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Premonición
Diálogo entre viejos amigos desde la cárcel
David Ravelo Crespo / Martes 7 de marzo de 2017
 

En días pasados tuve la grata visita de un amigo que hacía muchos años no veía. En la conversación con él afloraron muchos temas, entre ellos los hechos aciagos vividos en bella tierra hija del sol -Barrancabermeja- por cuenta del terrorismo de Estado. Para esa época, Hernando, un trabajador de la refinería de Ecopetrol y activista de la Unión Sindical Obrera USO, estaba en pleno vigor de su juventud; hoy con la cabellera plateada y con la jovialidad que siempre lo ha caracterizado me comentó los detalles de los acontecimientos trágicos sucedidos en esa tarde soleada del 28 de julio de 1988.

Esa tarde, cuenta el amigo, había un sol canicular, de esos que son costumbre en esta región. El carruaje salió de la funeraria Foronda con el féretro de la víctima del terrorismo de Estado y se dirigió por toda la Avenida del Ferrocarril. Al llegar al sitio conocido como “El Mesón Familiar”, al frente quedaba una pequeña tienda que acostumbraba a sacar las mesas a la calle para que los contertulios disfrutaran de la poca brisa y así amainar el calor, Hernando divisó a Juan Hernández y a Luis Antonio Martínez, activistas de la USO Centro, quienes se encontraban allí sentados. Se sorprendió al verlos y quiso advertirles el peligro que ello significaba por cuanto en la ciudad se había desencadenado una persecución contra los dirigentes de la USO. No pudo porque el carruaje fúnebre iba muy rápido.

Hernando sentía una enorme desazón por el hecho de no poderles prevenir del peligro que les acechaba. Apenas terminó el sepelio, que se realizó en el Cementerio Central, Hernando habló con Rafael -dirigente de la USO Refinería- y con otra persona que lo acompañaba. Se dirigieron en el carro de la USO al sitio donde estaban Juan y Luis Antonio pero infortunadamente cuando iban llegando al sitio el tren de la muerte arribó con todo su odio, desplegando las balas asesinas del terrorismo de Estado contra los dirigentes sindicales que yacían inertes al lado de la tienda.

Trataron de bajarse del carro para auxiliar a los compañeros y se encontraron de frente con los pistoleros, quienes con las armas humeando en la mano y con el olor nauseabundo de la muerte, les lanzaron una mirada inquisidora. Rafael, Hernando y el acompañante salieron en el carro como alma que lleva el diablo. En medio de la confusión escucharon cuando uno de los sicarios dijo: ¡Ah, esos son de la USO!. A renglón seguido se escucharon múltiples detonaciones, uno de los disparos impactó uno de los dedos del acompañante, el panorámico del carro voló por los aires y quedó agujereado. La carrera terminó en la sede de la USO Refinería.

De milagro nos salvamos, dijo Hernando. Le contesté de manera jocosa parafraseando al coronel Aureliano Buendía, quien le manifestó a su mamá Úrsula en la obra Cien años de soledad de Gabriel García Márquez: “uno no se muere cuando debe, sino cuando puede”. Hernando solamente atinó a fruncir el ceño de manera nerviosa al recordar la crueldad de esos hechos. Lo grave de todo ello -dijo Hernando- es que en este país se sigue criminalizando y persiguiendo a través del asesinato y de montajes judiciales a quienes fungen como activistas de organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos, como ocurrió con los queridos compañeros Juan Hernández y Luis Antonio Martínez, quienes eran gente buena. O como en su caso, David, que lo tienen injustamente encarcelado acusándolo de un hecho que usted no cometió. Todo Barrancabermeja sabe de su inocencia-.

Lo lamentable de todo ello -afirmé con voz lacónica- es que esos centenares de asesinatos cometidos por la red criminal siete de la armada se encuentran en total impunidad. Para esa época ocurrieron un centenar de hechos de sangre como las muertes de Sergio Antonio Urrego y Guillermo Valencia, militantes de la Unión Patriótica, asesinados el 9 de marzo de 1988; Rodrigo Hoyos, dirigente del Partido Comunista en Barrancabermeja, asesinado el 16 de marzo de 1988; Hamet Consuegra, dirigente de la USO Centro y militante comunista, asesinado el 26 de mayo de 1988; Alfonso Berrío, militante comunista, asesinado el 8 de junio de 1988; Francisco Burgos, quien había sido dirigente de la JUCO y luego militante del Partido Comunista, asesinado el 12 de junio de 1988; Juan Hernández y Luis Antonio Martínez, militantes de la Unión Patriótica y dirigentes de la USO. Estas ocho personas fueron asesinadas en menos de cuatro meses por pensar y opinar diferente al establecimiento; pero el listado es inmenso -no terminaríamos la conversación- le dije.

Finalmente, Hernando manifestó con voz optimista: -Bueno lo importante es que con el proceso de paz estos hechos no vuelvan a ocurrir y sobre todo que con la comisión de la verdad se esclarezcan todos estos hechos de sangre. Bueno Hernando -le dije con voz firme- todo el sacrificio y la sangre derramada por nuestro pueblo es el abono para seguir perseverando en la construcción de una nueva sociedad con justicia social, por que como dijo el poeta:

“De la tierra vinieron
y a la tierra volvieron
y la tierra los devuelve.
Son la historia que sigue,
son la revolución que nunca muere”.

Hernando y yo nos despedimos con un fuerte abrazo.