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Opinión
Las otras formas del No
Edgar Eduardo Pulido García / Martes 13 de diciembre de 2016
 

De aprobarse el Fast track en la Corte Constitucional -entre el lunes 12 y el martes 13 de diciembre- se despejará de nuevo el camino para la implementación de los acuerdos de paz sembrado con minas por la victoria del No en el plebiscito. Pese a las modificaciones que tuvo que sufrir el acuerdo diseñado en La Habana y gracias a las manos quirúrgicas con las que el equipo negociador de las Farc-EP y el Gobierno Nacional, apoyados, claro está, por la movilización en las calles de los que defendemos la paz; la gran herida abierta el 2 de octubre ha sido sellada con una cicatriz mucho más pequeña de lo esperado.

Sin embargo, la derrota sufrida por la paz el 2 de octubre es sólo una de las formas en las que los promotores del No se manifiestan. Es necesario reconocer, tal como lo hizo el equipo negociador, que dentro de la votación por el No hubo una población variopinta: por el No votaron algunas gentes sensatas, personas a quienes el conflicto ha golpeado de manera tal que les cuesta aceptar la reconciliación; también votaron por el No una gran masa de ingenuos, caldo de cultivo de la propaganda negra desplegada por redes sociales y medios de comunicación, cooptados por discursos carentes de contenido pero de fraseología pegajosa (ideología género, entrega del país al terrorismo, consolidación del castrochavismo ateo, etc); y finalmente votaron por el No, y de hecho dirigieron la campaña, los amantes de la guerra, un sector de la clase dominante que ha hecho su riqueza con base en la sangre de los campesinos. Se trata del mismo sector que heredó las formas de la masacre de las bananeras, del asesinato de Gaitán, del genocidio de la UP y que lamentablemente ha ido propagando su discurso de odio en buena parte de la población.

Un sector que está enquistado en las Fuerzas Militares, en los mandos medios, en el lanza de a pie; que tiene adalides en toda la estructura del Estado y en los medios de comunicación, que entiende las formas de lucha como jamás las ha entendido la izquierda, que ha sabido convertir el músculo paramilitar de un ruidoso problema del campo a un silencioso aliado en las ciudades. El 2 de octubre permitió comprender eso: las supuestas Bacrim acéfalas en las ciudades se unieron todas al unísono por la campaña del No y su discurso, por años limitado al microtráfico, volvió a tener un sentido político, sólo que ahora no están en las selvas húmedas del Urabá, sino que están atenazados a lo largo de las periferias de las grandes ciudades del país.

La fórmula parece simple: mientras se promueve desde la legalidad la campaña contra el proceso de paz (sin entrar en los detalles de la propaganda negra), desde el otro lado se asesinan a líderes sociales de manera sistemática en diferentes puntos del país, algún francotirador dispara a guerrilleros desarmados, y posiblemente veamos pronto un autoatentado o atentando rimbombante para mancillar aún más la posibilidad de la construcción de paz en Colombia. Nadie más que ellos saben que la guerra en Colombia es hematófaga, necesita litros diarios de sangre para vivir.

Y mientras los enemigos de la paz insisten en continuar sus ofrendas a las Keres [1], el gobierno es tímido en señalar sus actos. Hay una historia en común que hace difícil su separación, de alguna manera son hermanos siameses que han estado unidos por más de cincuenta años y para separarlos es necesario que uno muera. Sin embargo la paz demanda ello, de no hacerse repetiremos la historia del genocidio de la UP y el conflicto armado entrará en una nueva fase, una con más sangre que una película de Tarantino.

Es indudable que nos encontramos en un momento de inflexión de la historia de Colombia y el papel del movimiento popular y de las organizaciones de izquierda (de la izquierda real) no se debe limitar a la pasividad contemplativa, es necesario articular los procesos que se han generado en torno a la paz y consolidar un bloque organizado, activo y con capacidad de movilización y confrontación, debemos adecuar nuevamente nuestro discurso, salir del rol en el que nos hemos encasillado de espectadores de la historia, y pasar a ser actores.

[1En la mitología griega las Keres eran espíritus femeninos, las diosas de la muerte violenta que recorrían los campos de batalla para alimentarse de los guerreros agonizantes.