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Palabras sobre el grado de un prisionero político egresado de la Nacional. Carta para ti
Andrea Barrera / Lunes 16 de abril de 2018
 

Politóloga de la Universidad Nacional de Colombia con título de maestría en ciencias sociales, especialidad en género, política y sexualidades de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias sociales -EHESS-. Adelanta estudios de doctorado en sociología y género en la Universidad Paris 7. Integrante del grupo de investigación en Teorías Políticas Contemporáneas -TEOPOCO- y del Colectivo Adelinda Gómez: territorio, género y violencias.

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Y fue un 9 de abril. 70 años después del asesinato de Gaitán, como lo recordaron en el texto que nos compartieron para entregarlo en la ceremonia. Te graduaste en la misma fecha de uno de los magnicidios que confirmó el temor y el odio de las élites y que después de muchos años, horror, sangre y silencio, conmemora hoy el dolor y la fuerza de las víctimas de este país. No sé si tú habías soñado con ese día, con el día en que te graduarías como sociólogo; sé que sentiste tristeza y decepción en esa facultad. También sé que sentiste alegría, emoción y que le encuentras sentido y te apasiona una sociología comprometida, una sociología para la transformación, para el pueblo.

Quizás por eso, creo que sí habías soñado con el día en que te graduarías. Lo de menos sería el cartón, lo de más sería que te estarías graduando oficialmente de una universidad en la que conociste a autores que hoy son referentes para ti. Conociste grandes amigos que te han acompañado en la vida. Conociste el amor. Mejor dicho, te estarías graduando de una universidad que, sin ninguna duda, te cambió la vida. A mí también me la cambió y tú, más que nadie, lo sabes.

En todo caso, te cuento que yo sí había soñado con ese día, con estar lista para aplaudir cuando dijeran tu nombre y tú subieras al escenario a recibir tu diploma. Es cierto, no sería más que un cartón que no daría testimonio de todo lo que viviste en la universidad. Pero, por ejemplo, yo sabría que a pesar del desánimo que a veces sentiste por las formas y por lo que te querían enseñar, habrías logrado encontrar caminos que te animaran y le dieran sentido a la decisión que tomaste cuando te presentaste a la Universidad Nacional. Es más, para mí sería la prueba de que tú sientes un cierto amor por la sociología, no por cualquier sociología -como te dije antes-, sino por la sociología que se pregunta y reflexiona a partir de seres humanos de carne y hueso. No de meros espejismos que justifican ríos de tinta con los que se pretende una que otra cosa desde el supuesto lugar de la verdad, de la objetividad o, de la razón.

Como yo bien sé que tú no crees en eso, que te genera una desazón inmensa pensar en la sociología o en la academia como la única y verdadera portadora del conocimiento, como el lugar prístino que no puede ensuciarse con el vivir y sentir de esa sociedad que estudias, con la política, con las ansias de cambio. Yo soñaba con que recibieras ese cartón porque sabría que la universidad sigue formando personas críticas y comprometidas como tú. Aplaudiría hasta que me dolieran las palmas de las manos, y nos iríamos a celebrar como es debido.

Ahora los dos sabemos que no fue así. Te graduaste un 9 de abril. Leyeron tu nombre y había un diploma que te habrían entregado de estar presente. En su lugar tuvimos una silla vacía porque no estabas tú en ella; en vez de subir a la tarima y recibir tu diploma estabas a unos pocos kilómetros, quizás sentado, quizás leyendo, quizás imaginando lo que estaba ocurriendo. Mientras nosotras estábamos, un poco en tu nombre, en su nombre, ustedes estaban en el patio de La Modelo que ya deben conocer como las palmas de sus manos que ese día no aplaudieron al final de la ceremonia, y en el que estás desde hace meses por cuenta de la injusticia, de un falso positivo judicial y de quién sabe qué intereses. No sé si te habría gustado estar ahí para recibir tu diploma, pero creo que sí. Y como de seguro la voz con la que grité no pudo llegar hasta ti, no como yo habría querido, te quiero contar cómo fue tu grado, cómo fue esa ceremonia en la que, oficialmente, te volviste un sociólogo de la Universidad Nacional. Evidentemente, no será lo mismo. No puede serlo. Pero igual, te lo quiero contar.

A diferencia de los días anteriores, ese día el sol iluminó la plaza Ché durante horas. Llegamos a colgar los pendones con sus nombres, para que la universidad no olvide que algunos de sus estudiantes, egresadas y egresados son actualmente, prisioneros políticos. El sol se rehusaba a ocultarse siquiera un poco detrás de alguna nube. El calor y la luz radiante nos acompañaron en el ejercicio de tensar la pita, pegarla con cinta; tratar de fijar los pendones para que, de alguna manera, todas y todos estuvieran ahí, en esa plaza que vio graduar a la mayoría de ustedes.

La ceremonia estaba prevista a las 2:00 p.m. Nosotras llegamos una hora y media antes, como nos habían indicado, y gastamos una buena parte de ese tiempo desenredando cuerda y tomando fotos para que quedaran recuerdos de esa tarde, de esa ausencia, de los esfuerzos de todos, suyos y nuestros, por tornarla presencia. La fila para entrar al auditorio crecía aceleradamente, pero, para nuestra fortuna, nos ayudaron a entrar por otra puerta porque entre pendón y pendón, se nos había pasado volando el tiempo.

Entramos, nos indicaron cuáles eran sus sillas. El auditorio estaba oscuro, o al menos así lo vi. La mayoría de las personas que se iban a graduar ya estaban sentadas y miraban con ansías hacia atrás para corroborar que sus familias y las personas que habían invitado ya estuvieran dentro del auditorio. Entre murmullos se podían escuchar conversaciones por teléfono en las que se daban indicaciones para llegar a la plaza y entrar “al León”. Difícil describir los caminos y recovecos de “la Nacho” cuando uno ha estado varios años recorriendo a pie o en bicicleta esa universidad y trata de explicarle a alguien que no la conoce bien, cómo se llega a ciertos espacios, aunque sean los más centrales. Esos caminos que nos son conocidos y que los dos hemos caminado juntos, pueden ser difíciles de describir, de ubicar, de poner en relación los unos con los otros sin recurrir a recuerdos que nos son propios. Yo lo he intentado, traté con nuestro papá el día que fue a recoger las boletas del grado. No tuve mucho éxito.

Nada extraordinario estaba dispuesto en ese orden del día. La ceremonia en la que te graduaste fue como la enorme mayoría de esos espacios: el maestro de ceremonia fue anunciando cada uno de los puntos, empezando por los himnos, seguido por los discursos (sólo hubo dos discursos, el de la decana y el de un profesor que ese día recibió su diploma como Doctor en Filosofía); luego la intervención de un pianista, un muchacho joven, quizás tan joven como tú y como la mayoría de las personas que ese día estaban sentadas frente a la tarima del León con el único propósito de recibir en sus propias manos el diploma que tanto esfuerzo les costó. A nosotros, en cambio, nos debía bastar con que mis manos recibieran tu diploma, un diploma que verás en fotos y en una fotocopia, en el mejor de los casos. Pero de seguro nos puede bastar, el diploma no puede dar cuenta de todo lo que viviste y aprendiste en la Universidad Nacional. No tanto en los salones como en los pastos, en la plaza, en las cafeterías, en los restaurantes que quedan alrededor.En esa universidad que construiste con quienes tejiste afectos y que sólo tú conoces y puedes recorrer.

Después de la música y los aplausos, vino el momento de entrega de los diplomas. De nuevo, nada extraordinario. Empezaron a leer el acta y, poco a poco, aparecían los nombres de quienes, con emoción más o menos contenida, subían a la tarima a graduarse. Tras cada nombre, una cara, un cuerpo aparecía y se acercaba al profesor o profesora designada para entregar los diplomas. Hubo quienes caminaron ese tramo sin afán, hubo quienes corrieron, quienes saltaron, quienes sonrieron, quienes escasamente se movieron. Todas esas personas se graduaron, todas lo experimentaron a su manera, todas recibieron aplausos de conocidos y desconocidos. Yo imagino que algo de emoción debían sentir al escucharlos.

Hubo también quienes gritamos. Solo una de nosotras tres se graduaba, pero todas pasamos a recoger un diploma y las tres gritamos tan duro como pudimos. Lo hicimos para no dejar que la injusticia siguiera estando en silencio, como suele estar, agazapada y cruel. Lo hicimos para que sus nombres pudieran contar una historia a quienes no los conocen: la historia de personas jóvenes, de estudiantes de la Universidad Nacional, de seres humanos llenos de sueños y de ansias de hacer, de hombres que, como muchos otros en ese auditorio, se trasnocharon, corrieron para imprimir trabajos, leyeron textos enredados que no les decían nada y leyeron también textos que no tenían nada que ver con sus clases pero que les decían todo. Mejor dicho, creo que lo hicimos para que la gente que no los conoce, supiera que ustedes también fueron estudiantes, que ustedes también son, ahora, sociólogos. Que ustedes también, como los familiares que ellos y ellas estaban aplaudiendo y vitoreando, tenían el derecho de estar ahí, decidiendo si querían subir corriendo o a paso lento y sin sobresalto a recoger sus diplomas. Pero no pudieron.

Lo único que podíamos hacer era recordar, a gritos -a falta de micrófono-, que hoy son prisioneros políticos, pero siempre serán mucho más que eso: siempre serán seres llenos de amor, de esperanza, de fuerza. Algún día terminará esta pesadilla, cuando eso pase, habremos aprendido mucho de la vida. Habremos aprendido que el miedo nos puede matar por dentro si lo dejamos, pero también nos puede ayudar a sabernos vivos y a aferrarnos a la certeza de que la adversidad nunca es total. Siempre hay resquicios de esperanza, de felicidad, de luz. Ese día, además, podremos volver juntos a la cafetería de sociología, a la que no he podido volver porque la nostalgia me invade, porque la universidad, para mí, se ha tornado un lugar vacío y lleno de ausencias. Pero volveremos, nos sentaremos en esas bancas en las que hablábamos de tantas y tantas cosas, y volveremos a ser felices en esa universidad que los dos llevamos dentro. Yo sé que volveremos….

Bueno, yo sentí emoción por poder gritar tu nombre y otros pocos más (hubiera querido gritarlos todos). Segundos antes de ese momento, cuando estaba por subir las escaleras, sentí nervios. No sabía bien qué iba a decir. Pero tenía la certeza de querer hacer algo, lo mínimo, traerlos por sus nombres, traerlos con un reclamo de libertad. Grité y los nervios se disiparon. Sentí felicidad por tener la oportunidad de que mi boca te nombrara, los nombrara, los reclamara, intentara sacarlos del olvido y del silencio. Y luego, la verdad, sentí algo de tristeza. Quizás fue porque toda esta situación es tremendamente triste, es como un vacío con el que batallamos, sobre todo ustedes, cada segundo, para que no se apodere de nuestros pulmones, de nuestros ojos, de nuestros pensamientos, de todo nuestro ser. Pero sé que lo que más tristeza me causó fue saber que así me quedara sin aire y sin voz, tú, ustedes no podrían escucharme, escucharnos. Ni nuestros esfuerzos, ni los micrófonos, podrían llevar sus nombres evocados en ese auditorio, hasta un lejano patio en “La Modelo”. Pero quiero que sepas que los nombramos, con felicidad y con ira, que gritamos por su libertad. Y los aplaudieron. Yo creo que no fueron aplausos como los demás, estos estaban marcados por una emoción diferente: ojalá sea una que produce sentir, así sea por un momento, lo insoportable de la injusticia y de la arbitrariedad, y la esperanza de que no estamos condenados a ellas.

Creo que no pasó nada más en la ceremonia. De seguro tú, de haber estado allí, habrías visto muchas cosas que mis ojos no pudieron ver. Pero te quiero decir lo que mi corazón pudo sentir: sentí tristeza, sí, sentí alegría, emoción y, sobre todo, una enorme gratitud contigo por ser nuestro vivo ejemplo de la fuerza, de la alegría y del amor. Por darnos un momento de felicidad en medio de lo difícil de esta situación a la que te has visto -y nosotras contigo- arrojado; sentí una inmensa admiración porque sé que el camino hasta el grado fue difícil, sobre todo en los últimos meses, no sólo por el encierro, sino por todas las dificultades que implicó, por ejemplo, para la escritura de tu trabajo de grado. He sabido desde que empezaste a escribir los primeros párrafos sin tener ningún libro para guiarte, que yo en tu lugar tendría muchísimas dificultades, que no sé si podría resolver, para escribir un texto coherente sin tener acceso a un computador ni a internet. Escribir todo a mano (incluidas las citas y los pies de página), sin poder buscar libros en una biblioteca, sin poder leer los textos que me parecieran importantes o tener que esperar semanas hasta que una cadena de pequeñas acciones y de muchas voluntades los llevaran hasta mí (y eso sin tener la certeza de que ese artículo o ese libro sí me podrían ser útiles). Pero tú lo hiciste. Escribiste páginas y páginas recordando lo que habías pensado y plasmado en el papel semanas antes y que ya no podías leer porque alguien estaba transcribiendo eso en un computador lejos del patio en el que estás obligado a estar. Armaste reflexiones como quien arma un castillo de naipes casi a ciegas, tanteando los contornos de lo que ya habías dicho, de lo que querías decir, de lo que ibas pensando todos los días con la mente y con el cuerpo. Y eso, todo eso, me genera una admiración que no te puedo describir.

Así que gracias. Gracias por la alegría, por la valentía que nos muestras, por la fuerza que nos transmites. Y felicitaciones. Felicitaciones por tu grado y, sobre todo, por haber logrado lo que tanto nos puede costar y que en tu caso fue aún mucho más difícil. Ya podremos celebrar cuando estés fuera de esa celda, de ese patio. Incluso celebraremos pronto, no tanto por el cartón, sino por tu vida, por sus vidas. Por recordarnos que mientras que estemos vivas, podremos seguir resistiendo, aprendiendo, creando, ensayando. Celebraremos con la certeza de que la tristeza, la desesperanza y el miedo no nos gobiernan, no lo harán. Y nuestro amor siempre prevalecerá, más allá y más acá de las rejas, porque nos habita y nos une, y se hace cada día más fuerte en medio de esta búsqueda de justicia y de libertad.

No nos van a derrotar, tenemos la certeza de la vida, del amor, de la alegría. No hemos dejado de contar los días, no los dejaremos de contar. ¡Fuerza! ¡Fuerza como siempre que aquí les estamos esperando! ¡Libertad para lxs prisionerxs políticxs! ¡Inocentes son y libres les necesitamos!

Palabras al Margen