Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Opinión
Otra mirada de la guerra
Contra la desinformación
Esperanza Rincón González / Lunes 5 de junio de 2017
 

Estuve en una de las Zonas Veredales Transitorias de Normalización donde se concentran excombatientes de las FARC-EP y más allá de mencionar las condiciones en las que viven o lo que comen, lo que llama la atención es que para las FARC ya no hay marcha atrás. Los hechos muestran que existe toda la voluntad de entregar las armas, pero seguir en las luchas históricas y vigentes de los temas agrarios, de tierras y demás que demuestran la deuda histórica que el Estado colombiano tiene con las poblaciones rurales, aun cuando los pilares del mismo gobierno o la política de Estado no aportan a la paz ni reflejan las verdaderas necesidades del país -ejemplo de ello las políticas educativas, la economía extractivista y en general la protección social-.

Por eso la interpretación ahora debe ser distinta; es un proceso complejo e irreversible. Si las partes cumplen la nueva fecha, el país tendrá claro que la paz con las FARC está muy cerca de ser un hecho y que debemos seguir blindándola por el bien de Colombia, metiéndole más pueblo a la implementación. Porque el Acuerdo de Paz, más que darle concesiones a los "terroristas", está fundamentado en sacar de la guerra y de la enorme desigualdad a esa Colombia profunda, olvidada y abandonada por un país que los excluyó desde hace 53 años.

Uno bien pudiera concluir que los retrasos por parte del Gobierno Nacional en la implementación del Acuerdo y las trabas constantes tendrían como finalidad desmoralizar a las FARC, pero olvidan que las FARC son precisamente una fuerza de resistencia que ya resistió un conflicto de 53 años y que resistirá todas las desavenencias frente a la paz de Colombia.

La población tiene que entender que todos somos Colombia. Si queremos tener un país viable es preciso iniciar un proceso de normalización de algo tan básico como lo es la tolerancia al pensamiento diferente. Porque resulta muy difícil comunicarse y aprender de los demás si seguimos pensando que la única forma de ser normal es siguiendo los juicios de los medios de comunicación. Éstos ya no tienen credibilidad, se subastan al mejor postor. Así que es mejor que aprender a escucharnos unos a otros y entender que no son excepcionalidades; debemos vivir ejerciendo un trato de respeto mutuo.

Y más allá de predicar una injerencia en la vida de cada quien, todos merecen respeto y generosidad; porque quien se atreva a mirar más allá de lo que dicen los medios podrá ver cómo viven los guerrilleros, como siempre han vivido: sin sueldo, en caletas a la intemperie, sin servicios, sólo con unas pocas posesiones para aplacar las más básicas necesidades. Al contrario de lo que dicen los señores de la guerra: que están llenos de dinero del narcotráfico, que viven con lujos; porque sólo a ellos les beneficia una guerra interminable. En estos momentos esas mentiras se caen por su peso. Si tuvieran tanto dinero como pregona la derecha no lucharían por la paz, no dejarían sus armas para hacer política en la legalidad de un Estado rastrero y traidor. ¿Queda alguna duda de que lo que llaman clase dirigente en Colombia es una banda cuyo fin único es el enriquecimiento ilícito?

A la población todavía la gobierna el miedo para reconocer que tienen razón y por algo las FARC están dispuestos a entregar las armas, su seguridad, su vida, para cobijarse con la constitución. Pero ellos saben muy bien lo que les espera: la angustia por el futuro de los excombatientes que están a merced de un Estado corrupto, de un país que es genéticamente godo, administrado desde su independencia por las mismas familias dispuestas a armar otra guerra, como la que intentamos terminar, con el fin de que todo continúe igual y así mantener intactas sus fortunas y sus privilegios.

Vivimos en un país en donde se piensa que la aprobación, por reforma constitucional, para declarar ilegal el paramilitarismo es un triunfo de las FARC y una derrota moral para el país, donde la población normalizó el discurso paramilitar, el odio y la violencia; esto refleja que el paramilitarismo sí era una política estatal. Eso es lo que tiene a nuestro país en el peor de los atrasos y por eso a muchos los gobierna la indiferencia. Este acuerdo comenzó con el propósito de curar una herida y sería absurdo que terminara con una más grande, los colombianos tenemos una guerra más fuerte amasada en el alma que en los territorios.

El conjunto del pueblo colombiano debe estar a la altura de este momento histórico. Aunque son pocos los colombianos que quieren enfrentar la desinformación que inundan los medios de comunicación, tal vez acercándose a una zona veredal o atreviéndose a escuchar las opiniones de los que nunca han tenido voz. Son miles los que han vivido en la clandestinidad, en la selva, apartados por pensar diferente, para defender sus vidas ya fue lo único que les quedó. Según lo que decían, no les dio duro vivir en la selva, ya que cuando eran campesinos también vivían en esas condiciones o peores por la incesante inseguridad. Lo mismo sucede con los soldados, son personas de escasos recursos de campos y ciudades. Si el servicio militar fuera voluntario no existiría la guerra, nadie querría empuñar un arma para irse a lugares apartados de sus familias para matar a otros colombianos con la excusa de defender la patria, cuando en realidad están protegiendo sólo los intereses de unos pocos. Si fuera por la patria no los obligarían a matarse entre colombianos.

Lo bueno es que ahora se está viendo que el verdadero problema del país no es la guerrilla. En los excombatientes se puede ver la sencillez y la amabilidad, se puede ver el anhelo de paz de las FARC porque ¿Quién quiere ser el último muerto en esta confrontación? Nadie quiere ser desmembrado por la guerra, nadie quiere perder un compañero en el campo de batalla, nadie quiere ver madres llorando a sus hijos que nunca llegaron a casa. Los guerrilleros son consientes de que en este conflicto quien paga las consecuencias son los pobres, porque son los soldados y los guerrilleros quienes derraman su sangre por culpa de un Estado criminal.

Y lo que desmotiva es el incumplimiento del gobierno y la falta de comprensión de la gente quienes no reconoce el esfuerzo que están haciendo los guerrilleros y las comunidades que dependen de ellos. Las Farc, que durante medio siglo lucharon contra el Estado, hoy ponen su vida, su seguridad física y jurídica en manos del Estado, éste es un acto de confianza propio de un proceso de paz y la población debe reconocer eso. En la guerrilla tienen la esperanza de que gran parte de Colombia ponga los ojos en las zonas veredales ya que son regiones olvidadas y que vean realmente como son los guerrilleros, esa es su motivación.

Los excombatientes están optimistas por dejar las armas, pero muy angustiados por el incumplimiento y el auge del paramilitarismo. Aunque sabían que no iba ser fácil, que el paramilitarismo tiene muchas formas de expresarse porque es un proyecto político, económico, cultural y que todo toca lucharlo; ahora, desde otros espacios, saben que los verdaderos beneficiados y fortalecidos por una guerra eterna son otros pues con la guerra lo primero que se sacrifica es la verdad. Ahora se debe crear memoria, ser consientes de la lucha campesina que desencadenó toda la organización guerrillera.

En estos momentos, aunque tengamos diferencias graves y a pesar de todas las críticas que existen, más allá de estos problemas, tenemos que ver el auténtico peligro que tenemos en frente; por eso el país entero debe contribuir a que su reincorporación salga bien, porque de eso depende en buena medida que la paz sea, como reza el acuerdo, estable y duradera.