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Columna de opinión
Qué tragedia la de Colombia: cuando las nubes nos persiguen
El presidente Juan Manuel Santos me inquieta como propugna ríos de miel sobre la paz
Sara Leukos / Martes 9 de agosto de 2016
 

Que yo tenga entendido las Farc-EP en la mesa de La Habana, dados los contenidos del acuerdo que he leído rigurosamente, no han prometido el comunismo. De otro lado pensaría que el ELN tampoco ha prometido el socialismo, en su acercamiento a un posible acuerdo de paz con el actual gobierno de Juan Manuel Santos u otro presidente, como para pensar que la gran revolución llegará o se instalará a través de estos posibles sistemas. No lo he leído por ninguna parte estas promesas. El acuerdo de paz actual de las Farc está escrito a mi modo de ver desde el corazón de los territorios por parte de la insurgencia. Ante esto, sólo porque se firme un acuerdo de paz con estos movimientos insurgentes, no se pretende que el pueblo tendrá una paz inmediata. La paz se debe construir entre todos y los movimientos insurgentes en rebelión tienen la voluntad política para hacerlo. No caigamos en la fractal ilusión del confort.

Ríos de miel en medio de la sangre

Cada movimiento insurgente tiene su agenda política, sus dinámicas de participación, sus especificidades históricas en un posible acuerdo de paz. No revolvamos. Quien revuelve sin seleccionar las partes forma caos tanto en la vida individual como colectiva. Lo más importante es el reto histórico que cada uno de ellos tiene para un pueblo bajo una legitimidad de más de 50 años en rebelión, la cual se ha destacado por el acompañamiento de diversas expresiones sociales y populares, cada uno bajo un trazo ideológico. Ambos están legitimados por su estado de rebelión, la paz no es una cuestión de competencia histórica. El respeto es y debe ser mutuo con el pueblo y entre ellos, por parte de estos movimientos insurgentes.

El enemigo es común: el capitalismo y la telaraña fascista que envuelve en sus redes, conectadas con una oligarquía criolla, una burguesía industrializada bajo unos ejes internacionales de estandarización de la economía que envuelve como nube a gris al pueblo y privilegia a grupos económicos nacionales, a una clase política nacional, fuerzas de extrema derecha, militares, familias oligárquicas y hasta ex–presidentes que hoy en día se lanzan a campañas a costa de la posible paz.

Ante el acuerdo de paz con las Farc, los guerreristas se pronuncian, éstos no quieren dejar el poder basado en la corrupción clientelar. Es evidente el oportunismo que bajo una politiquería gamonal como la del ex-presidente Cesar Gaviria (1990-1994), designado por el actual presidente para la campaña por el “Si” al plebiscito para la paz y hoy también el genocida Álvaro Uribe Vélez quien pretende un poder omnímodo que no le deja conciliar el sueño de la paz y actúa sobre la negación sobre los acuerdos en la mesa de La Habana. Él como buen habilidoso, crea un escenario de votos venideros para una posible campaña presidencial de su partido de extrema derecha. Todo bien calculado y cada uno con su cuento.

No seamos veleidosos, el agua corre bien lejos. Aterricemos. Cada uno de los exponentes politiqueros con sus discursos retóricos, se hacen a la sombra de la paz. El ex-presidente Cesar Gaviria con su afirmación hacia la paz, campaña presidencial venidera; Álvaro Uribe con su negación de la paz para legitimar su campaña bajo un retoricismo vulgar -¡Cómo si la paz dependiera de ellos¡- Más bien son solapadamente estimuladores de la guerra en los territorios, cada uno a su modo y a su amaño. El solapamiento es un mal enquistado que persigue a muchos colombianos y a toda la clase política. No a todos, para no herir susceptibilidades.

El poder de Estado y el abuso para el pueblo continúa. No creo en mesías. No creo en gurúes y mucho menos en salvadores políticos que son sumamente peligrosos, se tornan macartizadores y estigmatizadores, tanto individual como colectivamente. Es una enseñanza que infortunadamente me han dejado las religiones y la observación de una sociedad en su transversalidad humana. No convoquemos a discursos mesiánicos, ni salvadores de almas, esa idea falsa impuesta por el modelo de la santa inquisición, no me cala y es sumamente peligroso. El señalamiento y la macartización moderna se convierten en un modelo fácil, ante esto es necesario asumir los acontecimientos desde dentro. Los inquisidores y los macartizadores tienen manuales de comportamiento, reglas y soportes.

¿Creer que la guerra de Estado se va a acabar de un plumazo, bajo órdenes mesiánicas y estentóreas, en la voz del mismo presidente Juan Manuel Santos? ¡Estará por verse! O que la paz, según el presidente, quedará en manos únicas y exclusivamente en la voluntad por parte de las Farc y los miembros del ELN quienes públicamente, según el Estado, salvarán la historia; es un juego de Estado perverso, el Estado debe responsabilizarse de lo que anuncia y predica políticamente en relación a la paz. Creo en la buena voluntad de los movimientos insurgentes por la paz, pero ante este Estado omnímodo, pensaría que se debe ir con prudencia, compromiso gradual y responsabilidad histórica.

No seamos tan utópicos. La utopía no va por ahí, los plumazos existen pero las promesas piadosas se ejercen en las iglesias. Aquí no se trata de mirar los acuerdos como diálogos de parroquia, ambos movimientos insurgentes tienen su ruta, su agenda, que propenden por acuerdos y modelos serios de paz, que requieren tiempo, que sean graduales, ideológicamente compatibles con su hacer histórico, donde cada insurgencia genera un camino, un paso a paso, de manera integral, en confluencia incluyente, lo que ha costado infortunadamente ríos de sangre.

Caminando y llegando

Los movimientos insurreccionales tendrán coincidencias y disentimientos, cada uno con una ruta distinta y seguramente hay organizaciones de izquierda que no estarán de acuerdo ni con los unos, ni con los otros sobre la agenda de paz respectiva. Lo más válido y lo más importante es la selección del acuerdo de paz, aprehensible, dirigido hacia una sociedad civil en un contrato intrínseco que genera un trazo político, quizás para marcar un derrotero hacia el reconocimiento del ciudadano, ante su propia historia de guerra. No hay que menospreciar, ni degradar el río de miel que aún no comienza.

Lo fundamental es generar diálogos, sin prepotencia, ni egocentrismo que conducen a que el pueblo quede más confundido y afectado. Es muy fácil desde la zona de confort hablar con una varita mágica, dárselas de mesías y hasta de gurú del pueblo. Lo digo por muchos analistas de paz y hasta del propio presidente que ya tiene la respuesta a todo. Dice un proverbio chino “el que pretende saberlo todo, pronto dejará de recibir consejos y se quedará solo”. En medio de ello, un pueblo desde dentro ha perdido todo, hasta la credibilidad en ellos mismos. Una sociedad como la colombiana debe despertar, duerme aún bajo la estampida de lo negado, del tiempo corrompido de la historia. El espíritu de un pueblo está herido y hay que escrutar otros cantos hacia la vida, aún lucharlos. Es el gran reto político.

No es un secreto que se dialoga el acuerdo de paz bajo un modelo económico neoliberal y que históricamente tiene pactado acuerdos territoriales desde hace años atrás, al servicio de las multinacionales como parte del capitalismo. Es necesario, decir que desde la época del periodo presidencial de Virgilio Barco (1986-1990) se hicieron todos los preparativos para iniciar la “gran apertura económica” siendo el ex–presidente Cesar Gaviria, en su pasado reciente, quien le abrió plácidamente las puertas al neoliberalismo para que entraran las multinacionales. En pocas palabras el reparto del territorio, sin dios y sin ley como dice el proverbio popular.

Mire usted señor lector: esta figuración la han venido legitimando los gobiernos bipartidistas precedentes en la entrega de la soberanía hasta la actualidad, bajo acuerdos económicos internacionales, como los convenios del TLC, las concesiones ambientales, la explotación agro–minera por parte de las multinacionales, donde se destacó el mandato de Álvaro Uribe quien impuso un modelo de gobierno bajo un visible terrorismo de Estado con centenares de paramilitares, corrupción, clientelismo, politiquería y aunó a los recursos del Estado una factorización de guerra y una economía regional de corte fascista, llevando a la degradación de toda una población hacia una extrema pobreza y represión. Ningún ex-presidente, ni el actual mandatario, se han escapado a ese tiempo corrompido.

Ante eso le pregunto, señor lector: ¿Usted cree seriamente que de un plumazo bajo un acuerdo de paz cambiará esta historia? ¡Pues no¡ Un acuerdo de Paz es un inicio, es un compromiso de las partes que tienen y que demuestran voluntad política para abrir una puerta que se creía cerrada. La paz es la legitimidad en su profundidad y es precisamente el pueblo el que debe continuar la lucha por hacerla valer y ser sujetos de derechos con su pronunciamiento sobre la legitimación de las víctimas, por la memoria histórica, por la verdad, la justicia y la reparación, por una política pública social, por un mecanismo de participación política, por la tierra, por la educación, la vivienda, la salud y luchar ante la represión de Estado, como la implementación del código de policía nacional, el Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios), es decir contra esas medidas represivas estatales de corte fascista que penalizan las vías de hecho, de acción y de inconformidad para luchar por una democracia.

La paz es una vía política para intentar y viabilizar otros modus vivendi, otras significaciones de la vida, del ser ante el arrasamiento, de lo eliminado, del derecho como sujetos dignos. Esto implica tiempo. Millares de personas conducidas al desplazamiento, a la muerte y lo peor al olvido, a la intolerancia y a la degradación, merecen un lugar digno de vida. Sí la paz no funciona ante los requerimientos de un pueblo, donde el Estado no afloja lo ofertado; la puerta se cerrará para expresar otra nube gris y densa. En esta mirada, no se necesitan miles de libros, ni análisis profundos, ni gurús salvadores, es solo tener un poco de sentido común.

Sin desojar margaritas

Ninguno de los movimientos insurgentes en rebelión se han pasado durmiendo, ni cogiendo flores para desojarlas durante 50 años; para mí los movimientos insurgentes en Colombia han defendido pueblos enteros, otra cosa son otras interpretaciones de orden heurístico que queda sujeta al lector…

¿En medio del derecho a la rebelión por qué la paz? La paz es una oportunidad para viabilizar la vida, sin pretender que se hará desojando margaritas. La guerra por donde se le mire es brutal. La paz es una puesta política en los territorios, el conflicto militar se transforma y se posibilita un horizonte tangible, aprehensible diría bajo un “prisma” que encause un presente ontológico, construir desde dentro, bajo una nueva episteme histórica que posibilite una democracia en este siglo XXI. El reto es grande en Colombia.

El pueblo debe seguir luchando hacia esa contra-ofensiva popular, que en medio de un acuerdo de paz rige el Estado con su terrorismo económico y judicial, viabilizar sobre su derecho al territorio y abrir paso a las nuevas afluencias de identidades en los derechos por una democracia. En Colombia ha existido una gobernabilidad bajo un eclecticismo paramilitar y un manoseo histórico atroz. Una historia en contravía.

Por ello y muchas cosas más el pueblo debe insistir por una vida digna. La guerra es un tiempo operativo y la paz es un tiempo extensivo, dinámico bajo un tendón histórico que aún no conocemos. Sí en estos tiempos propositivos de paz, por parte de los movimientos insurgentes, el Estado propugna e insiste en la guerra política, represiva, económica y no se da paso a otros escenarios, si no que continuará con una violencia de Estado; el pueblo contendrá otras formas, otros contenidos. Nada está dicho, ni escrito. Es sólo una pausa.

Queda en su pensamiento, en su acción señor lector, bajo qué tiempo se incluye…