Sindicato de Trabajadores Agrarios del Sumapaz
:: Distrito Capital, Colombia ::
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Sumapaz : Una inmensa prisión
Luz Marina López / Sábado 28 de marzo de 2009
 

La localidad rural de Bogotá, Sumapaz, el páramo más grande del mundo, nacimiento de importantes ríos que bañan el subcontinente y uno de los escenarios más bellos que se puedan encontrar además de inestimable reserva ambiental, ha sido convertido en una inmensa prisión por el gobierno de la mal llamada “seguridad democrática”.
En efecto, ¿qué otra cosa puede decirse de una localidad donde a cada uno de sus habitantes el Gobierno le ha colocado dos o tal vez tres soldados? Y dentro de esos habitantes así custodiados hay que contar a los niños. Claro, el cinismo del régimen alega, como es norma en todos los déspotas, que la presencia de “los soldados de la patria” es para darles seguridad. Para protegerlos de la guerrilla.

Desde luego, el Gobierno miente con ese argumento. No hay tal. Lo que ocurre es que esa población altiva y en ejercicio de su potestad de oponerse a un sistema del que desde tiempos inmemoriales sólo ha recibido represión, es considerada insurgente por el ominoso binomio Uribe - Santos. Es decir, terrorista, porque insurgencia como tal no existe según el Gobierno. Y aunque el trato como ésta ya sería draconiano –la muerte para empezar-, la sindicación como terrorista de la población sumapaceña la hace objeto de toda clase de arbitrariedades. Sin descontar la muerte, desde luego, tal como ocurrió con los tres jóvenes campesinos con los cuales el Ejército inauguró su ocupación de la zona. Pero además, otras formas de persecución: los montajes judiciales y los consiguientes encarcelamientos, las torturas, las desapariciones forzadas, los bombardeos, la invasión de sus espacios privados y cívicos –casas, patios, cultivos, escuelas, coliseos, puestos de salud-, con violación flagrante del derecho internacional humanitario, las abusivas y permanentes requisas, los arbitrarios interrogatorios, los múltiples retenes con los cuales disfrazan la conculcación del derecho fundamental de locomoción, el control de alimentos y medicinas, en fin…

Todo lo anterior ha hecho del Sumapaz una gran prisión donde cada habitante es un recluso violentado en sus derechos más fundamentales, y muy a despecho de que, según la Constitución Nacional, la soberanía reside en el pueblo, del cual derivan las autoridades su poder. Porque lo que el Gobierno no le perdona a la población del Sumapaz, es que ella, como ninguna en Colombia, tiene conciencia de su soberanía y de sus derechos civiles y políticos, entre éstos, el de oponerse a un estado que bien conocen porque los viene persiguiendo hace más de 60 años. Los mismos que ellos llevan…¡resistiendo!

Tal lo que el gobierno de Uribe Vélez no le perdona a los sumapaceños, y por lo que ha ordenado la toma militar de su territorio y sus espacios de una manera asfixiante. Atrabiliaria como pocas en un gobierno donde todo ha sido atrabiliario.

Si la intención de Uribe es rendir a este pueblo valiente, perseguido y resistente que se refugió en ese inmenso páramo huyendo de la violencia que los gobiernos de los años 40 y 50 les hacía en sus territorios, debe saber que sólo lo logrará exterminándolo; modelo que aplicó en Urabá cuando era gobernador de Antioquia, de la mano del “pacificador” Rito Alejo. Porque ya ha intentado numerosas formas: los falsos positivos contra inermes campesinos “dados de baja en combate”; el secuestro y asesinato selectivo; el encarcelamientos de los dirigentes, y ahora la invasión de su territorio y el control de cada paso y persona, incluido el mercado de las familias.

Pero Sumapaz no se rinde. Resiste y con la solidaridad del pueblo colombiano representado en sus partidos políticos progresistas, sus organizaciones sindicales, sus personalidades democráticas, la prensa alternativa y los organismos de derechos humanos, romperá los barrotes de soldados y fusiles que lo pretende encerrar.

Porque no se pueden encerrar, mucho menos militarizar los miles de kilómetros cuadrados de montaña, páramos, frailejones, caléndulas, cañizos y romeros. No se puede detener al águila de los Andes que vuela libre sobre el Sumapaz. Ni los ríos cristalinos en su loca carrera hacia el mar de la vida, irrigando de vida su camino. Ni los conejos silvestres olisqueando la lluvia en cada alto de su graciosa carrera. Tampoco los patos serenos ni los nobles caballos. Que al igual que los habitantes de Sumapaz, por encima de ideologías y de cualquier cosa que los separara, están hermanados en el amor por su tierra y por la libertad.