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El discurso que hubiera pronunciado si me dieran el Nobel de Paz
Jhon Jairo Salinas / Domingo 18 de diciembre de 2016
 

Como militante del movimiento por la paz de Colombia, en caso hipotético de recibir el Nobel de Paz, este hubiera sido mi discurso:

Señores reyes de Noruega, señores comité premio Nobel de Paz. Vengo desde uno de los países más ricos en biodiversidad, ¡sí Colombia!. Rodeada de dos océanos, con tres cordilleras y exuberantes y verdes montañas en las que brota el agua pura y cristalina; inmensos nevados, olor a café (el más suave del mundo); en resumen vengo del jardín de la Amerindia, cuna de dioses ancestrales, de la serpiente sin ojos -como nuestros ancestros denominaran a nuestro caudaloso rio Amazonas. Provengo de la patria de nuestro titán de las letras Gabriel García Márquez, a quien hace treinta y cuatro años los nórdicos le rindieron culto a su obra cumbre, Cien Años de Soledad.

Con mapales, cumbias, vallenatos, con toda nuestra riqueza de El Caribe, les traemos el calor y la pujanza de hombres y mujeres que ven por fin el arcoíris de la tan anhelada y esquiva paz de mi país. Es un privilegio pisar la tierra donde ha primado la tradición de igualdad y un sentido de justicia permanente, de un pueblo que se siente orgulloso de su patrimonio local, al igual que de los dialectos que hablan. Para nadie es un secreto que este país Nórdico guarda una estrecha relación con la naturaleza y el disfrute de la vida al aire libre, caminar por sus bosques y campos es un ritual a la vida. Durante el reinado de Magnus VI (1263- 12809) la Noruega medieval alcanzó la cima de su poder y prosperidad, aptitudes que aún conservan.

Antes de la llegada de los conquistadores europeos, la primigenia raza vikinga había descubierto un mundo lleno de fantasías; ahora son ustedes los Noruegos quienes le muestran al mundo una nación que vuelve a resurgir como el ave fénix, saliendo de las cenizas que por más de sesenta años nos llevaron la oscuridad de una inmerecida guerra. El premio Nobel no es sólo el reconocimiento a un hombre, es el reconocimiento a un pueblo que ha sufrido los embates de un conflicto que degradó y martirizó a los más humildes. Aquellas zonas apartadas de una realidad que se quiso esconder bajo el sagrado manto criminal y la ignominia de una élite intolerante y mezquina que condujo a miles de campesinos, hace más de sesenta años, a hacer uso del derecho a la rebelión.

La terquedad y la sensatez hicieron que se iluminaran las mentes de los actores del conflicto, pero era más fácil pactar la paz y terminar la guerra. No es hora en este magno recinto para hacer un balance extenso de cómo se fue edificando esta gran obra.

Señores comité premio Nobel, ustedes más que nadie saben lo difícil que es terminar un conflicto. Como dijo el libertador Simón Bolívar “es más difícil hacer la paz que hacer la guerra”. Como portador de este estandarte de paz, les digo a los que todavía navegan en la incredibilidad de materializar esta Paz que yo les extiendo la mano con una rosa, por favor no devuelvan las espinas porque éstas laceran el alma de las casi siete millones de víctimas.

Hoy la humanidad clama por un mundo más justo, como dice el gran poeta y músico cubano Silvio Rodríguez “hoy propongo fundar un partido de sueños, taller donde reparar alas de colibrí; se admiten tarados, enfermos, gordos sin amor, tullidos, enanos, vampiros y días sin sol”

Aprovecho que recibo este galardón para decirles a los gobiernos del mundo que es inadmisible que las cien personas más poderosas del planeta controlen el 50% de las riquezas del mundo, que en países del continente africano muchas de sus comunidades sólo se alimentan del polvo de los desiertos. Es inadmisible que se derrochen miles y miles de billones de dólares para saber si hay vida en otros planetas, mientras que más tres mil millones de habitantes de La Tierra se hunden en la pobreza extrema; es inadmisible que sólo cuatro compañías controlen el 90% de los alimentos del mundo; es inadmisible que las grandes potencias del mundo se gasten miles y miles de millones de dólares diarios en producir armas.

Parafraseando al recién desaparecido Fidel Castro “La inteligencia del hombre no pude caber en un grano de maíz, la inteligencia del hombre tiene que estar al servicio de los más débiles o si no ¿De qué paz podemos hablar?".

La paz en el mundo empieza cuando se termine el hambre y la miseria de nuestros pueblos. Hago un llamado por la defensa y garantía de los derechos básicos para los más pobres del mundo. Señores gobernantes, seamos fieles con la filosofía de la Declaración Universal de los Derechos Humanos “Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana; considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad y que se ha proclamado como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias”

Libertad para los pueblos oprimidos por el capitalismo salvaje, justicia social para los débiles, la paz como principio de la ética por la vida, dignidad para los obreros, dignidad para el campesino, amor y afecto para la mujer, alimento, techo, educación para los niños, respeto por la diversidad sexual, respeto para la madre tierra; es lo mínimo que pido como premio Nobel de Paz.

Hoy Colombia le dice al mundo que somos una nación en construcción, reconozco que todavía hay una gran brecha entre ricos y pobres y que desafortunadamente somos uno de los países más desiguales del mundo; el compromiso no es sólo silenciar los fusiles, el compromiso es trabajar por un modelo más humanista, no sólo para mi país, sino también para el resto del mundo.

Qué irónico sacrificar sesenta millones de seres humanos en la barbarie de la Segunda Guerra Mundial para que se sentaran las bases de unos mínimos derechos humanos. Irónicamente también en Colombia hubo que poner casi setecientos mil muertos en sesenta años, y casi siete millones de víctimas, para terminar el conflicto más antiguo de América Latina y lograr la tan esquiva paz.

Interpretando una de las frases célebres de nuestro prócer de la patria Simón Bolívar: “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”; pero lastimosamente todavía un puñado de colombianos ciegamente persisten en el odio y la mezquindad.

En esta fecha histórica vengo hablar en lenguaje de paz, amor, ternura, tolerancia. Como nos lo enseñó nuestro gran poeta Gonzalo Arango: “Une tu mano a nuestras manos para que el mundo no esté en pocas manos”; esta hermosa frase resume lo que quiero decir.

Profesamos una cantidad de credos religiosos, pero el mismo hombre contradice la filosofía de ellos: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Me pregunto ¿por qué esos mismos hijos de Dios persisten en atizar el odio por los que trabajamos por la paz?. "El islam es la religión de la paz y el amor” y me pregunto ¿por qué matan a nombre de sus creencias religiosas?. La humanidad no puede seguir navegando en una vorágine de guerra y odio.

El planeta se ve amenazado por la misma mano depredadora del hombre: hambrunas, desastres naturales, guerras, etcétera. Por favor abrogo desde este premio Nobel ¡Otro mundo es posible!. La paz empieza por los derechos naturales: hoy los pajaritos ya no cantan, gritan desesperados porque no tienen donde anidar, han talado los árboles y el oxígeno lo venden al mejor postor. Los invito a que seamos coherentes con el preámbulo de los derechos de la madre tierra, cito textualmente: “Reconociendo con gratitud que la Madre Tierra es fuente de vida, alimento, enseñanza, y provee todo lo que necesitamos para vivir bien; reconociendo que el sistema capitalista y todas las formas de depredación, explotación, abuso y contaminación han causado gran destrucción, degradación y alteración a la Madre Tierra; poniendo en riesgo la vida como hoy la conocemos, producto de fenómenos como el cambio climático; Convencidos de que en una comunidad de vida interdependiente no es posible reconocer derechos solamente a los seres humanos sin provocar un desequilibrio en la Madre Tierra”.

Sería inadmisible no agradecer a los que creyeron en el sueño de materializar la culminación de uno de los conflictos más prolongados del mundo; empezando por el ya fallecido comandante Hugo Chávez Frías que desinteresadamente prestó sus oficios para extender lazos de diálogo con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el gobierno cubano comandado por Raúl Castro Ruz, el gobierno noruego, el gobierno de Chile, también el apoyo incondicional del Vaticano, la Unión Europea, las mismas Naciones Unidas, el gobierno Norte Americano, la Organización de Estados Americanos (OEA), la Celac; en fin a toda la comunidad internacional, ¡mil y mil gracias en nombre de los casi cincuenta millones de Colombianos!.

Al comandante de las Farc, Rodrigo Londoño Echeverry, le digo desde este recinto, cuna de la paz en el mundo, gracias por extender una mano generosa por la paz de Colombia. Que el anhelo de paz de los colombianos sea sellado en Cuba no es una casualidad, la paz de Colombia ha fue uno de los tantos empeños del ex comandante de la Revolución Cubana, Fidel Castro, quien le dedicó tanto esfuerzo como lo hizo por la caída del apartheid en Sudáfrica, la liberación de Angola o la independencia de Namibia y otras naciones africanas.

El gigante pensador latino americano, el uruguayo Eduardo Galeano, se hacía estas dos preguntas: ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de los que hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo y que el exterminio mutuo es nuestro destino? ¿Hasta cuándo?". Y yo me pregunto ¿hasta cuándo nos vamos aguantar a los áulicos de la guerra, odios, intolerancia y mezquindad por una paz con justicia social? ¿hasta cuándo?.

Por último, ante este pequeño territorio de paz, me despido con este humilde poema dedicado a las víctimas de mí querida y sufrida partía:

Esos poetas y políticos que siguen
escribiendo cosas modernas
como si lo moderno en Colombia
no fuera el dolor, la miseria,
la injusticia, la guerra...

Bajo el azul de insensible firmamento
y al frente de la égida siniestra,
multicolores pájaros de sueños cayeron;
abatidas las flores de la vida,
truncada la sazón de bellos frutos,
entrañables raíces arrancadas,
la humana arboleda desplazada.

Porque, no eran para talar los árboles inmensos
que llegaban al lugar las motosierras;
éstas eran para cercenar los cuerpos
del bosque hermoso de indefenso pueblo.

Y cavaron fosas sepultureros que no llevaban flores;
unas fosas enormes,
como de infernal pesadilla,
no para arrojar en ellas la semilla
que diera a la nación vital sustento.

No; esas fosas comunes eran
para enterrar la vida,
esconder el crimen bajo sagrada tierra;
cubrirla de espanto, aplastar ideas, opacar el sol de las nuevas banderas,
desplazar los músculos agrarios,
apuntalar con sanguinolenta tierra el tenebroso imperio.

Y si el asombro a la conciencia siquiera un poco nos roza,
frente a las fosas comunes de Colombia levantemos
un sagrado grito de dolor inmenso
que un boquete trepidante y expansivo abra
un cauce de luz, de justicia y de castigo.