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Columna de opinión
La hegemonía del odio
Daniel López Pérez / Jueves 13 de octubre de 2016
 

El pasado 2 de octubre se celebró el plebiscito que buscaba refrendar los acuerdos de paz de La Habana. Los acuerdos fueron el producto de cuatro años de negociación entre las Farc-EP y el Gobierno de Colombia para finalizar el conflicto. Los resultados del plebiscito, contra todo pronóstico, arrojaron que el No superó al Sí. Las cifras del plebiscito fueron penosas, no únicamente en su resultado concreto, sino en todo su conjunto: 62,67% de abstención que muestra la poca confianza que existe en los mecanismos de elección democrática; una apretada diferencia entre el Sí y el No de tan solo 53.894 votos que demuestra la polarización en la que se encuentra el país; 257.189 votos nulos bien sea por no haberlos marcado o por haber quedado invalidados; y por supuesto los 6’431,372 ciudadanos que decidieron no aceptar lo acordado en un proceso que con creces tenía esperanzado al mundo entero. Estos resultados fueron sorprendentes para todos, quienes estaban confiados en que con una pregunta tan tendenciosa como fue «¿Apoya el acuerdo final para la terminación del conflicto y construcción de una paz estable y duradera?» se iba a inducir a que los colombianos no pecaran de inmoralidad y contestaran a todas voces Sí. Pues bien, esto no sucedió y, más allá de quedarnos en los resultados, habría que pensar qué quieren esa cantidad de colombianos que decidieron “darle una lección” al mundo y resistirse a aceptar la paz como el Gobierno y las Farc la proponían.

No cabe la menor duda de que dentro de ese gran número de votantes del No existen aquellos que, con racionalidad calculada, hicieron un voto de opinión consiente con el fin de lograr evitar un escenario que les fuese desfavorable. En este grupo se podrían encontrar terratenientes, personas con negocios que incluyan la concentración de grandes porciones de tierra, personas con propiedades producto del despojo ilegal, personas con dineros en el negocio de las drogas ilícitas, personas con vínculos (pasados o vigentes) con las diferentes formas de paramilitarismo, víctimas de la guerrilla o del Estado y sobre todo quienes no se vieron satisfechos con la cantidad de justicia para sus victimarios en el acuerdo, personas aferradas a la institucionalidad que vieron como peligrosas las diferentes concesiones que conferían poderes especiales al presidente, personas defensoras del status quo quienes vieron el potencial transformador (aunque moderado) que tenía el acuerdo en cuestiones tan básicas como la modernización del campo y la expansión de la democracia, entre otras personas que, de manera racional, hicieron sentir su voto como expresión de sus intereses individuales. Sobre estas personas no hay nada que decir, ejercieron su derecho a la democracia tal y como está diseñada y por lo tanto estas líneas no están dirigidas a ellas. En cambio, la tarea es entender a esas personas que no tienen argumentos racionales para votar No y aun así lo hicieron. ¿Qué está detrás de ese No pasional (en oposición a la racionalidad) de esos millones de colombianos? Esta es una de las muchas posibles respuestas.

El conflicto armado es la exacerbación del conflicto social en Colombia. Éste no se ha desarrollado únicamente a través de las armas en el campo de batalla y sus únicos beligerantes no siempre visten camuflados. Esta exacerbación del conflicto ha sido también producto de una disposición moral que se ha reforzado a través de diferentes mecanismos culturales, subjetivando a los colombianos en códigos de odio al adversario. Por supuesto en la política, la adversidad y el antagonismo son algo normal y de ninguna manera hay que eliminar ese tipo de relaciones en el ejercicio del poder. Lo interesante es cómo aquellos dispositivos culturales han servido para canalizar el odio de una manera particular, reforzando la posición del Estado en conflicto social. En otras palabras, los mayores reproductores del conflicto armado no han sido únicamente los generales y comandantes de cada una de las partes, sino también los periodistas, políticos, maestros y todas aquellas personas que han impartido una ética antisubversiva y macartizada. Las consecuencias son resultados como los del plebiscito, donde personas sin motivos racionales terminan botando a la basura la oportunidad más inmediata y material de cese del conflicto armado por el odio a las Farc que tienen impreso en su vida diaria.

El punto no es defender o atacar a las partes, pues en un conflicto armado es apenas justo que las partes se ganen aversiones, producto de las prácticas mismas de la guerra. El punto no es obligar al pueblo a amar a sus verdugos. El punto, tal vez, es ver cómo la democracia entra en problemas al darle voz a ciudadanos que no votan de manera racional sino cegados por el odio que sus mismos medios culturales les han sembrado. A esto lo llamo la hegemonía del odio porque la ética que se ha impartido impone casi por consenso el odio a las Farc. Cualquier otro sentimiento hacia ellas es tachado como apología al terrorismo o incluso membresía a las mismas. La hegemonía del odio es el producto de una visión sesgada del conflicto armado. Hasta hace pocos años, según el Estado, en Colombia no existía un conflicto sino grupos terroristas al margen de la ley. Uno de los avances más importantes del proceso fue precisamente el reconocimiento de un conflicto. Esto implica la existencia de partes beligerantes que tiene posiciones similares frente a un contexto problemático y a unas condiciones sistémicas determinadas. Es decir, acepta que tanto el Estado como la insurgencia tienen una responsabilidad compartida en el desarrollo del conflicto y al sentarlos en una mesa de negociación, los plantea como dos partes que tienen cosas que ganar, perder y ceder. Si bien el Estado es el pilar moral de la sociedad, éste no ha estado exento de actuar de manera ilegal y muchas veces de manera inmoral. Y, por el contrario, si bien las Farc han estado al margen de la ley (del Estado) éstas tampoco han siempre actuado de manera puramente inmoral. Muy a pesar de esto, el lenguaje con el que se entiende el conflicto armado, no ha dado espacio a tener estos aspectos en cuenta. Esto es responsabilidad de los espacios de promoción de valores a través de productos culturales. Uno de los ejemplos más interesantes es la opinión pública.

Edmund Burke llamó a la opinión publica el “cuarto poder”, mostrando la capacidad que ésta tenía en la toma de decisiones. Colombia por supuesto no es ajena a esta idea y los medios de comunicación han sido vehículos de promoción de los intereses del Estado, del Gobierno y de la oligarquía que los posee. Los tres vendrían siendo los mismos, salvo por momentos muy particulares en los que ha habido una distinción, más o menos clara, entre ellos. A través de estos medios se ha promovido la posición del Estado en el conflicto, lo que implica también la deslegitimación de su antagonista. En tiempos de guerra este mensaje es muy positivo porque refuerza la idea de que el Estado es bueno y la guerrilla mala. El problema es cuando se busca salir de la encrucijada de la violencia de manera pacífica, en donde no caben ideas maniqueas, es decir de buenos y malos. A los colombianos se les ha dicho tantas veces que las Farc son malas, que en el momento en el que debían decidir si merecían ser tratados como interlocutor político en vez de adversario militar, la gente apeló al único sentimiento que conoce hacia ellos: el odio irracional. Yo argumento que el triunfo del No es el triunfo del odio irracional porque no hay manera de justificar que tantos millones de colombianos que viven en la pobreza, la desigualdad y el abandono estatal crónico, pudieran haber votado por el No de manera racional. Esto no quiere decir que todos los que votaron Sí hayan hecho un ejercicio necesariamente racional. Sin embargo, el resultado de su voto sí puede ser juzgado como racional ya que el proceso de paz les resulta más beneficioso que la continuación de la guerra. Para ilustrar esto bastaría con mirar aquellas regiones donde las Farc tuvieron más presencia y donde estos realizaron sus acciones militares más contundentes y que ganó el Sí.

Esto lo digo porque su condición de pobreza, la desigualdad, la falta de garantías mínimas como el trabajo, la salud o la educación, la baja productividad del país, la irresponsabilidad del Estado; no son producto de la existencia de la insurgencia. Mejor dicho, la precaria situación de los pobres (en casi todos los casos) no es culpa de las Farc sino del Estado. A pesar de esto, la gente con respecto al conflicto sigue siendo partidario del Estado en detrimento de su adversario político. Esta es la consecuencia del mensaje que se refuerza en los medios de comunicación, que prefieren no dirigirse a los problemas estructurales que sufre el país, sino que encuentran un enemigo común interno al cual prestarle más atención, desviando la crítica de los ciudadanos. Una persona cuya educación política es ver noticias en RCN, no puede tener otra opinión política que la que los dueños de RCN quieren que el televidente tenga. En este tiempo de proceso de paz el rol de RCN fue particularmente evidente, se dedicó a bombardear el proceso con un lenguaje que, en vez de sembrar reconciliación, reprodujo el odio. Esto no es gratis, y habría que ver qué intereses económicos tiene la sociedad empresarial a la que RCN pertenece para darse cuenta de que la promoción del No, en este caso, fue un cálculo racional. Aunque no lo fuese la elección de varios de los que siguieron el mensaje.

Noam Chomsky y Edward Herman hablan sobre cómo se crea consenso a través de los medios de comunicación. Los medios comunican mensajes y símbolos informando a la vez que entreteniendo. Dichos mensajes y códigos subjetivan públicos mediante la transmisión de valores, creencias y comportamientos. En otras palabras, la propaganda no es únicamente de manera frontal y dura, sino también a través de otros mensajes más ligeros que igualmente contribuyen a la reproducción del mensaje. El mantenimiento de la oligarquía en el Estado en lo que lleva el siglo XXI, se ha logrado a través de la existencia de su adversario político. Es por eso que en las campañas presidenciales de Pastrana, Uribe y Santos, más que la solución a los problemas estructurales del país, lo que fue realmente decisivo fue la manera en que el gobierno iba a tratar con las Farc. El Estado ha tenido que garantizar la lealtad de sus ciudadanos para enfrentarse de distintas maneras a la insurgencia y por eso ha hecho uso de todos los medios para que de ninguna manera las Farc pueda tener ningún tipo de legitimidad. Ese es el famoso cerco mediático del que la insurgencia habla. Un dominio sobre todos los medios de comunicación que se encargan de distribuir únicamente los mensajes que permitan mantener los roles estáticos y definidos del Estado en el conflicto armado. Por eso tiene más eco una acción ilegal de las Farc que una acción ilegal del Estado.

La victoria del No es una victoria del odio irracional. Es una victoria del acumulado de años de hegemonía del odio. Es el despliegue de una moralidad dominante en los colombianos en el que el otro es una amenaza. Es la derrota de la democracia que apela a la acción racional. Digo esto porque no hay forma de que todos los ciudadanos pudiesen tomar decisiones racionales si toda la formación de sus opiniones políticas se ha hecho a través de la narrativa de los medios de comunicación dominantes. Es por eso que a ese grupo de ciudadanos del No al que yo me refiero en estas líneas, no le fueron suficientes las concesiones que la guerrilla ha hecho y sólo se sentirán reparados en tanto vean a las Farc derrotadas y acabadas. Esto no puede suceder porque en este conflicto, ni las Farc pudo con el Estado, ni el Estado pudo con las Farc. Para que haya paz hay que tragarse varios sapos de lado y lado y empezar a ser racionales con respecto a todas las posibilidades que este acuerdo, aunque imperfecto, nos puede traer. Además hay que defender los esfuerzos que ambas partes, como enemigos históricos, hicieron para brindarle al pueblo colombiano un alivio de la guerra. Finalmente hay que decir que esta hegemonía del odio no únicamente aplica al caso colombiano. Se podría hacer una lectura similar con casos como los del Brexit o el potencial triunfo de Trump en Estados Unidos. En ambos casos reina la desinformación y la visceralidad sobre la racionalidad con la que se debería hacer el ejercicio de la democracia con consecuencias que pueden resultar nefastas.