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La historia a contrapelo
¿Gabinete para la paz?
La “paz” del bloque dominante es la “paz” del capital para incrementar la tasa de acumulación, profundizar las contrarreformas neoliberales, es una paz gratis desde el punto de vista fiscal, rechaza las reformas estructurales y no abandona la pretensión del sometimiento del movimiento guerrillero.
Sergio De Zubiría Samper / Viernes 13 de mayo de 2016
 
Juan Manuel Santos, presidente colombiano, y el secretario de Estado de los EEUU John Kerry, comparecen ante los medios tras una reunión bilateral. Foto: U.S. Department of State via photopin (license)

Los recientes cambios ministeriales han sido mostrados por la propaganda oficial como una especie de tránsito hacia un gabinete que iniciará los pasos para construir la paz. Se intenta relegitimar el actual gobierno con ese “gatopardismo” (Lampedusa) que ha caracterizado las formas de dominación del bloque en el poder en la historia política colombiana: cambiar algo para que nada cambie; cambiar algunos protagonistas individuales, pero nunca las estructuras sociales fundamentales.

Las contradicciones que evidencia esta carta de presentación del llamado “gabinete de paz” son notorias. La primera contradicción es suponer que la “paz” del “santismo” representa a toda la sociedad y es idéntica a la paz del campo popular y de la izquierda. La “paz” de ese bloque dominante es la “paz” del capital para incrementar la tasa de acumulación, profundizar las contrarreformas neoliberales, es una paz gratis desde el punto de vista fiscal, rechaza las verdaderas reformas estructurales y no abandona la pretensión del sometimiento del movimiento guerrillero. Nunca la paz de los movimientos sociales y populares podrá corresponder a la paz del capital.

La segunda contradicción remite a las subjetividades o agentes reales de la construcción de la paz. Para la versión de la publicidad oficial los ministros individualmente son los protagonistas de este proceso y sus acciones son garantía de su realización. Cuando tenemos que reconocer que el afianzamiento de la paz en Colombia tendrá que provenir de las subjetividades colectivas, un nuevo poder popular, las comunidades y los territorios. Una “paz” limitada a las oficinas de los ministerios y los funcionarios del gobierno sólo perpetúa la dominación de clases en el bloque de poder.

La tercera contradicción es la suposición que nuestra realidad es ya un tiempo de paz y que la simple terminación del conflicto interno ya es el inicio de la paz. Todas las investigaciones académicas rigurosas subrayan que la firma de un posible Acuerdo Final no es la “terminación” o “acabamiento”, sino tan sólo es el largo tránsito hacia el fin de conflicto armado; destacan como su implementación, la construcción de paz desde los territorios y las bases de una paz estable, puede llevar varias generaciones. Insistir actualmente que el Acuerdo Final es la llegada de paz es más bien un acto de guerra.

La cuarta contradicción es la pretensión de consolidar la “unidad” frente a la construcción de paz sólo por las alturas, en reuniones de personalidades y cooptando a individuos de ciertos partidos. Una especie de “unidad” de voluntades de naturaleza artificial, individualista y éticamente problemática. La paz con justicia social y para profundizar la democracia en Colombia tiene que construirse con otro tipo de unidad: una verdadera unidad desde abajo, desde las entrañas del pueblo, hombro a hombro con las comunidades, superando las causas estructurales del conflicto interno y desde los territorios ensangrentados.