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Editorial del Semanario Voz
El lenguaje posmoderno de Santos
Santos es pusilánime. Le tiene miedo a la extrema derecha y a los críticos del Acuerdo de La Habana, aun en su Gobierno. Es una posición débil que deviene de su renuencia a defender con vigor y en forma permanente lo que él ha llamado su política de paz.
Semanario Voz / Viernes 4 de marzo de 2016
 

Al final se resolvió la crisis por la que atravesó la Mesa de La Habana, debido a la pataleta gubernamental por la jornada pedagógica en Conejo, La Guajira, adelantada por las FARC-EP, con presencia de los comandantes Iván Márquez, Joaquín Gómez, Ricardo Téllez y Jesús Santrich, integrantes de su delegación de paz. El Gobierno Nacional aceptó que estas jornadas pedagógicas son indispensables y no se pueden desautorizar, así como la fecha del 23 de marzo no es una camisa de fuerza, aunque ambas partes deben trabajar para que se llegue al acuerdo final lo más pronto posible y ojalá en la fecha pactada. Poco probable por la magnitud y la complejidad de los temas que faltan. Lo reconocieron De la Calle Lombana y el representante de la ONU en Colombia, Fabrizio Hochschild.

Estos incidentes provocados por el Gobierno Nacional y que contradicen el Acuerdo de La Habana y la decisión de que los acontecimientos del conflicto no pueden afectar el proceso de diálogos, generan desconfianza y debilitan la estabilidad de la mesa. Sucedió en situaciones precedentes como la retención del general Alzate en Chocó y los combates en Cauca, cuando soldados del Ejército penetraron amenazantes en regiones donde están instalados campamentos de guerrilleros en cese unilateral de fuegos.

Sin embargo, dicen los entendidos y analistas, que el reciente fue el impasse más serio y que de manera fehaciente puso en peligro la continuación de los diálogos, por el discurso arrogante y amenazante del presidente Santos, acompañado del ultimátum si no se cumple la fecha del 23 de marzo.

¿A qué obedece esta actitud del mandatario colombiano por fuera de los cánones que rigen el espíritu cordial y de consenso cuando dos partes se sientan a dirimir un conflicto por las buenas? Santos llegó de Washington cargado de tigre. El nefasto Plan PaxColombia, heredero del Plan Colombia que tanto daño le causó al país por imposición de la Casa Blanca, destina cuantiosos recursos para la guerra y el fortalecimiento bélico, con la equívoca pretensión de ejercer presión a las FARC-EP y como advertencia si no se someten a las imposiciones gubernamentales. Tremendo error. Parte de la creencia de la clase dominante y del Pentágono que las FARC-EP se sentaron a dialogar porque están derrotadas. No lo están, como lo han demostrado en la mesa y como tampoco lo está el ELN con quien el Gobierno dilata el proceso de paz. Es una idea falaz y criminal, aupada por los gringos y el alto mando militar, solo servirá para prolongar la confrontación armada, el dolor y la tragedia de los colombianos.

En realidad, Santos es pusilánime. Le tiene miedo a la extrema derecha y a los críticos del Acuerdo de La Habana, aun en su Gobierno. Es una posición débil que deviene de su renuencia a defender con vigor y en forma permanente lo que él ha llamado su política de paz. En los temas de debate están las reformas sociales y políticas, pendientes en los puntos de la agenda, la clase dominante –o al menos buena parte de ella- no las quieren. Es el sempiterno temor a los cambios. La oligarquía prefiere mantener el statu quo. La eventual democracia de los acuerdos pone en peligro su poder político y económico, prefieren la dictadura del capital que ha servido de martillo para exterminar y acorralar a la izquierda y al movimiento social y popular como a toda expresión alternativa.

Santos se apoya en un lenguaje provocador y fuera de tono. Les dice “mamertos” a los guerrilleros. Término peyorativo, anacrónico, acuñado en los años sesenta, para descalificar a la izquierda y a los comunistas. Surgió en la guerra fría para perseguir a los opositores de izquierda en Colombia, en ocasiones disfrazado en la retórica ultraizquierdista de ciertos personajes y grupos. ¿Cuál es el lenguaje posmoderno de Santos? Ninguno. Su discurso se basa en el capital, en la explotación a los trabajadores y el pueblo, en beneficiar a las transnacionales y al poder plutocrático. Eso no cambia, porque la oligarquía colombiana está aferrada a sus viejos privilegios con anacrónico discurso. ¡Que Santos no venga con cuentos!

El proceso de paz continúa. Los diálogos con el ELN tienen que llegar. El Frente Amplio por la Paz debe estar vigilante porque la paz es con democracia y justicia social. La oligarquía pretende imponer la paz de los sepulcros. ¡Así no es!