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Peñalosa o el infantilismo bogotano
Las intentonas de Peñalosa, y el lamentable apoyo que todavía recibe en muchos sectores de opinión, reflejan el pensamiento de cirujano plástico que muchas veces tenemos los bogotanos a la hora de enfrentar la realidad de nuestra Ciudad.
Andrés Felipe Parra Ayala / Miércoles 21 de octubre de 2015
 

Por sexta vez en su vida, Enrique Peñalosa aspira a un cargo público de elección popular. Tras fracasar en las elecciones por la alcaldía de Bogotá en 2007 y 2011, Peñalosa vuelve al ruedo para asegurarse una derrota rotunda. El exalcalde parece ser el único quemado que está dispuesto a volverse a quemar ad infinitum.

¿Qué es, entonces, lo que explica esta extraña conducta del exalcalde, que podría sacarle los sesos a cualquier psicólogo o terapeuta? ¿Terquedad? ¿Masoquismo? Al respecto, sus defensores podrían vociferar que la Ciudad siempre lo ha necesitado desesperadamente, pues ha sido un buen administrador. Quizá el mejor alcalde de la Capital, junto con Fernando Mazuera y Virgilio Barco.

Pero la fama de buen administrador que tiene Peñalosa es apenas eso: fama. De hecho, es una afirmación que sólo comparte el mismo estatus intelectual de un chisme. Antes que todo y antes que nada, Peñalosa no se comporta como un buen administrador, ni como un visionario de la Ciudad. El exalcalde se comporta, más bien, como un provinciano. Él es como ese primo fastidioso que se va de paseo a Europa y vuelve embobado a mostrarle las fotos de los monumentos turísticos de las ciudades europeas a toda la familia: los proyectos, ideas y visiones que Peñalosa toma de las ciudades extranjeras no responden a un diálogo concienzudo y juicioso entre las necesidades y particularidades de Bogotá y los proyectos de otras ciudades, sino a la típica imagen que se hace un turista criollo del extranjero. Peñalosa tiene el programa de un turista. No el programa de un alcalde.

Esta tormentosa confusión entre hacer política y exhibir el repertorio turístico de los propios paseos, tuvo un episodio privilegiado y sensacionalmente patético en el año 2014. Durante la campaña presidencial, la Universidad Santo Tomás convocó un debate entre los candidatos participantes en la primera vuelta. Únicamente asistieron Clara López y Enrique Peñalosa. Y en una de sus intervenciones, el exalcalde, cuyo eje de campaña era construir más cárceles y recuperar las ciudades, afirmó que uno de sus proyectos fundamentales era el de recuperar la navegabilidad de los “ríos” (los caños) de Bogotá. Así, nuestra Capital tendría el encanto de París y su famosísimo río Sena. Peñalosa pedía amablemente al auditorio que imaginaran las bondades y el progreso que podría significar para nuestro país, el que uno pudiera tener un apartamento con vista al río Sena, complementado con un yate. O con vista al Tunjuelo o al caño Arzobispo.

Puede ser cierto que la recuperación y limpieza de los caños sea un proyecto ambiental importante para las ciudades. Pero el que la razón sea poderse comprar un yate y tener buena vista desde los apartamentos es simplemente un despropósito. Desde cualquier perspectiva, eso sería un detrimento al patrimonio de los ciudadanos.

Y es, paradójicamente, este tipo de detrimentos lo que ha llevado a Peñalosa a tener fama de buen administrador. Aquí los bolardos no son, ciertamente, el único incidente más diciente. En su política de recuperación del espacio público, que implicaba dar espacio a los peatones y a los ciclistas (dos políticas por las que hoy critican al alcalde actual, Gustavo Petro), el 27 de septiembre de 1999 la administración Peñalosa firmó la concesión de cuatro parqueaderos en la carrera 15 y otros en el antiguo parque El Salitre y en el parque Simón Bolívar. El IDU hizo un contrato con la unión temporal City Parking, en donde el distrito se comprometía a garantizar 5.900 millones anuales (en 1999) a los “inversionistas” privados.

Es imposible entender cómo un buen administrador, que prohíbe a los carros parquearse en los andenes y por ello hace de cualquier parqueadero un negocio redondo, acepta un contrato en donde los ciudadanos deben pagar las ganancias de los operadores privados. De hecho, en mayo de 2004, tanto el diario El Tiempo, como la revista Semana, registraron que la ciudad ya había desembolsado unos 14.000 millones de pesos, de más o menos 27.000 que estipulaba el contrato hecho por la administración de Peñalosa. Lo mismo que sucedió con los parqueaderos, lo estamos pagando los bogotanos con la ridícula relación costo-beneficio en el Transmilenio: no sólo pagamos el pasaje, sino también pagamos el servicio en impuestos, pues la administración Peñalosa diseñó un contrato en el que los privados ponen el 15% y usufructúan el 85% de los beneficios, mientras que el Distrito asume la relación inversa.

Así, Peñalosa, sin duda, es un buen administrador. Pero desde el punto de vista de los operadores privados. Al fin y al cabo, en Colombia buen administrador es el que aumenta las ganancias. Claro está: no las ganancias de los ciudadanos. Quizá Peñalosa no sea un político corrupto que hizo ese tipo de contratos a propósito, con la finalidad explícita de robar a la Ciudad. Más bien, es su idea de la gestión de una ciudad, que confunde administración pública con administración privada y termina por ello beneficiando esa última en detrimento de los ciudadanos, lo que está en el fondo de sus actuaciones.

Es verdad, no obstante, que Peñalosa le “cambió la cara” a la Ciudad. Cualquiera podría reconocer obras como los 300 km de ciclorutas, las bibliotecas y algunos colegios. Incluso, a pesar de todo, la avenida Caracas es una cosa distinta después de que existe el Transmilenio y el Parque Tercer Milenio. Esas obras públicas son logros de Peñalosa, pero deben juzgarse y apreciarse en su justa medida.

Aquí, precisamente, el lenguaje de los defensores del exalcalde delata las propias flaquezas y deficiencias de su proyecto. “Cambiar la cara” de la Ciudad no es un proyecto urbanístico visionario. En verdad, si uno utilizara ese criterio para orientarse en la conducción de la Ciudad y en la formulación de políticas, tendría que aceptar medidas patéticas o absolutamente aberrantes. Los yates en el río Tunjuelo le cambiarían la cara a la Ciudad. De eso no hay duda. También lo haría pintar de colores a los vendedores ambulantes para generar la sensación de un carnaval permanente en el comercio. Pero también lo hace el apartheid urbano entre el norte y el sur o la mismísima limpieza social.

Si bien Peñalosa no apoyaría la limpieza social (no conozco ninguna afirmación en donde el exalcalde lo haga explícitamente), tener como criterio político de administración y conducción de Bogotá el querer cambiarle la cara a la Ciudad sí justificaría ese tipo de medidas aberrantes.

Las intentonas de Peñalosa, y el lamentable apoyo que todavía recibe en muchos sectores de opinión, reflejan el pensamiento de cirujano plástico que muchas veces tenemos los bogotanos a la hora de enfrentar la realidad de nuestra Ciudad. Ni Peñalosa, ni muchos bogotanos, hemos superado ese horrible hábito infantil de esconder el desorden debajo de la cama o debajo de la alfombra.

Y aunque ya sabemos que hacer eso no es ordenar el cuarto, todavía no sabemos que hacer eso no es administrar públicamente una ciudad de forma buena.