Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Memoria histórica
Darío Betancourt (Parte II) Entre la política y la historia
La memoria funciona como el despertar de un sueño, esto significa abandonar el estado de inconciencia y habilitar lo que hay detrás de ese estado de vida, proyección de deseos, utopías.
Jhon Diego Domínguez-Acevedo / Martes 10 de julio de 2018
 
Mural de la memoria de las víctimas de la Universidad Pedagógica Nacional. Darío Betancourt Echeverry. 2017. Autor: Daniel Esquivia.

El asesinato de Darío, hecho doloroso y desgarrador, nos sirve para recordar, para atizar nuestra memoria con el flujo constante de la propia experiencia vital, que a pesar de lo insignificante que haya sido -con respecto a una historia colombiana y mundial pletórica en acontecimientos y hechos de gran densidad histórica- nos has puesto de frente a nuestra propia historicidad y ante el drama de la violencia que azota a nuestro sufrido país. Advierte Renán Vega “La función que cumple el olvido y la amnesia colectiva como mecanismos encaminados a legitimar la impunidad de los criminales, vinculados al terrorismo de estado. Recordemos que la impunidad y la criminalización de la protesta social se han impuesto en Colombia para favorecer y proteger a los viejos y nuevos delincuentes de las clases dominantes. Cuando en este país se ha constituido un capitalismo gansteril, con sus derivaciones en los ámbitos político (la eufemística parapolítica, la corrupción a alto nivel, la “pulcritud” de la justicia…), cultural (estética traqueta) y social (arribismo e intolerancia con los que piensen distinto, anticomunismo primario y cerril), el olvido desempeña un papel fundamental para justificar la injusticia y las desigualdades y proteger a los criminales”. [1]

La política: entre la historiografía y la enseñanza

Las claves sobre la desaparición y el asesinato infame de Darío tal vez se encuentren explorando la historia de ese país que le tocó vivir. Nadie puede zafarse de la historia. El triste final de su vida constituye un ejemplo de la captura criminal del Estado por agentes mediadores en las regiones que se procuraron beneficios instrumentalizando la violencia y eliminando, a los que valientemente, se enarbolan como fuerza moral y crítica de una sociedad incivilizada e injusta. Intentemos construir la imagen de ese país.

Mientras el Estado social se desmontaba con la llegada de las políticas neoliberales, la década de los noventa fue inaugurada con diversas iniciativas y hasta el 2002 los procesos de paz tuvieron un escenario tangible, porque con el fracaso de los diálogos del Caguán se cerraría esta posibilidad por una década.

En los noventa, el fenómeno paramilitar se convirtió en un proyecto nacional de la ultraderecha, extendiéndose por todo el territorio, trayendo aparejado el desplazamiento y despojo de las mejores tierras a las comunidades campesinas, negras e indígenas. Y el narcotráfico también expresó sus particularidades: se convirtió en una lucha abierta del Gobierno contra los distintos carteles y sentaron las primeras bases de lo que sería el “Plan Colombia”. Sobre la creación de “autodefensas” suele plantearse como antecedente más remoto el Estatuto de Seguridad y Defensa de la Democracia, expedido en 1978 durante el gobierno de Julio César Turbay. Aunque sus antecesores podrían rastrearse por lo menos desde 1946, fue Darío Betancourt quien planteó las conexiones entre los antiguos “pájaros” y los paramilitares que empiezan a surgir a principios de los ochenta. Sin lugar a duda, el estatuto de Turbay sirvió de marco legal para la creación de los paramilitares, bajo la supuesta defensa nacional de la “democracia” se hacía el llamado a combatir los grupos insurgentes.

A pesar de existir un sustento jurídico que legitimó e incitó a la formación de grupos paramilitares y muy a pesar también de la citada hipótesis, por la cual: la mayoría de los terratenientes que estaban siendo “extorsionados” por las guerrillas armaron a los trabajadores de sus haciendas, especialmente en el Magdalena Medio. Darío Betancourt insistió en que fue el interés por la tierra, especialmente en el occidente colombiano (las fértiles tierras del Valle), donde los propietarios siempre se inclinaron por armarse para defender y acaparar más tierra, una práctica antiquísima desde las guerras del siglo XIX, la mafia valluna no es la excepción, tuvo una gran vocación por la posesión de tierra. Ante la debilidad del Estado para resolver los conflictos locales y regionales, emergieron las organizaciones mafiosas que ocuparon el lugar de los mediadores de otras épocas, supieron también ganarse y aprovechar la legitimidad social. Mientras los colonos y campesinos que habían sido expropiados y vulnerados en sus derechos demandaron la protección de los grupos guerrilleros. [2]

Se ha perdido de vista que las expresiones de la mafia en los municipios del Valle (Cali, Buga, Tulúa, el norte del Valle, etc.) surgieron sobre una extensa historia de colonizaciones, luchas agrarias y violencia. Allí —señaló Betancourt— se puede rastrear la resolución de conflictos por la mediación desde 1900, mediante la creación en distintos periodos de figuras como “guardias civiles”, “rondas ciudadanas”, “policías cívicas”, “convites”, “festivales”, y ciertas expresiones de violencia y limpieza social.

Tampoco se ha considerado de manera sistemática —lo que sería un interesante campo de investigación— la evolución de los “pájaros”. Betancourt ha señalado que al haber nacido como “elementos de presión de algunos industriales azucareros contra el sindicalismo creciente en el plan del valle en los sesenta”, se transformaron algunos en cuadrillas bandoleras de secuestradores, delincuentes urbanos. Otros se convirtieron en pequeños empresarios y comerciantes, enriquecidos con los robos, la expropiación de tierras y compraventas de cafés, se dedicaron a los granos, carnicerías y bares. Pero muchos transitaron hacía el contrabando y las mafias. [3]

Dado que las investigaciones sobre la violencia reciente se han centrado con mayor ahínco en la década de los noventa, los estudios recaen sobre una mirada de corto plazo sobre estos fenómenos. A finales del decenio, ya era evidente que el actuar paramilitar suplía las necesidades de “guerra sucia” que tenían ciertos sectores dentro del Gobierno, una rama importante del congreso y otro puñado de terratenientes ávidos de tierras por todo el país.

El precedente en la unificación de estos grupos sería ‘Las Convivir’ (Cooperativas de Vigilancia) [4]. Una nueva figura de mediación regional. Éstas son creadas durante el Gobierno de César Gaviria en 1994, siendo promovidas y defendidas por la administración departamental de Álvaro Uribe Vélez en Antioquia (1995-1997).

El paramilitarismo pasó de ser un ejército privado regional a convertirse en una estructura nacional con nexos muy estrechos con el Ejército Nacional. En 1997 surgen las AUC a partir de la desarticulación de las Convivir, y en el marco de las negociaciones de paz del Gobierno Nacional con las FARC. Ocurrió la coordinación mediante un comando central unificado de los diferentes grupos paramilitares que se encontraban diseminados por diferentes regiones del país. Este grupo, que inauguró una nueva fase de terror sobre la población civil en todo el territorio nacional, concentró un gran poder militar, manteniendo fuertes alianzas con la fuerza pública; económico, con el control que logra sobre el narcotráfico y la financiación directa de grandes hacendados, empresarios y multinacionales; y político, con la participación de diferentes personajes en todas las escalas y esferas del poder político. [5]

Contrasta esta penetración del paramilitarismo en todas las esferas del Estado, que luego denominarían parapolítica, con los planteamientos que sutilmente elaboró Darío para comprender la relación entre las organizaciones de tipo mafioso y la política en el Valle del Cauca. [6]

Las AUC se configuraron durante este período (1997-2002) como el principal instigador de la violencia. Llegaron al punto de cometer una masacre cada dos días entre los años 1999 y 2000, tiempo en el que perpetraron más de 200 masacres por año [7]; instigando al desplazamiento forzado y al despojo en diferentes regiones del país, el cual aumentó un 20% en 1998 respecto al año previo, lo que ubicó a Colombia como el país con la tercera mayor población desplazada en el mundo [8], estrategia con la que llegarían a acumular gran cantidad de suelo agrario, superior al millón de hectáreas [9], y controlar gran parte de la producción de la droga en el país.

Para el año 2000, según informes del Ministerio de Defensa: siete bloques de las AUC operaban en regiones de cultivos de coca y amapola. Naciones Unidas, por su parte, calculó que la presencia paramilitar llegó a 86 de los 162 municipios donde se cultivaba coca, ubicando frentes en el Magdalena Medio, Sierra Nevada de Santa Marta, la región sur de Bolívar, el Valle del Cauca, el norte de Antioquia, la región de Urabá, Nariño, el noroccidente del Putumayo, el suroccidente de Caquetá, Meta y Guaviare. Regiones, estas últimas, en disputa con los grupos guerrilleros [10].

En este período la violencia política en Colombia rompió todos los records en el mundo. La persecución y los crímenes sistemáticos contra una parte específica de la población fueron bastante evidente. El aniquilamiento —genocidio— de un partido político independiente, la Unión Patriótica (UP) es uno de los acontecimientos que ejemplificó la siniestra alianza. El rápido asesinato, entre la década que va de 1985 a 1995, cerca de 3000 militantes, incluyendo candidatos presidenciales, alcaldes y parlamentarios. Partido que culminó durante los primeros meses de 1999, año en que le fue retirada su personería jurídica. [11]

Uno de los efectos del paramilitarismo es la eliminación física del adversario, la persecución. En categoría de adversario caben cualquier opositor o contradictor político, no solo militantes de grupos guerrilleros y presuntos colaboradores, sino que abarcó a grupos de derechos humanos, académicos, profesores, periodistas, sindicalistas, activistas, entre otros. Si observamos las estadísticas sobre violaciones a Derechos Humanos contra los educadores en 1994 podemos observar claramente el fuerte ascenso de asesinatos, desplazamiento forzado y amenazas.

¿En qué momento se volvió especialmente peligroso el análisis crítico de la realidad en Colombia, ya que cualquier trabajo o acción de este tipo convertía a su autor en una víctima en potencia del exterminio sistemático, de estas agrupaciones y sus “tácticas” y estrategias contrainsurgentes? Entre los casos emblemáticos, inscritos totalmente en este aparato criminal, podemos referir el homicidio del periodista y humorista Jaime Garzón en agosto de 1999 por la acción directa de grupos paramilitares y la fuerza pública [12], crimen confeso por Carlos Castaño, donde se evidencia su alianza con agentes estatales [13].

En la Universidad sufrimos los efectos sistemáticos de la violencia política. Tenemos el recuerdo del profesor Hernán Henao, director del departamento de Antropología y del Instituto de Estudios Regionales (INER) en la Universidad de Antioquia, quien fue asesinado el martes 4 de mayo de 1999, crimen que fue confirmado como autoría de las AUC, Carlos Castaño declaró en su libro “Mi Confesión”, ordenó asesinar a Henao porque, según creyó, colaboraba con la guerrilla y por escribir un libro contra las autodefensas que fue difundido en Europa [14]; la desaparición de Gilberto Agudelo Martínez, presidente de Sindicato de Trabajadores y Empleados Universitarios de Colombia (SINTRAUNICOL) es otro de estos casos: “Gilberto fue desaparecido el 6 de abril del 2000, posteriormente los paramilitares aceptaron su responsabilidad en este crimen, después de que un informante de las AUC confesara, su cuerpo mutilado fue exhumado” [15]; además, seis de los 19 docentes de planta del IEPRI, quienes se vieron obligados a salir del país bajo la amenaza de ejecución; también cayó en este periodo asesinado un profesor de la Facultad de Economía en el campus de la Universidad de Antioquia [16]. Todos ellos, al igual que Diario Betancourt, por llevar investigaciones que tenían un carácter crítico en cuanto al conflicto y sus actores y que además denunciaban a las AUC, grupos de ultraderecha y sus aliados políticos, o por su activismo en la esfera sindical. Estas acciones se enmarcan dentro de la categoría de crímenes políticos, ya que su efecto era —y tristemente sigue siendo— desestimular toda actividad política dentro de los docentes de todas las esferas y regiones.

Un cierre: Hombre de memoria

Dedicarse a comprender los acontecimientos traumáticos que han atravesado a una sociedad, la violencia entre movimientos políticos, el conflicto armado interno, el surgimiento de grupos paramilitares y su transformación, el narcotráfico o la desigualdad es una compleja tarea. En tal sentido, preguntarse por el presente, es sin duda conocer nuestro pasado, es fijar una mirada sobre él, tal empresa sólo es posible en tanto su aparición se cruce con nuestra mirada. Se trata de “salvar” ese pasado y para ello esa imagen fugaz tiene que quedar grabada en la placa del presente [17]. Entonces, la memoria es salvación del pasado y del presente: del primero, gracias a su luz, podemos traer al presente aspectos desconocidos del pasado; y del segundo, gracias a su presencia, el pasado puede saltar sobre su propia sombra, puede liberarse de la cadena causal que lo trajo al mundo. [18].

En suma, es la redención del pasado hecho historia. En palabras de Dante, “se trata de una imagen única, insustituible, del pasado que se desvanece cada instante que no es capaz de reconocerse en ella”: una efigie dialéctica.

Es decir, hay una extraña complicidad entre el pasado y el presente: cuando prestamos oídos a las voces amigas, fijarse en esas voces que representan el eco que enmudeció el tiempo. Los que nos han precedido dejan su huella anclada a nuestra historia. Esta especie de presencia de los ausentes, se traduce en una exigencia del pasado: “no puede despacharse a la ligera”. [19]

Entonces, ¿importa el presente [20], el que habla de un pasado que pudo haber sido y que se malogró, de un pasado que lo único que tiene de presente es que fue una posibilidad y de haberse logrado hubiera convertido a éste en impensable [21]? En tal sentido, podría afirmarse, que el futuro no debe ser una prolongación del presente, más bien debe ser una posibilidad.

Éste tiene dos manifestaciones opuestas —siguiendo a Walter Benjamín—; la primera, lo dado, lo que ha llegado a ser y tenemos frente a cada uno de nosotros; segundo, lo que quiso ser y se malogró. “Lo que tiene en común la historia, el presente dado y la posibilidad, el presente ausente, es la felicidad que en un caso esta in actu y en el otro in potentia” [22]. Pero si llamamos a la posibilidad presente es porque reconocemos a esa historia frustrada un derecho a ser, a lograrse, a la felicidad, a ser redimida.

El desmesurado término de redención no es más que el derecho a la felicidad de lo frustrado. La historia, advierte Benjamín, “se asemeja a los rayos ultravioleta capaces de detectar aspectos nunca vistos de la realidad” [23], podemos decir que es un atisbo específico sobre el pasado o, mejor dicho, una construcción del presente desde el pasado, es la creación del presente con materiales del pasado [24]:

Lo propio, por tanto, de la mirada de la historia es, en primer lugar, la atención al pasado ausente del presente y, en segundo lugar, considerar esos fracasos o víctimas no como datos naturales que están ahí como lo están los ríos o las montañas, sino como una injusticia, como una frustración violenta de su proyecto de vida. La mirada del historiador […] se emparenta con la del alegorista barroco que no considera las ruinas y cadáveres como naturaleza muerta sino como vida frustrada, una pregunta que espera respuesta de quien contemple esa vida frustrada [25].

La memoria funciona como el despertar de un sueño, esto significa abandonar el estado de inconciencia (que es el que caracteriza la vida) y habilitar lo que hay detrás de ese estado de vida, proyección de deseos, utopías. “La historia es capaz de leer la parte no escrita del texto de la vida, se ocupa no del pasado que fue y sigue siendo, sino del pasado que sólo fue y del que ya no hay rastro” [26]. En palabras de Darío, nos ubica, en un complejo campo de lo escondido, de lo secreto en los recuerdos de la memoria (en el tiempo [27]), para referirse a ese pasado furtivo, nublado y confuso, al que nos encontramos cuando tratamos de vivir un recuerdo. Es pues, los silencios-olvidos-recuerdos que marcan nuestra experiencia [28]. “La memoria trae al presente lo que fue esperanza de futuro en el pasado y éste irrumpe en el presente como “instante de peligro” [29].

Advierte Valencia que “la simultaneidad entre la anticipación (futuro), la experiencia (presente) y la memoria (pasado) no es la del tiempo lineal, sino la del tiempo entrelazado en el “instante eternizado” [30]. Entonces,

se trata de una historia en la cual “nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia”, una historia que es “un marco de tensiones entre lo alcanzado y lo malogrado”, una historia a la cual “hay que pasarle el cepillo a contrapelo”, en fin, “cuyo lugar no está constituido por el tiempo homogéneo y vacío, sino por un tiempo pleno un tiempo-ahora”. [31]

Parte I

[1Renán Vega Cantor. (2018). Reseña Entrelazar los hilos de la memoria y la historia a propósito de un libro sobre Darío Betancourt Echeverry. Recuperado de http://www.rebelion.org/docs/231779.pdf. A propósito del libro de Jhon Diego Domínguez y Piedad Ortega Valencia (Editores), Persistencias de la memoria y la historia. Homenaje a Darío Betancourt Echeverry (1952-1999), Impresol, SINTRA UPN, ASPU-UPN y SINATRAUNAL, Bogotá, 2017, 224 páginas

[2Betancourt, D. (1991). Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos. Las organizaciones mafiosas del Valle del Cauca entre la Historia, la memoria y el relato, 1890-1997. Bogotá: Antropos, pág. 101.

[3Betancourt. D. (1995). Historia de Restrepo, Valle, de los conflictos agrarios a la fundación de pueblos, el problema de las historias locales 1885-1990. Mimeo, Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional.

[4OEA. (1995). Informe y recomendaciones de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos sobre las convivir.

[5Verdad Abierta. (s.f.) La historia detrás del pacto de Ralito. Recuperado de: http://www.verdadabierta.com/nunca-mas/2103-la-historia-detras-del-del-pacto-de-ralito

[6Ibídem, pág. 135.

[7Revista Semana (2007). Viaje a las tinieblas. Recuperado de: http://www.semana.com/especiales/viaje-tinieblas/108238-3.aspx

[8Rodríguez, S. (2003). Colombia 1990-2000. De la legalización a la legitimación de la reforma. Bogotá: Documento inédito. pág. 7.

[9Revista Semana (2012). El testamento de Carlos Castaño. Recuperado de: http://www.semana.com/nacion/testamento-carlos-castano/114334-3.aspx

[10Rodríguez, G. (2005). Élites, conflicto y narcotráfico en Colombia. Tesis de Maestría, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, pág. 26.

[11Ibídem., pág. 7.

[12Jaime Garzón. Diez años de Impunidad. Recuperado de: http://www.youtube-.com/watch?v=xMRTzyzvdnU

[13El Espectador. (2012). Seis excomandantes ’paras’, a declarar en proceso por asesinato de Jaime Garzón Recuperado de: http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-350876-seis-excomandantes-paras-declarar-proceso-asesinato-de-jaime-gar

[14Verdad Abierta. (s.f.). Hernán Henao, antropólogo asesinado http://www.verdadabierta.com/nunca-mas/1849-hernan-henao-antropologo-asesinado

[15Ibídem., pág. 22.

[16Bejarano, A. & Wills, M. (2005). “La ciencia política en Colombia: de vocación a disciplina”. En Revista de Ciencia Política, Bogotá, Vol. 25, págs. 111-123.

[17Mate, R. (2006). Media noche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamín “Sobre el concepto de historia”. Madrid: Editorial Trotta.

[18Mate, R. (2006). Media noche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamín… Op cit.

[19Op cit.

[20El tema de la memoria se ha constituido en uno de los más acuciantes en la agenda pública en las últimas décadas, pautado por un momento histórico en el cual predomina la sensación de un presente que se escapa de manera vertiginosa y cuyas líneas de continuidad con el pasado y el futuro parecen estar cada vez más desdibujadas. Además, vemos que el presente se caracteriza por un continuo cambio y hasta donde sabemos, este cambio es necesario. Pero, ¿debería ser siempre así? ¿No debería haber un tiempo venidero, un futuro que merezca permanecer invariable? ¿No es posible un tiempo del espíritu moral, de duración y permanencia, al que podríamos o deberíamos asignarle la eternidad?

[21Op cit.

[22Ibíd., pág. 72.

[23Benjamín, W. (2005). Tesis sobre la historia y otros fragmentos, trad. y presentación de Bolívar Echavarría. México: Contrahistorias, pág. 142.

[24Benjamín, en su concepto de experiencia se transmite. Es decir, “el narrador toma lo que narra de la experiencia; la suya propia o la transmitida. Y la torna a su vez, en experiencia de aquellos que escuchan su historia”, pág. 160.

[25Ibídem., pág. 122.

[26Ibíd., págs. 123-124 y ss.

[27Jorge Luis Borges nos dice en la majestuosa pieza literaria El jardín de senderos que se bifurcan, sobre el tiempo que: “El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts’ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos”. Borges, J. (1998). Ficciones. Madrid: Alianza Editorial, pág. 116.

[28Betancourt, D. Op. Cit., págs. 147-148.

[29Valencia, G. (2012). Aproximaciones a la pluralidad temporal. En Historia Revista, pág. 173.

[30Valencia, G. (2012). Aproximaciones a la pluralidad temporal. Op cit., pág. 174

[31Benjamín, W. (2005). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Op cit.