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Análisis
Lo que viene
Después del duro golpe recibido el 2 de octubre renace la esperanza, las reservas democráticas de esta sociedad no permitirán que regresemos a los aciagos días de la guerra y por el contrario un viento fresco y unas nuevas claridades asoman en la maltrecha democracia colombiana.
Antonio Madariaga Reales / Sábado 22 de octubre de 2016
 

Las declaraciones del presidente Santos, del jefe negociador De la Calle y de Henry Acosta permiten pensar que en La Habana se ha avanzado significativamente en la comprensión de lo que hay que hacer para tener un nuevo acuerdo y que con el viaje de los negociadores, el comisionado Jaramillo y el mismo Humberto De la Calle, a reunirse con la delegación de las FARC-EP, estamos cerca de la realización de los ajustes, precisiones y explicaciones correspondientes y que por ello podremos tener a muy corto plazo una respuesta afirmativa al clamor que en calles y plazas se escucha de “acuerdo ya, implementación ya”.

Ese clamor, acompañado de multitudinarias marchas, cargado de potentes símbolos ha avanzado desde el pasado 5 de octubre en una expresión nueva y maravillosa de ciudadanía. Sin ningún incidente, sin ninguna necesidad de Esmad, sin que ningún comerciante de la séptima en Bogotá y de los comercios en otras ciudades del país haya tenido que cerrar su negocio, mejor dicho, sin tropel alguno, miles de personas, entre las que se destacan muchachos y muchachas jóvenes estrenando ciudadanía, han hecho sentir la fuerza de sus voces y también de sus silencios para indicar que, a pesar de que el 2 de octubre el resultado del plebiscito le impide al presidente Santos implementar integralmente los acuerdos, la paz es imparable y los acuerdos existen.

Pero contrariamente a lo que algunos podrían pensar que la movilización son solo cuerpos y consignas llenando las calles, cada vez es mayor la identificación por parte de los marchantes de que se están abriendo paso a un nuevo lugar del ejercicio de derechos y que nadie podrá después pedirles que vuelvan a colegios y universidades, al trabajo y al ocio, como si no hubiera pasado nada. En tal sentido la sociedad colombiana tendrá que aceptar que esta ciudadanía vino para quedarse.

Tendrá que aceptarlo la sociedad política que puede ver cada día cómo el vaciamiento de la política y la incapacidad de las actuales estructuras partidarias para representar los intereses de la población, en particular de una nueva clase media más sólida académicamente y más audaz en sus formas expresivas, más globalizada, pero al mismo tiempo menos cargada de rencores, los despoja del poder que hoy tienen, fuertemente atado al clientelismo.

Tendrán que aceptarlo las organizaciones sociales más representativas que se ven obligadas a renovarse a tono con esas nuevas ciudadanías, ante todo urbanas, cargadas de sueños y solidaridades y a quienes los largos discursos les suenan a palabras vacías. La forma como en la marcha pacífica de ayer se relegitimó, se iluminó y defendió la Mesa de Negociación de La Habana, contra las pretensiones de quienes quieren atraparla y empantanarla fue magistral.

Lo tendremos que aceptar las organizaciones de derechos humanos que en lo que hace a los derechos civiles y políticos y a las nuevas formas en que estos colectivos los ejercen y defienden todavía se nos hacen extraños.

Lo tendrán que aceptar las elites a quienes estas movilizaciones y estos actores, les dieron un rotundo no a cualquier pretensión de reeditar pactos de elites por encima de las mayorías nacionales.

La propuesta es que no lo aceptemos con resignación, sino que acudamos a su encuentro, como lo hemos hecho para articular las movilizaciones, sectores y poblaciones, para juntas y juntos abocar la tarea de la construcción de la paz.

Esa tarea pasa, a nuestro modo de ver, por las siguiente fases y desafíos en lógica de ruta ciudadana. El primer desafío es mantener la movilización articulada, extendida en el territorio nacional, con presencia de sectores, poblaciones y ciudadanías, para que se haga cierta la pronta firma de un Acuerdo Nuevo, lo que no debería tardar más de 15 días.

El segundo reto es el de prepararnos para una nueva legitimación política del Acuerdo que salga de La Habana. Sin esa relegitimación la crisis política y de gobernabilidad dificultará la implementación del nuevo acuerdo y su estabilidad en el tiempo. No parece bastar con la legalidad que pueda darle su adopción por parte del legislativo.

El tercero es la participación en la implementación que no se tuvo en la negociación. Esa mirada de futuro es clave, representa un estadio más avanzado de la actual movilización y una comprensión practica del significado de la expresión la Paz es de todos y todas y por tanto la construimos en esa misma dimensión y
es el puente que une los procesos de La Habana con las FARC-EP y de Quito con el ELN, en la medida en que se diseñe e implemente una metodología que acote y de sentido a la participación de la sociedad civil, acordada en el primer punto de la agenda de negociación con el ELN.

Después del duro golpe recibido el 2 de octubre renace la esperanza, las reservas democráticas de esta sociedad no permitirán que regresemos a los aciagos días de la guerra y por el contrario un viento fresco y unas nuevas claridades asoman en la maltrecha democracia colombiana.

Coda 1: Las cumbres y encuentros regionales y nacional para la paz que se están convocando, son un excelente escenario para esa nueva amalgama de ciudadanías.

Coda 2: El hermoso homenaje realizado a las víctimas y sobrevivientes de la Unión Patriótica en la Plaza de Bolívar, que tiene en su centro “El jardín de la memoria”, es una muestra de transformación del dolor en esperanza. Felicitaciones a Jahel Quiroga y demás compañeras y compañeros.

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