroñero, profería sindicaciones contra el gobierno por mendaz sobre los insucesos y contra la insurgencia como ejecutante de una supuesta acción militar que aseguró derribó el helicóptero. Con la perversa intención de arruinar el proceso de paz y emerger como salvador, utilizando la calumnia como norma y la mentira como principio para posicionarse políticamente, se beneficiaba de la tragedia y ante todo de los muertos como sustrato para en su contaminado interés de ganar con el argumento de lo absurdo una opinión escéptica producto de lo que vociferan a coro los medios plegados a los señores de la guerra y habituada en más de cincuenta años de violencia a encontrar en la conflagración el camino a la gracia.

El zamuro lo sabe bien, en el culto a la muerte ha logrado sus éxitos políticos, en su ruin proceder se ha transfigurado en el representante de un poder pestilente hecho a punta de crimen y de perversidad. Su respuesta a la demanda de paz de un pueblo hastiado de la guerra, es más muerte, cincuenta años más de desangre para alimentar el tanatos que el exabrupto de la penuria de la guerra ha instalado en los espíritus débiles y obnubilados de sus adeptos.

Y sigue revoloteando sobre nuestro afligido territorio en búsqueda de despojos, del luto, del pesar, para asechar en su esparcimiento de inhumanidad, y encontró un nuevo escenario. Avivado por ese club nauseabundo que gravita contra los países que rompieron con la férula imperial, aterrizó en la línea limítrofe, aprovechando de forma ruin la crisis que indudablemente ha generado la decisión, soberana y enmarcada en el derecho internacional, del gobierno venezolano de cerrar la frontera. Vociferando como vendedor de cachivaches inservibles, en medio de una multitud exaltada y variopinta, utiliza una herramienta histórica de los promotores de las guerras, el chauvinismo, es decir el patrioterismo ramplón combustible del conflicto y la irracionalidad. Y las corporaciones mediáticas vuelven y juegan convirtiéndose en tribunas de su embustera diatriba agitando el sambenito del “castro chavismo” como responsable del drama de los deportados y los analistas conspicuos que se ponen el ropaje de demócratas y hasta los dirigentes de facciones de seudo izquierda se convierten en cajas de resonancia al señalar al Estado venezolano como responsable de tal infamia. Sin ir a la raíz, sin abrir un debate de lo que realmente ocurre en la frontera, sin establecer de quien o quienes es la responsabilidad de que miles de colombianos se arrinconen en suburbios a las afueras de las ciudades tachirenses, especialmente en el asentamiento denominado “la invasión” en San Antonio, sin hacer comentario alguno del drama humanitario que representó el desplazamiento de millares de compatriotas que se vieron avocados a traspasar las fronteras de Venezuela, Ecuador y Panamá, producto de la ferocidad del accionar de las hordas paramilitares, le hacen juego al zamuro y sus secuaces, construyendo una matriz de opinión que llega al disparate de considerar la decisión del gobierno de Maduro como un atentado a nuestra soberanía.

El zamuro de los tres huevitos obvia en su bizarro mitin verdades que parecieran de Perogrullo, ha promovido la tesis de que el “castro chavismo” es miseria, el reino de la precariedad, de la indigencia y entonces por qué miles acuden de manera ilegal a ese país inviable. País desabastecido, sin productividad, atrasado, cuando entretanto las góndolas de supermercados y san andresitos de Cúcuta y Bucaramanga están abarrotadas de productos made in Venezuela, y en las carreteras del norte de Santander y del Cesar, y gasolineras rudimentarias en Bucaramanga venden la gasolina bolivariana. País anticolombiano donde cinco millones seiscientos mil compatriotas tienen la condición de doble nacionalidad gozando de los derechos adquiridos en el proceso de revolución bolivariana situación regularizada durante los gobiernos del llamado “castro chavismo”.

Fue Venezuela quien acogió miles de campesinos victimizados en la cruzada de la masacre paramilitar en el Catatumbo, al otro lado del río Zulia garantizaron su derecho a la vida mientras que aquí todos callaban. Es en Venezuela donde cientos de compatriotas excluidos acuden a sus servicios de salud, a sus misiones de vivienda, a sus mercados populares, sus escuelas, a su oferta de matrículas universitarias. Allí acogieron a perseguidos por el régimen político colombiano otorgando asilo y solidaridad; se han dado la pela por posibilitar que alcancemos un acuerdo de paz que pare la pérfida guerra que nos asola; esto se puede constatar, no puede seguir prevaleciendo la ruin mentira del supuesto anticolombianismo.

La deportación es una figura contenida en el derecho internacional, el gobierno colombiano tiene la obligación de no amamantar al zamuro y encontrar una salida a este indudable drama por medio del diálogo y la diplomacia. Pero aunque suene profano, Venezuela tiene todo el derecho a evitar que sea agredida. En la “invasión” se encontraron estructuras de criminalidad articuladas al paramilitarismo: prostíbulos que explotaban sexualmente niñas, casas con sótanos adecuados para mantener personas secuestradas, armas y uniformes, bodegas con alimentos dispuestos a ser contrabandeados. La intervención del estado venezolano busca además que su frontera no se convierta en una base para la posterior agresión a una Colombia que supere el conflicto y no es un argumento propio de la teoría de conspiraciones. Honduras jugó ese lamentable papel contra Cuba, Nicaragua sandinista y contra los procesos de El Salvador y Guatemala. Esa terrible historia no puede repetirse; ellos no están agrediendo nuestra soberanía. El zamuro sí lo hizo permitiendo siete bases yanquis, aprobando las agresiones de los imperios en Oriente Medio y aquí promoviendo el terror, o miremos nuestras vergüenzas: falsos positivos, Escombrera y tantos horrores más.

La mendacidad propia del zamuro y la subjetividad de quienes buscan en el río revuelto del chovinismo ganar retribuciones electorales, contribuyen en azuzar la horripilante intencionalidad del club malevo de la reacción: conspirar para derrocar el gobierno venezolano y de paso echar al traste el proceso de paz. El zamuro porque es su vocación, los otros porque su narcisismo no les permite tener la estatura moral para entender que la solidaridad no se mide en réditos políticos y así victimizan la verdad porque aunque tozuda no vende en el escenario delirante de la guerra, pero a pesar de ellos esa, la incorruptible verdad camina.