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Parte I
Darío Betancourt. Entrelazar los hilos de la memoria y la historia: Vida y legado
Jhon Diego Domínguez-Acevedo / Jueves 28 de junio de 2018
 
Pintura en memoria de Darío Betancourt Echeverry. 2016. Autora: Macondiana

Darío Betancourt logró fundir su vida en diversos lugares insoslayables. Su actitud política no se entiende por fuera de su papel de historiador ni más allá de su oficio de maestro. Fue un hombre que encontró en el conocimiento histórico la totalidad, no sólo en el sentido, que defendió y propuso una historia que tuviera en cuenta todos los aspectos de la actividad humana, en especial, una historia económica y social. También constituyó su proyecto intelectual inmerso en la historia, espacio privilegiado para pensar lo político y encontrar rutas para la enseñanza. Me interesa decir unas palabras que contribuyan a rememorar en dos entregas la vida, obra y legado de este autor al pensamiento histórico colombiano, la primera retoma la propuesta de Benjamín de entrelazar los hilos de la memo-ria y la historia y la segunda la relación entre la política, la historia y la enseñanza caminos que Darío dejo como legado.

El maestro y el historiador

El director de la tesis de doctorado de Darío en Paris señaló en una conferencia, realizada en el Centro de Documentación de Ciencias Sociales (CEDECS) a los tres meses de desaparecido, algunos de los aportes fundamentales de Darío a la historiografía colombiana. Señaló el autor francés, refiriéndose a la singularidad del trabajo historiográfico de Darío, la importancia del presente en su historia de larga duración, el carácter político coetáneo con la historia social y las finas líneas que trazó entre la historia macro de la sociedad colombiana sin descuidar la historia micro de las veredas y municipios. [1]

Cuando se habla de que no hay una historia del presente que no esté enterrada en una historia de larga duración, reluce una sensación de los tiempos juveniles en los que Darío se formó como historiador. Es un agradable recuerdo de sus lecturas asiduas de la escuela de los annales, en su primera generación, Marc Bloch y Lucien Febvre, donde se planteaban principios necesarios como “hacer una historia retroactiva en la cual los rasgos de hoy dejan ver los rasgos del pasado”. O, la segunda generación, con Fernand Braudel, quien introdujo las temporalidades en la historia (larga y corta duración). De esta manera, los fenómenos sociales sólo se pueden leer a la luz de los procesos históricos de conformación regional y local.

Fue su profundo apego al Valle del Cauca, a su natal Restrepo, manteniendo unos lazos de identidad extraordinariamente fuertes, que lo llevaron a preocuparse por la dimensión regional y local que debe tener la historia. Con una habilidad inaudita de finura, hila en una sorprendente oscilación las conexiones y caminos que permiten ir de la historia macro a la particularidades regionales o locales -micro-. Su constancia y persistencia en profundizar en el conocimiento de la historia regional y local del Valle de Cauca, a la luz de los diversos procesos de violencia que ha vivido esta región desde finales del siglo XIX fueron producto y causa de su experiencia, es decir, la forma como él vivió “La Violencia”:

(…) de esos pueblos del Valle, bajar los caballos con cadáveres, en Restrepo… y otras po-blaciones aledañas, entonces, sencillamente, él comentaba eso, la gente tiene que mirar donde pasa, tiene que conocer los lugares donde ocurrieron las cosas, no quedarse no más con el texto, como si eso fuera parte únicamente de la letra escrita, es decir que se nutra de la experiencia .

 [2]

Y en este trasegar adquirió sentido y fuerza la categoría de experiencia, en la orientación histórica que le da Walter Benjamín, la cual empleó Darío para fundamentar su oficio, nutriéndose de la historia oral y las experiencias de las personas que viven la historia y de los lugares donde acontece ésta. Ello permite comprender su insistente esfuerzo por llevar a sus estudiantes a conocer aquellos lugares donde aconteció y se forjó la historia de Colombia, salidas pedagógicas, pilar de su propuesta de enseñanza.

Ese sujeto político innato que fue Darío hizo retumbar un ambiente académico conservador y dogmático. Logró una síntesis coherente y firme entre las inclinaciones políticas y la lucha por las ideas en la escena historiográfica. Como otra característica indiscutible de su trabajo histórico fue aquella idea tentadora: no hay una historia política que no sea al mismo tiempo una historia social. Para ilustrar este aporte, baste con remitirnos a un análisis que planteó en su popular ensayo Enseñanza de la historia a tres niveles (1993), afirma allí que la historiografía tradicional colombiana tomó dos direcciones: un pasado remoto y heroico, que aísla los hechos sociales; y de otro lado, la narración de una historia casi natural de las instituciones contemporáneas —inmodificables— y que justifica a los gobernantes y la clase dominante que siempre ha concurrido en la dirección del Estado. Contrastando con la construcción de una historia del opositor político juzgado como el subversivo. Aquella historiografía llegó a sancionar los eventos que eran históricos o los que no lo eran, los que eran políticos y los que tampoco lo eran.

En cierto sentido -aquí sobresale la agudeza de Darío- para la élite, con la construcción del Estado, fue agotada la historia y lo que ha venido después de esta primera culminación sólo ha sido o podría ser histórico en la medida que le tribute estabilidad al sistema -lo contrario no sólo sería regresivo sino involutivo-. Construir en el siglo XX un sistema distinto al que rige no sería histórico. [3]

Así, sobreviene el rescate del sujeto social como agente de la historia. Darío se inscribe en el movimiento de las nuevas corrientes de historiadores que entran a cuestionar todo el orden historiográfico imperante, mantenido cómodamente por la historia oficial -la sostenida por la Academia Colombiana de Historia (ACH)-. Una historia romántica, patriotera, de vencedores y parroquiana que excluía a la sociedad colombiana, en el sentido que desconocía profundamente la historia de los subalternos, de las clases populares. Una historia que, alejada del análisis económico y social, solamente se limitaba a la sociedad política: los gobernantes, los políticos más lustrosos y la élite -que aun constituye el itinerario académico de algunos connotados historiadores de la ACH-.

Con la renovación de la historia en el país, que empieza con obras aisladas [4] y se desarrolla con la llegada de las corrientes historiográficas occidentales, desde los Annales y la historia “revisionista”, pasando por la historia realizada desde el marxismo, en su versión teórica y militante, y de la nueva historia que surge a raíz de la agitación de finales de los sesenta. Y que termina bebiendo, también, de los estudios de la subalternidad y de la historiografía marxista británica. Así se le abre campo a la voz a los de abajo. Pero Darío no se queda en traer los debates historiográficos para problematizar el ámbito de la historia nacional, sino que, el objetivo de cuestionar la historia hecha, es que, evidentemente, se constituye en la misma historia enseñada, la única que les llegó a generaciones de colombianos, vía textos escolares y la tradicional didáctica de la memorización de datos.

¿Y qué relación hay entre la enseñanza de la historia y la ciudadanía? La historia que se enseña es determinante en la formación de la ‘conciencia cívica y democrática’ y a través de ella, decisiva en la configuración social de la ‘consciencia histórica’. El problema fundamental radica en que por varias generaciones el grueso de la población ha estado sometida a la enseñanza de la historia en esencia ‘conservadora’, predemocrática y contraria al fortalecimiento de la sociedad civil, que no ha posibilitado en el colombiano medio el desenvolvimiento de una crítica, social y moderna para ‘hacer historia’. [5]

Con su intuición destacada Darío encontró que el profundo conflicto social que vive el país, ignorado por la historia tradicional, poco problematizada y casi nunca conducente a una reformulación en el ámbito escolar, implica responsabilidades a la historiografía tradicional en el carácter intolerante e irracional de las luchas políticas en Colombia y en la débil constitución de la sociedad civil.

Ello permitió potenciar la idea de la “responsabilidad del historiador”. No sólo al ocu-parse de construir una historia crítica sino también responsable con los contenidos que circulan en el ámbito escolar, con el objeto de que conduzcan a construir una conciencia crítica. De esta forma, el historiador no puede obviarse de la realidad ni de su transformación.

Un sujeto de historia: Comprendiendo su tiempo

Su labor de historiador se enmarca en lo que él denominó la “epopeya de la violencia” [6]. Preocupación académica que se viabiliza en la primera promoción de la Maestría de Historia de la Universidad Nacional:

(…) en el momento en que Darío realizó su producción sobre la violencia, era un tema que estaba renaciendo. Renació con relación a la maestría en historia de la Universidad Nacio-nal, porque en la primera promoción de la que yo hice parte, junto con Darío, estamos ha-blando del periodo 1984—1986. De esa primera maestría salió un grupo de tesis sobre la violencia en Colombia. Y ese grupo de tesis fue tan importante que fue uno de los embrio-nes investigativos del IEPRI (Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales), que se creó precisamente en el momento en que la maestría estaba funcionando.

 [7]

En el IEPRI Darío encuentra un escenario institucional, fundamentalmente financiero, y un escenario de debate donde, en parejo con su proyecto para la maestría, se embarca en la renovación de los estudios de la violencia. En efecto, participó en el programa de análisis de actores, regiones y periodización de la violencia, con un conjunto de académicos en este campo.

Pero Darío no se ocupó de manera genérica del análisis de la Violencia, él “estudia un aspecto poco tratado, que es el de la violencia de la derecha, es el caso de los pájaros, conservadores” [8]. Importante característica en un hombre con capacidades intelectuales, y sin temores, para desentrañar la historia muda de este país, donde se ha omitido deliberadamente el uso político que ha hecho el estado, representado en su tradicional composición oligárquica y bipartidista, de la violencia.

A manera de ilustración, resumimos uno de los primeros trabajos que en este campo hace el profesor. Entre los años 1946-1949 -dice Darío- “la necesidad del partido conservador de mantenerse en el poder y la candidatura de Laureano Gómez, precipitaron una etapa más abiertamente sanguinaria”. Después señala, “una segunda oleada comprendida entre finales de 1949 y 1955, que recurrió insistentemente a la policía política y a los grupos de civiles armados, configurándose con claridad el ‘pájaro’ como sicario partidista”. Esta fase trae aparejada un aumento de las acciones de los sicarios conservadores que centralizan sus operaciones en Tuluá, bajo “la dirección de León María Lozano, ‘el cóndor’, ‘Pájaro profesional urbano’ como ‘Sicario político’ doble del Estado débil y de los poderosos”. Finaliza este periodo de La Violencia, en el norte del Valle que es el escenario escogido por Darío, hacia 1955-1965 donde se configura la resistencia liberal y otros grupos, manifestada en las cuadrillas liberales. Hacia los sesenta, tanto las cuadrillas liberales cómo los pájaros, desencadenan en un tipo de “bandolerismo” con ánimo de lucro que refleja en su accionar los traumas psicológicos, sociales y familiares sufridos por los “hijos de la violencia de los cincuenta”; sus actuaciones caracterizadas por una marcada sevicia y atrocidad, reflejan una patología social en donde predomina el desprecio a lo establecido, al orden, una especie de “lumpen” que a lo largo de este trabajo se caracteriza como “Bandolerismo”, o mejor, como “Bandidismo” [9]. Plantea en el ensayo el profesor la relación entre las primeras estructuras paramilitares, de los pájaros, creadas por el partido conservador, y los paramilitares que surgen en la década de los ochentas y los distintos escuadrones de la muerte, gatilleros utilizados por la mafia, la clave para comprender una conexión entre ambos elementos generadores de violencia está en la recurrencia del mediador regional, se hace evidente un continuo contexto económico, social y político, que le da vía.

Al extender una mirada de larga duración del proceso de formación de agentes mediadores regionales, hasta llegar a su expresión más reciente con los sicarios y paramilitares, que hicieron aparición en un escenario en que ya habían actuado los tristemente célebres “pájaros”, encontró una clave de continuidad histórica. La tradición y la costumbre -dice Betancourt- sirvieron de base para acoger a aquellos nuevos actores de la reciente y trágica modernización violenta que ha vivido el país.
Muy bien concluye en este ensayo el autor: “En su proceso de conformación y consolidación, entre 1970 y 1985, la mafia se sirvió inicialmente de la estructura del núcleo familiar, la (aceptación de) violencia ancestral, el rumor, la mediación y el ascenso social, mecanismos locales de sociales y poder antes utilizados por los partidos políticos regionales” [10].

Esa relación histórica que descubre Darío entre los mecanismos locales de poder, y sus fermentos sociales, utilizados por los partidos políticos regionales, y el escenario en que surge las organizaciones mafiosas: “la mafia vallecaucana usufructuó viejas redes de clientela y supo hacer alianzas estratégicas con los remanentes del Estado y con la clase política con tal de garantizarse protección, silencio y acceso a información definitiva para su seguridad” [11], asumidas por la aguda interpretación histórica de Darío, toman forma de denuncia. Aunque su objetivo fundamental nunca dejó de ser alcanzar un trabajo historiográfico.

Su carácter de historiador sobresalía por la entrañable preocupación por forjar una visión holística los fenómenos sociales. De tal suerte, que Darío aborda el problema de las mafias, del narcotráfico y de la violencia de derecha (el paramilitarismo) en una gran propuesta pero clara, sistemática y contundente [12]. Él fue consciente de los riesgos que implica asumir una postura crítica frente a estos fenómenos.

La realidad se le presentó a Darío como un campo de batalla. En la viña de la historia son bien conocidas las batallas en las que se enfiló debatiendo y proponiendo otra historia, que no fuera deudora de la consciencia histórica de los colombianos. Sus ideas estaban adheridas, evidentemente, a una visión de sociedad. Pero que entrañaron, fundamentalmente, una preocupación por una sociedad madura capaz de “regular”, “contestar”, “manejar” y “eliminar” los hechos violentos y que fuera capaz de replantearse su proyecto social. [13]

[1Pécaut, Daniel. Aportes de Darío Betancourt a la comprensión del presente. Análisis Político N° 38, págs. 30-35.

[2Entrevista realizada a Efrén Mesa Montaña, estudiante y corrector de estilo del último libro publicado de Darío, efectua-da el 11 de noviembre de 2010.

[3Betancourt, D. (1993). Enseñanza de la historia a tres niveles. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio.

[4Óp. Cit., pág. 17.

[5Óp. Cit., pág. 25.

[6En el texto de Javier Guerrero, Daniel Pécaut y Renán Vega Cantor, de la presente edición, se podrá encontrar un balan-ce de todas las obras de Darío Betancourt Echeverry que se presentará en la segunda entrega.

[7Entrevista realizada al profesor Renán Vega Cantor (amigo y colega de Darío), efectuada en noviembre de 2010

[8Entrevista realizada al profesor Renán Vega Cantor.

[9Betancourt, D. (1991). Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos. Las organizaciones mafiosas del Valle del Cauca entre la Historia, la memoria y el relato, 1890-1997. Bogotá: Antropos, p.91.

[10Op. Cit. p. 86.

[11Ibíd., p. 96.

[12Betancourt, D. et al. (1999). “Los cinco focos de la mafia colombiana (1968-1988). Elementos para una historia”. En Revista Folios. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional.

[13Betancourt, D. (1996). “Violencia, educación y derechos humanos”. En Revista Folios N° 5. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, pág. 31-36.