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No matarás
Luz Marina López Espinosa / Jueves 6 de septiembre de 2018
 
Foto: La Opinión Digital

“No perdono a la muerte enamorada. No perdono a la vida desatenta. No perdono a la tierra ni a la nada.” Miguel Hernández.

El más sacro y noble de los mandatos bíblicos, acogido como canónico a lo largo de milenios por las grandes religiones y sus respectivas vertientes nacidas del Nuevo y del Antiguo Testamento, “No Matarás”, ha sido sin embargo el más escarnecido, el más burlado. Y no sólo eso; brutal paradoja, en nombre de él, con excusa de él, invocando su terminante contenido, se mata al otro, se lo zahiere, tortura y desaparece hasta el extremo de hacer orgiástica la cruzada. Es cuando haciendo universal la perversión del mandato, se extermina al otro que ya es un pueblo o una ideología. A ese que es etnia, religión y aún geografía.
Así, mataba el pagano al cristiano, el cristiano al pagano, el bárbaro al romano y éste a aquél, el moro al español y el español al moro, el conquistador al aborigen, el creyente al impío, y ya en estos tiempos, en estos tiempos sobran las razones argüidas, siempre serán la vida, la libertad, la democracia, los principios y los valores por lo que se mata. Y entonces se mata por millones si es el caso y la “necesidad” lo amerita, a los afganos y los iraquíes, a los comunistas y los libios, los guerrilleros y los que se lo parecen, los sindicalistas y los yemeníes, los terroristas y los que se lo parecen, los neutrales, los negros, los tercermundistas y un largo etcétera que por lo que ya sospechamos, están de alguna forma unidos con los anteriores como por un cordón umbilical que los hace vidas despreciables a los ojos de los genocidas.

Y sí, inclusive muchas veces se mata en nombre de Dios directamente, esgrimido expresamente como el garante de la justicia de la causa matadora, llegándose con este argumento geoteopolítico, a sentenciar en forma fatal que quien no esté con ella está contra ella, entrando por derecho y decisión propias, al bando de los réprobos. Valga decir, al de los por eliminar. Y de esta manera desde el poder se mata alegre, casi gozosamente, y desde luego impunemente.

Pero lo que más hay que resaltar, es que la tragedia de la humanidad con respecto a ese pérfido arte del que es víctima -porque es ella no lo olvidemos-, tan masiva y sistemáticamente ejercido, es que la total legitimidad de él la da el hecho simple de que quien lo ejerza tenga el poder bastante para hacerlo. Suficiente. No más. Frente a esto, las demás potestades, las supranacionales, las cofradías de orden religioso o moral, las instituciones jurídicas y los grandes emporios comunicacionales, hacen la venia. El resto, los que disienten, que de ello algo y si se quiere bastante hay, desde el contrapoder realizan marchas y protestas, lanzan proclamas y denuncias. Son jóvenes por lo general, pacifistas, ambientalistas, izquierdistas y militantes por un orden justo a nivel global (“No en nuestro nombre”) tolerados por el poder como muestra de su talante democrático mientras no parezcan masificarse demasiado, poder que los ve en el más piadoso de los casos como retozos de ilusos, en el menos, amigos del mal que se quiere extirpar y por tanto ya objeto de sospecha.

Así, en el mundo se hacen bombardeos “humanitarios” (Mogadiscio), se destruye a un país y se mata su pueblo para apoderarse de su petróleo (Irak), se arrasa una paupérrima nación en venganza por el acto terrorista de un tercero (Afganistán), se bombardean indiscriminadamente aldeas porque sus gobernantes no están del lado correcto de la historia según sentencian los mandamás con el derecho a escribirla (Yemén). Y paradigmático de lo anterior, la nación Palestina, una y mil veces victimizada con una furia que obliga a entroncarla con la de las hordas nazis, por un Estado que motu proprio, por fuera y en contra del derecho internacional y las instancias judiciales que lo validan, se ha construido sobre el exterminio del pueblo palestino. Así, día a día, desde hace setenta años Israel con la indiferencia cuando no abierta satisfacción del mundo, practica a cabalidad el No Matarás de su Antiguo Testamento, pero a su particular modo, en la forma paradójica ya dicha. Con el agravante de que la doctrina sionista que concibió, creó y rige ese Estado, reivindica que ese exterminio –por riguroso cálculo demográfico de niños y mujeres prioritariamente – y el consecuente despojo de tierras, es un directo mandato-autorización de Dios a ellos. Con lo cual –otra vez la teología-, no existe en el universo del derecho, la justicia, la humanidad, o la mera eticidad del deber ser, razón que pueda rebatir a tan alta instancia.

Tiene la más extravagante modalidad esa que como un tropo y abusando de la bondad intrínseca del término, nombramos el arte de matar. Y Colombia es arquetipo de ello. Este extraño y desconcertante país cuyos publicistas se esfuerzan en posicionarlo por la bondad y solidaridad de sus gentes- y a fe que las tiene-, se distingue en el concierto de las naciones por la forma cruel como se mata. Y esta deplorable aseveración que sólo se puede hacer con pena, remite a dos contenidos: uno, la existencia de un poder que lo es y tanto, que manda matar al que piensa distinto, sin reparar para nada en la bondad de ese pensamiento o en la del ser humano que lo encarna. Y dos, la existencia de una “mano de obra” abundante, barata y siempre disponible, como ese ejército de reserva que llama Marx al desempleo estructural del capitalismo, resuelta a cumplir el encargo. A diferencia de su contratante, a la mano asesina no le importa el credo del que va a matar, siendo tanto su extravío que no altera su empeño si llegare a saber que es el de sus complacencias.

Es la Colombia de siempre, de hace muchos años, la de la década de los ochenta del siglo pasado cuando el poder militar y el político hicieron causa común para eliminar al movimiento Unión Patriótica, promisorio rédito de un fallido proceso de paz con las FARC-EP por el cual la izquierda revolucionaria le apostó a la política legal y a medírsele a la liza electoral.

Pero ante todo, para los efectos de esta querella, es la Colombia de este año 2018, tiempos de paz se supondría, tiempos de Premio Nobel de Paz para mayor incongruencia, cuando cientos de líderes populares son asesinados día tras día sin que falte uno en uno solo de los días corridos del año. Al contrario, faltan días para tanto muerto. Y valga el uso del tiempo presente porque no faltará el inmolado mientras se escribe esta nota. Caídos como cae la gente en Colombia, -sicariado se dice por estos pagos-, gatilleros anónimos llegan a la escuela rural donde la maestra enseña a sus niños, al resguardo indígena donde la autoridad ancestral orienta a los suyos, al caserío donde el presidente de la junta comunal hace por la mejora del camino veredal o al claro de monte donde el miembro de la comunidad negra dirige el retorno de su gente a la tierra de donde fueron desplazados, y apuntan certero a la cabeza, que lo importante es cumplir el encargo. Que la vuelta quede bien hecha, lenguaje del asesino.

Y a propósito de la bondad y solidaridad de las gentes que decíamos también hay en este país ensangrentado, reconforta encontrar misiones como ¡No matarás! el noble y rotundo apelativo de la corporación que unos sacerdotes católicos crearon en Medellín, la ciudad a la que un atolondrado congresista norteamericano pidió bombardear para solucionar el problema del narcotráfico del cual era juzgada capital mundial. Y emociona ver muchachos de Casa Mía que lucen una camiseta con la divisa bien marcada, recorriendo los sectores más convulsos de la ciudad todavía la más violenta del país, con frecuencia los de sus tropelías, pregonando que conflictos, pobreza e injusticias aparte, la muerte debe ser sacada del camino. Jóvenes rescatados de la degradación del negocio de la sangre que llaman en el medio, enseñando con el ejemplo a sus semejantes que es mejor negocio el ingreso que producen los pequeños actos de comercio a los que se dedican, que los ilusorios de los sombríos operativos del pasado. Porque además de que estos rápido se desvanecían en el aire de la ostentación y el delirio consumista, el llanto que causaban de las madres era apenas el anuncio del de las propias, y los próximos huérfanos, serían sus hijos.