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Columna de opinión
En Colombia no existen desplazados
¿Terrorista? ¿Quién es el terrorista?
Edgar Eduardo Pulido García / Viernes 18 de marzo de 2016
 

Hace algunos años el ideólogo y actual senador del Puro Centro Democrático, José Obdulio Gaviria, realizó polémicos comentarios en los que sostenía que en Colombia no había desplazamiento sino migraciones internas; y estoy de acuerdo con él en el sentido de que la palabra más indicada para resumir uno de los mayores fenómenos de la violencia no es precisamente el término desplazamiento.

Lo anterior ya que el problema no es que los campesinos tengan que dejar su vivienda con armazón de guadua y paredes a base de boñiga de vaca (bahareque), ni que tengan que dejar sus enseres por más preciados que sean como la radio, el televisor, el catre, la ropa, los libros viejos... El problema consiste en que los campesinos deben dejar la tierra y lo que de ella nace: las matas de plátano, de café, de yuca, de caña, de cacao, de coca. Lo que pierden los campesinos no es sólo su vivienda, sino la posesión de la tierra, así que de lo que hablamos es de desterrados [1], a los campesinos en Colombia históricamente se los ha desarraigado de la tierra.

Realizar esta afirmación conduce necesariamente a un planteamiento económico, de tal forma entendemos que el desterramiento va más allá de la violencia armada, es indudable que una parte de los campesinos son desterrados por cuenta del conflicto, pero otros tantos deben salir de la tierra por culpa de la violencia económica, esa que pone los precios del racimo de plátano al costado de la carretera a 5000 pesos, la misma violencia que los coacciona para endeudarse adquiriendo un tipo particular de café que produce menos granos por brazo y cuya calidad superior no se tiene en cuenta en la báscula; o la del monopolio que compra los terrenos a precio de huevo y luego contrata a sus antiguos dueños como jornaleros de la misma y que en muchos casos envía a la vanguardia un grupo armado (que antes solíamos llamar paramilitar) para que asegure la venta a un precio razonable.

El campo se enfrenta entonces no a una sino a muchas violencias, la que desvía los ríos y las quebradas, ya sea para hacer una hidroeléctrica o llevar agua a la hacienda; la que fumiga los cultivos y los enferma, la de las ciudades que convierten los ríos en cloacas justo antes de pasar por la vereda. También está el desterramiento de tipo cultural, ese que entiende el campo como atraso (El Fausto desarrollista) tener hijos garantizaba manos para producir la tierra, pero ahora los campesinos tan pronto cumplen cierta edad prefieren irse para la ciudad, buscar una coloca, montar un rancho de esterilla en una invasión en las periferias y enfrentarse a largos jornales con tal de ver un poco de dinero y distanciarse del molesto epíteto de montañero.

Por supuesto que de la violencia económica sobresale la violencia estatal, el campo está desatendido, no hay hospitales cerca, las escuelas son limitadas en cuanto a materiales, los caminos están sin pavimentar, los sistemas de transporte público son pobres, no se puede acceder a materiales básicos de salud, educación, aseo...

Es paradójico que en el punto de erradicación de cultivos ilícitos los empresarios pusieran en duda que los campesinos dejen la producción de coca como si existiera alguna conexión cultural o mística con la hoja; salvando a algunos grupos étnicos, el campesino sólo produce coca porque es rentable: si producir plátano fuera rentable, plátano produciría. Así como ocurrió en su tiempo con el café, el cacao o el algodón, el campesino vive de lo que produzca la tierra, por ende si se quiere que el campesino deje de sembrar coca la respuesta es simple: se debe subsidiar la mata de plátano y de paso quitarle el negocio a los intermediarios que mágicamente triplican el precio del racimo en la media hora que hay entre la carretera contigua a la finca y la plaza de mercado.

Como nota final: la palabra terrorismo en su raíz está conectada a la tierra, viene de terreo y significa hacer temblar y por asociación terminó más tarde vinculada al miedo (de allí proviene igualmente terremoto, temblor, tremor...). Si tenemos en cuenta que el 61,2% de la tierra está concentrada en manos del 0,4% de la población y el otro restante: el 94,7% de los propietarios posee sólo el 24,2% [2], un desequilibrio de la posesión de la tierra acrecentado por vía de las armas y de la maquinaria, en Colombia habría que preguntarse ¿quién ha sido el terrorista?

[1Existen otros términos como expropiación que incluye tanto la tierra como los otros elementos que les son arrebatados a los campesinos (lo propio), sin embargo se habla de destierro porque éste es el motor de la violencia, es decir que la tierra es el motivo por el cual los campesinos son expropiados, sucede lo mismo con el término desposeídos.