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Opinión
Se trata de organizar un discurso y hacerlo realidad en las prácticas políticas cotidianas
Johan Mendoza Torres / Viernes 19 de enero de 2018
 
Encuentro de mujeres de la zona de reserva campesina del Valle del Río Cimitarra. Foto: Cindy Lopera

Demostrando con actos como mingas, paros, marchas, bloqueos, protestas y peticiones, las personas en el campo colombiano incansablemente han demostrado que el grado de organización política supera por mucho aquello que viene aconteciendo en las ciudades.

Tan lejos están las acciones políticas rurales de la sociedad urbana promedio, que muchos se indignaron por los indígenas que con machete en mano se enfrentaron al ejército. Ahí sí, como era de esperarse, en los grandes medios se gestaron escandalosos titulares en conjunto con las redes sociales que hicieron lo suyo. Incluso, el ejército manifestó que instauraría una denuncia por el delito de violencia contra servidor público. La pregunta que muchos embaucados por los noticieros masivos no se hacen es ¿acaso el ejército se ha comportado como un “servidor público” en la mayoría de situaciones complicadas que se han dado en las tierras sus majestades los ingenios azucareros? Claro que no. Y esa realidad hasta hace poco, gracias a la tecnología se conoce por videos que toman los mismos campesinos e indígenas.

No obstante, la construcción del discurso sobre la ruralidad hecho por los campesinos parece pesar menos que el discurso que sobre esa misma ruralidad hacen los grandes medios. Pues en el caso de la masacre de Tumaco, llegaron a culpar incluso a los campesinos que habían puesto los muertos, antes de aceptar que había ocurrido tal y lo que había dicho la gente allí presente: un fusilamiento de civiles por parte de “servidores públicos”.

¿A qué se debe este desconcierto? ¿Por qué esta susodicha “desconexión” entre los eventos políticos rurales y lo que pasa en las ciudades? ¿Cada quién está luchando por lo suyo? Si es así, entonces no hay una lucha política, sino una preocupación por sanear algo espontáneo. Si no es así, entonces la lucha debe crecer. Crecer sin miedo a que nos tilden de intransigentes, pues a la hora de buscar una vida digna, no puede sobrar la intransigencia.

Para entender dicha “desconexión” puede ser que la dinámica de una sociedad urbana es susceptible del neoliberalismo de una manera más amplia que la sociedad rural, pues vivir de afán, sin comprender, sin pensar, sin contemplar, es una típica necesidad cultural neoliberal.

En este marco, así como se hace necesario la configuración de la educación política campesina, de una escuela de líderes sociales, de más guardias campesinas entre otras manifestaciones, resulta importante consolidar un proyecto político que logre exponer no solo las injusticias territoriales que acontecen en el campo, sino que logre avanzar mas allá de las denuncias sectorizadas y construya un frente de resistencia política capaz de enfrentarse al régimen de falsa democracia dominado por terratenientes y politiqueros que tienen secuestrado al Estado colombiano.

Es urgente que las organizaciones campesinas profundicen la formación política para así superar las rencillas minúsculas, y observar objetivamente el tamaño del monstruo que domina Colombia. Es urgente desmontar la supuesta imparcialidad de muchas instituciones del Estado, desmontar la confianza a soluciones raquíticas, a esas migajas que se proponen en mesas de conversaciones cuando los paros agrarios o cívicos toman fuerza. Pues bajo el secuestro del Estado colombiano por parte de esa clase política compuesta por empresarios y terratenientes, muchas instituciones estatales operan en función de ese interés y no de la gente.

Es absolutamente apremiante que se sigan impulsando las luchas territoriales en el campo, pero del mismo modo, es urgente que ese fenómeno de la diseminación de luchas territoriales que busca soluciones concretas y específicas, no pierda de vista que el progenitor de cuanto problema sigue emergiendo, es el sistema político colombiano. Un sistema que no puede combatirse con fiereza territorialmente mientras se ignora el mecanismo nacional de su funcionamiento. Si no reconocemos esto, en el campo o en las ciudades, seremos solo perros sin dientes, ladrando mucho pero sin la capacidad de morder. Todo el orden económico, todo el régimen feudal que vive el sector rural, se mantiene debido al sistema político.

La lucha política no se desarrolla solo para que se den soluciones momentáneas, la lucha no es para negociar de qué forma nos puede matar el Esmad, o si cuando éstos literalmente se acojonan entonces negociar cómo nos mata el ejército. La lucha no es para negociar de qué tamaño será nuestra explotación, sino que la lucha está dirigida a destruir toda manifestación del sistema político que oprime hoy a la gente. No se puede perder de vista el hecho de que el mismo sistema político es el que mantiene empobrecido el campo, y embrutecida a la gente en las ciudades. Es el mismo, por tanto, las razones para la consolidación de un frente único de resistencia política son más que válidas.

Se debe comenzar a identificar el malestar político común entre citadinos y campesinos. ¿Acaso esto no pasa por reconocer que estamos mamados de esos oportunistas que dicen luchar por la gente pero que mantienen posiciones políticas cubiertas de todo peligro, que se cuidan de no caer en “errores”, de no hablar mucho para no ofender tanto, que se cuidan de criticar, que se declaran “Ni Ni”, que se cuidan de no darle nombre a una lucha porque temen el estado de sus alianzas o que los comparen falazmente con otros países haciendo que tímidamente sienten posiciones y discursitos que al final no sirven para nada?

La respuesta al anterior interrogante es del lector. Por eso la lucha no se trata de seguir a alguien. Se trata de organizar conscientemente un discurso y hacerlo realidad en las prácticas políticas cotidianas, pues si estamos tan en desacuerdo con el régimen colombiano ¿por qué aceptamos los mecanismos de dicho régimen para combatirle?

Por ejemplo y a propósito del año electorero que se nos viene ¿por qué la abstención electoral en vez de ser juzgada no es asumida como la manifestación de una falla irreparable de un sistema electoral corrompido? Reconocer el problema sectorizadamente es matarnos por uno o por otro candidato. Reconocer un frente de resistencia política, es plantear la destrucción del sistema electoral y construir uno nuevo, es proponer dignamente la necesidad de dejar de votar por alguien y por fin votar por algo.