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50 años de la masacre de Tlatelolco: el octubre rojo mexicano
Algunos testigos de la matanza de la plaza de Ciudad de México, donde asesinaron a cerca de 500 estudiantes, rememoran cómo la vivieron.
Antonio Olalla, Jessica Hernández / Sábado 6 de octubre de 2018
 

Era el 2 de octubre de 1968, plaza de las Tres Culturas, también conocida como Tlatelolco, en México DF. Miles de estudiantes acompañados, junto a otros sectores de la sociedad mexicana, se manifestaban pidiendo más democracia para su país. A las 17:30, un helicóptero sin distintivo alguno, según relatan los testigos, lanza una bengala y los elementos policiales y del ejército, que rodeaban la protesta, comienzan a disparar sin control sobre los asistentes.

La orden de perpetrar la matanza fue dada por el presidente de la nación, Gustavo Díaz Ordaz, y orquestado por el secretario de Gobernación, Luis Echevarria Álvarez. Era su golpe maestro para acabar con las protestas que exigían más democracia para México, diez días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos que acogería la capital del país.

Veinte minutos después del inmenso tiroteo, el silencio se apoderó del gigantesco escenario; los muertos y los heridos se amontonaron en el suelo junto a zapatos, chaquetas y bolsos que la gente perdió mientras huía para refugiarse de las balas. La historia de México había cambiado y el entusiasta e inocente movimiento del 68 nunca volvería a ser pacífico. En general, la sociedad mexicana nunca volvería a conocer la paz integral con el Estado. Después llegó la llamada “Guerra de baja intensidad”, el narcotráfico a gran escala y las revueltas indígenas de Guerrero, Chiapas y Oaxaca.

Algunos protagonistas de esta historia cifran el número de muertos entre 400 y 500; nunca se supo la cantidad exacta de fallecidos. Muchos de los cadáveres fueron retirados rápidamente por militares y policías para ser cremados sin consentimiento familiar, intentando ocultar las huellas de la masacre. Muchos de estos muertos están dentro de las listas de desaparecidos. Algunos testigos aseguran que desde los edificios adyacentes vieron cómo los granaderos remataron a los heridos en el suelo con la bayonetas. Estos hechos trajeron al mandato de Díaz Ordaz una frase clásica del gobierno de Porfirio Díaz: “mátalos en caliente”, frase que aún sirve para definir estos últimos 50 años de la vida social mexicana.

Andrés es taxista en la ciudad de México, a sus 70 años sigue trabajando porque asegura que la jubilación no le daría para vivir. Quedamos con él a las puertas de la plaza de las Tres Culturas. “En aquellos tiempos era militar, nos reunieron el día antes y nos llevaron a un campo militar a las afuera de la ciudad, allí nos dijeron que nos enfrentaríamos a una masa armada muy peligrosa, éramos gente inexperta y con miedo partimos hacia Tlatelolco”, recuerda.

Una vez allí en el lateral de la plaza “nos dieron órdenes de disparar al primer conato de agresión. Sobre las 17.30 desde el edificio Chihuahua recibimos varios disparos. Nerviosos empezamos a disparar; medio asustados, medio poseídos por la cólera. No parecíamos personas”, cuenta con la cabeza agachada. “Con el tiempo supimos que fueron elementos policiales los que iniciaron el tiroteo contra nosotros con el fin de provocar y justificar la masacre. Me cuesta mucho venir a esta zona de la ciudad”, agrega antes de volver a su viejo taxi para continuar con la chamba diaria.

El Contexto

Al inicio fue una anécdota: los estudiantes del Instituto Nacional Politécnico y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) mantenían un enorme pique, principalmente por las competiciones deportivas en las que coincidían. Esta rivalidad a veces acaba en peleas en bares y calles. Una de esas peleas fue sofocada de manera brutal por la policía. Días después, grupos de estudiantes del Politécnico realizaron una serie de protestas contra la continua represión policial y estatal, estas marchas contaron con el apoyo decidido de los estudiantes de la UNAM.

Pero claro, no fue solo esta anécdota la que montó el movimiento del 68 como recuerda José Ángel Pescador Osuna, ex secretario de Educación en los gobiernos de Salinas de Gortari y licenciado por el Instituto Tecnológico Autónomo de México. El sinaolense explica que ya durante el inicio de la década había varios colectivos como el de los maestros y el de los campesinos que pedían una apertura democrática para México, que con el mandato de Díaz Ordaz desde el año 1964 se había convertido en un régimen más presidencialista y asfixiante para los ciudadanos.

A estas demandas había que sumarle el contexto internacional, especialmente el mayo del 68 francés que sirvió de inspiración para México y la efervescencia de la Revolución Cubana, que en los círculos juveniles del Distrito Federal tuvo mucha presencia al igual que las diferentes tendencias socialistas que empezaban a florecer en la sociedad mexicana de la época. Ideologías que, como recuerda Pescador, estaban prohibidas en esos años en el país.

Gilberto Guevara Niebla: ideólogo del 68 mexicano

Entre todos los líderes del movimiento destaca la figura Gilberto Guevara Niebla, el gran estratega del movimiento del 68 y único líder estudiantil vivo de la época. Estudió Humanidades en la UNAM y fue miembro del Partido Comunista en la clandestinidad, estuvo dos años en la prisión de Lecumberri por los hechos de Tlatelolco y sufrió un breve exilio en Perú y Chile.

Fue una de las personas más activas de aquellos meses en México y uno de los protagonistas de aquella tarde sangrienta en Tlatelolco. “Allí murió mi infancia y mi juventud, entre los cientos de muertos y heridos de aquella tarde”, relata el líder estudiantil del 68. “Han pasado 50 años y sigo sin entender porque el gobierno perpetró aquella matanza, nuestras peticiones eran muy sencillas y no violentas”. “Pedíamos simplemente el cese de la brutalidad policial; un mejor marco jurídico que permitiera la libertad de expresión, el derecho huelga y asociacionismo y la democratización de la universidad”.

Para Guevara esa tarde fue un parteaguas en la historia del país, en las siguientes décadas se vieron reflejados los cambios que ellos pedían; “poco a poco” fueron sucediendo esas reformas. De forma especial con la reforma política del año 1977 y la creación de la Comisión de Derechos Humanos en 1990. Pero “aún hoy falta camino por recorrer”, como defiende Guevara en sus continuas intervenciones en los medios de comunicación. Además, puntualiza que el desenlace de la Plaza de Tlatelolco radicalizó a la gente y justificó la violencia posterior de diferentes colectivos contra el Estado, desde los guerrilleros indígenas hasta los grupos de narcotraficantes. “La instauración de los métodos violentos en la sociedad mexicana es el peor legado de aquellos días”. Mientras, a nivel personal Guevara todavía sufre emocionalmente por haber delatado a sus compañeros de lucha, aunque se escuda en las horribles torturas que sufrió durante su presidio.

Sergio Villalobos: defensor de los derechos universitarios

Sergio Villalobos Navarrete nos invita a su casa al norte de Culiacán (Sinaloa) y allí, en un pequeño porche de entrada a la vivienda, nos recibe con su afable sonrisa y “pidiendo disculpas” por no estar todavía recuperado de un ictus que le tiene postrado en una silla de ruedas.

Preside la mesa un café del estado de Guerrero, lugar de nacimiento de Villalobos. Él siempre ha convivido en ambientes reivindicativos y de lucha. “Guerrero siempre ha sido un estado muy reivindicativo, sus orígenes indígenas y los continuos agravios que sufría esa población le convirtió en unos de los sitios más levantiscos”, recuerda orgulloso. No oculta su antigua pertenencia al Partido de los Pobres, liderado por el guerrillero Lucio Cabañas, de orientación comunista, y su vinculación con la lucha armada desde muy joven. Pero Villalobos abandona su hogar para ir a la capital a estudiar en el Instituto Politécnico.

Allí fue testigo en julio de 1968 del brutal asalto policial a la Vocacional número 7 del Politécnico con motivo de la riña con los estudiantes de la UNAM. Desde entonces Villalobos participa activamente en las diferentes protestas contra el gobierno que trascurren durante el verano del 68 en México DF. Mientras tanto Villalobos va ocupando cargos en el Comité de Huelga y vive intensamente el florecer de este movimiento. El crecimiento del mismo empieza a preocupar a Estados Unidos, que manda agentes de la CIA para desmantelar desde dentro todo lo que está pasando.

“Vinieron algunos tipos a nuestras reuniones, solían ser de países de Centroamérica y siempre nos ofrecían armas. Muchas veces trataba yo con ellos porque tenía experiencia en la lucha armada, pero siempre en las votaciones del Comité de Huelga se rechazaba el uso de armas”, expone serio el viejo guerrillero. “¿Contra quién íbamos a utilizar esas armas?, no tenía sentidos esos ofrecimientos. Con el tiempo descubrimos que eran agentes de la CIA, preocupada por el auge de nuestras ideas y la expansión a otras capas de la sociedad mexicana, y que querían justificar una futura masacre como la que sucedió”.

El 2 de octubre

“Sobre las 17.15 estábamos congregados en Tlatelolco unos 7.000 estudiantes”. Se fue sumando gente ajena a la universidad, con niños y mujeres, campesinos, trabajadores del ferrocarril, sindicatos de profesores, etc. “Gente que apoyaba nuestras reivindicaciones”. A las 17.30 un helicóptero sobrevuela la enorme explanada de la Plaza de la Tres Culturas, una bengala y empezó el tiroteo. “Yo corrí con una compañera y un fotógrafo hacia el edificio Chihuahua, allí estaba la tribuna de oradores de todos los líderes del movimiento”, cuenta emocionado Villalobos.

“Durante el trayecto, junto a mí una señora que de repente cayó destrozada al suelo por una bala de calibre 50, utilizada para derribar helicópteros y aviones, por la artillería pesada. A su lado estaba una niña que perdió un brazo de golpe por otra bala del mismo calibre”. La voz de Villalobos se entrecorta cada vez más por la emoción recordando esos instantes. “Una vez en el edificio sufrimos varios tiroteos más. Cerca de diez soldados nos dispararon en las escaleras, a unos 20 metros, y salimos ilesos”. Villalobos, con voz entrecortada, reproduce aquellos momentos con la mirada perdida mientras tomaba otro sorbo de café y se limpia las lágrimas.

Dentro del edificio uno de los apartamentos abrió su puerta y les dio cobijo. “Allí había como 40 personas tiradas en el suelo, unas encima de otras, en total silencio, solo se oía el chocar en el suelo de las botas militares por el pasillo, buscando manifestantes por los pasillos del enorme edificio”. “Mientras tanto en la calle los quejidos de los muertos y algún disparo solitario rompían el profundo silencio que inundaba la zona, fueron horas angustiosas esperando a que echaran la puerta abajo los granaderos y nos pasasen a golpe de bayoneta, como habían hecho con la gente que intentó salir de la plaza al inicio del tiroteo”.

Una compañera del Comité Huelga que estaba con él vivía en ese edificio, y tras unas siete horas de espera, decidieron intentar llegar a su departamento. Lo consiguieron y allí la familia de la chica, de la que Villalobos no recuerda el nombre, le facilitó ropa para ocultar su condición de estudiante, hasta que pasada la madrugada huyó de Tlatelolco en taxi. “Nunca más supe de ella, seguramente abandonó el Comité”.

“Fui directo a trabajar, bien temprano, a la fábrica donde estaba para pagarme mis estudios de química en el Politécnico. No quise levantar sospecha sobre mí y fui a trabajar con todas esas horribles imágenes en mi mente. Pero lo más doloroso fue no ver ni una reseña en los medios de la época. Ordaz había logrado silenciar semejante matanza y apagar el movimiento a 10 días de los Juegos Olímpicos que se disputarían en el DF”, relataba indignado Villalobos.

En este sentido, también se manifiesta el periodista Mario Martini, director del diario Paralelo 23. “Estuve seis días encarcelado, sufrí vejaciones y torturas en los calabozos por parte de la policía por participar en las protestas del 2 de octubre. Pero lo que más me dolió fue el aplauso del Congreso mexicano a Ordaz al explicar por encima los hechos ocurridos y verle luego dar el discurso inaugural de los juegos”, apunta con su sonrisa irónica.

Después del 2 de octubre, formó junto a otros guerrilleros del estado de Guerrero el grupo guerrillero denominado como los Lacandones, en honor a la selva Lacandona. Participaron en la denominada “guerra de baja intensidad”, llevada a cabo en México contra los diferentes gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en los años 70. En junio de 1971 fue encarcelado durante seis años en el penal de Lecumberri, donde fue sometido a continuas sesiones de tortura.

En la actualidad, Villalobos coordina diferentes colectivos de lucha por los derechos de los indígenas del noroeste de México, acosados por el narcotráfico. Además es el defensor del estudiante en Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). “Aún hoy me cuesta creer que siga vivo, pero mientras pueda respirar siempre defenderé los derechos de los más desfavorecidos. Estoy aquí porque es el bando que me ha tocado en esta vida y se lo debo a los compañeros caídos”.