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No hubo un Nobel de paz más oportuno que el de Santos
Gonzalo Guillén / Martes 11 de octubre de 2016
 

Se dedica al periodismo desde 1975 cuando inició su carrera en El Tiempo, de Bogotá. Fue fundador de la agencia de noticias Colprensa, investigador del noticiero de televisión TV-HOY, editor general del diario La Prensa, de Bogotá, editor general del diario El Universo, de Guayaquil (Ecuador), editor general de El País, de Cali y periodista de The Miami Herald y El Nuevo Herald, de Miami. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Premio Círculo de Periodistas de Bogotá, Premio Internacional de Periodismo Rey de España y Premio de la Asociación de Editores de Periódicos del Estado de la Florida, Estados Unidos.

La ventaja, casi invisible, del NO a la paz con una diferencia de dos milésimas y un fraude probado y confesado por parte de quienes promovieron esa opción en el plebiscito del pasado domingo 2 de octubre, dejó a Colombia en el camino de regreso al infierno de la guerra civil, reclamada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Las fuerzas militares del Gobierno y las de las FARC, cuyos mutuos y genuinos gestos de paz las han unido por estos días en tareas como el retiro de minas antipersonales, han tomado posiciones y alertado a sus tropas para la virtual reanudación de combates y asonadas.

Aunque la paz ya fue negociada exhaustivamente y firmada por las partes ante los ojos del mundo entero, el fraude electoral reconocido por los promotores del NO, con el que triunfaron (repito) por dos milésimas, amenaza con torcer el rumbo de la historia. No obstante, es posible que la ínfima diferencia cambie en favor del SÍ durante el reconteo oficial de votos que debe llevarse a cabo pronto, si bien se sumarán los de sectores de la costa Caribe que no entraron en el arqueo inicial por culpa del huracán Mattew que estaba azotando esa región del país mientras el pueblo acudía a las urnas electorales.

Muchos de quienes votaron por el NO han salido ahora a llorar su equivocación, inducida por el engaño deliberado en la propaganda que agitó Uribe, cuya estrategia fue mentir sobre los acuerdos de paz para despertar la indignación de los incautos. El expresidente se opone a la paz como los proxenetas combaten con la combinación de todas las formas de lucha la sola idea de proscribir la prostitución, de la cual viven, como aquel vive de la lucha fratricida en la que él y sus hijos, dicho sea de paso, nunca han ido a pelear.

El gerente de la campaña del NO, Juan Carlos Vélez Uribe, sombrío guerrerista, tres días después de su microscópico triunfo decidió contar que, por orden y con supervisión personal de Álvaro Uribe, había contratado los servicios de calificados expertos en guerra sucia para mentir sobre los acuerdos de paz con argumentos falsos pero estratégicos que causaran pánico e indignación entre una parte del electorado. Esta confesión ha sido la base de varias denuncias penales por fraude electoral, pueden llevar a la cárcel a los responsables y producir la anulación jurídica del plebiscito, caso en el cual habría que desgastar al país haciendo otro.

Ninguna posible salida hacia la salvación de la paz es de veras esperanzadora y, entre tanto, los ejércitos de ambos lados mantienen sus manos indecisas aferradas a los fusiles.

No obstante, el pasado viernes, sobre la marea en que se debate el país a las puertas de la guerra civil, cayó un salvavidas tan monumental como inesperado: la asignación del Premio Nobel de la Paz 2016 para el presidente Juan Manuel Santos, quien para ese momento ya se había entregado a la idea de que la derrota y la vergüenza sufridas en el plebiscito lo habían apartado para siempre de esa posibilidad y confinado de nuevo en su puesto de comando de la guerra civil.

El Comité del Nobel volteó la torta en una madrugada cundida de incertidumbres y despertó las mejores esperanzas. Se ha dicho que quien estuvo detrás de la decisión tomada en Oslo fue el propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que ha mantenido a un delegado personal al pie de las negociaciones de paz en La Habana con el exclusivo fin de sepultar para siempre los últimos vestigios de la Guerra Fría en el mundo.

Una de las primeras reacciones de regocijo por el Nobel de Santos fue, precisamente, ésta, de Barack Obama, divulgada por la Casa Blanca: "El Comité del Nobel tomó la decisión correcta en acoger sus esfuerzos incansables para conseguir una paz justa y duradera en Colombia".

La mayor parte de los premios Nobel de Paz han sido motivo de controversia, escándalo o indignación. El propio Obama lo obtuvo en 2009 sin mérito real, aunque en el caso de él es solamente un apunte insignificante en su hoja de vida: nada en ella supera su máxima condición de presidente de los Estados Unidos de América.

Como en muchas otras oportunidades, este Nobel de Juan Manuel Santos es una franca acción política, expresada sin reservas para fortalecer a quien está buscando un logro pero no lo ha obtenido todavía. Sus más feroces enemigos sostienen que le dieron el Nobel pero todavía no se lo ha ganado. Empero, es, en últimas, un premio a la paz de Colombia, que no ha nacido formalmente. Este laurel equivale al esfuerzo conjunto que hacen a veces las personas para empujar un automóvil apagado y con la batería descargada para hacerlo prender con todas las fuerzas de sus piernas.

En el caso colombiano, el Nobel es la renovación del único valor nacional en el que todos se han unido bajo el mismo amor propio: el que se le profesa al escritor Gabriel García Márquez, cuya muerte reciente dejó desmantelado el orgullo común.

Ni el cinco por ciento de los colombianos ha leído la obra de García Márquez, el más grande símbolo nacional de todos los tiempos. Y ni uno solo de nosotros ha vivido en paz durante el último medio siglo; no sabemos cómo puede ser el país sin guerra y una porción del pueblo nada despreciable quiere que se mantenga la conflagración fratricida, así como muchos esclavos entraron en pánico cuando les anunciaron en el Siglo XIX que en adelante serían libres. No obstante, este nuevo Nobel puede salvar al país de la vergüenza fraudulenta sufrida en el plebiscito y soldar las fracturas que están por reanudar la guerra e inundar otra vez al país con su propia sangre.

Ganó en las urnas el NO a la paz y aún así es palpable una cierta nueva atmósfera de tolerancia y reconciliación. Tanto es así que, no obstante el odio y los rencores promovidos por Álvaro Uribe con mentiras y fraude para incendiar de nuevo al país, hasta hoy (lunes 10 de octubre de 2016) todavía no ha logrado producir un solo muerto. Algo verdaderamente asombroso en Colombia. Es lo más parecido que existe a la paz.