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Etnografía política desde el centro de Caracas
César Jerez / Martes 20 de enero de 2009
 

En el centro Caracas un Bolívar negro a caballo mira impaciente hacia el capitolio. El espacio del Libertador, su plaza, es fuertemente disputada por curanderos, palomas, compradores de dólares, reducidores, discurseros, predicadores y seguidores de Chávez.

El Bolívar de Caracas, como casi todos, es más grande que su caballo Palomo. La placa en el pedestal dice que Simón nació por acá el 24 de julio de 1.783 y que murió en Santa Marta el 17 de diciembre de 1.830.

Un predicador negro vestido totalmente de naranja pone en duda la existencia de los reyes magos y la teoría de Darwin, ¿Cómo así que venimos del mono, gente linda? Se pregunta ante un auditorio colorido que aprovecha las bancas de la plaza, dormita y se protege del sol del medio día mientras soporta impávido la perorata del oscurantista pastor.

Todos los días en esta ciudad se anuncia algo nuevo: un satélite de comunicaciones, la expulsión del embajador israelí o la aprobación del referéndum que decidirá si una enmienda constitucional le dará la posibilidad a Chávez y a todos los poderes públicos locales de reelegirse indefinidamente.

La oposición del proceso bolivariano se siente aliviada y fuerte después del éxito electoral en los cinco estados más densamente poblados y con mayor peso en la economía del país, incluyendo la capital Caracas. Sus encuestas dicen que la mayoría votará un “no” a la reelección de un incombustible Chávez que sin embargo ya acumula dos reveses electorales de un total de catorce contiendas disputadas en las urnas.

El caballo de batalla de la oposición es la corrupción que no amaina en el entorno, las instituciones civiles y militares, así como en los procesos regionales y locales que respaldan a Chávez. Otro flanco débil del proceso lo representa la inseguridad en las ciudades que se refleja en los periódicos con el auge del secuestro y las decenas de muertos de todos los días. Además, los precios de los alimentos suben, aunque la carestía parece no afectar, por ahora, el sorprendente poder adquisitivo de los venezolanos, beneficiarios de una enorme red de asistencia social.

En Venezuela, la salud y la educación son gratuitas. Este es un país que depende de la importación de alimentos. No hay analfabetismo. Los polos de desarrollo endógeno no funcionan a cabalidad todavía. El 70% del PBI venezolano es producido por la industria privada, el 28% lo producen las empresas socialistas del estado, incluida PDVSA, y sólo el 1.3% es producido por cooperativas y economías solidarias, pese al gigante esfuerzo estatal para hacer despegar este sector. En este país cualquier trámite burocrático o problema se puede aligerar u obviar con dinero. Existe una evidente red mafiosa de sobornos y mafias vinculadas a instituciones y economías ilegales.

En la frontera con Colombia decenas de miles de compatriotas expulsados de nuestro país por la violencia oficial inician una nueva vida amparados por las políticas públicas de la revolución bolivariana, separados del conflicto por un río o una serranía que sirven de límite geográfico a la muerte. Del otro lado continúan llegando los ecos de las bombas y los campos minados, los ruidos incansables de la guerra.

Venezuela es actualmente el referente latinoamericano y mundial para el cambio social, la suerte de este proceso de transformaciones sociales influenciará fuertemente en el escenario regional.

Durante una maratónica alocución ante la Asamblea Nacional, que duró casi siete horas, para responder por su gestión de gobierno, Chávez anuncia que se irá si no vence en la enmienda y promete quedarse hasta el 2019 si gana.

En la plaza de Bolívar la polarización política y de clase se siente, cerca ya de las dos de la tarde. En la “esquina caliente”, hombres y mujeres ornamentadas con boinas rojas juran vencer a los “pitiyanquis” en el referendum. El predicador naranja inunda la plaza con su voz multiplicada en un altoparlante: “el que me siga no quedará en tinieblas”, sermonea.

A mi lado dos exaltados chavistas hablan a gritos como si estuvieran peleando. “¿Qué han hecho por nosotros los oligarcas venezolanos durante cuarenta años, antes de la llegada de Chávez?”, pregunta un fornido hombre mulato, con pocos dientes, a su interlocutora. La mujer levanta la cabeza, realiza una mirada panorámica sobre la plaza, como si estuviera haciendole tiempo a la respuesta, para terminar en los ojos del hombre y reponder: “fabricar pobres, eso es lo que hicieron”, le dice.