Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Un susurro de paz en el Sumapaz
En la vereda La Fila de Icononzo (Tolima), cerca de 300 excombatientes de las Farc desarrollan proyectos productivos agrícolas y pecuarios.
Federico Duarte Garcés / Jueves 17 de enero de 2019
 
Los espacios territoriales como el de La Fila tienen una transitoriedad de dos años, contados a partir del mes de agosto de 2017. Para agosto de 2019, el Gobierno debe definir si se transforman o se suprimen.

Ocho días antes de la firma del acuerdo de paz inicial en Cartagena (26 de septiembre de 2016), en la vereda El Diamante, situada en las profundidades de los Llanos del Yarí, entre el Caguán y la Macarena, Abraham realizó una de sus últimas guardias como guerrillero de las Farc. Esa noche, sin embargo, su seguridad y la de miles de personas más, entre periodistas, invitados especiales, 200 delegados de los frentes guerrilleros y un número indeterminado más de camaradas de apoyo, corrió por cuenta del Ejército Nacional. A la medianoche, el ambiente era festivo, cientos de personas bailaban y entonaban canciones y, desde una inmensa tarima, en medio de varios conjuntos musicales, la orquesta guerrillera de salsa Los Rebeldes del Sur cerraban una jornada más de la décima y última conferencia de las Farc.

Entre tanto, Abraham, quien recibió ese nombre de guerra desde el segundo día en que se enroló a esta organización cuando aún no cumplía 14 años, contemplaba la zona donde, como parte del recién creado Frente 44, alguna vez ayudó a instalar un campamento por orden de su jefe de unidad. A ese mismo superior se acercó algún día Víctor Julio Suárez, más conocido como ‘el Mono Jojoy’, para pedirle que integrara un grupo de colaboradores que lo acompañaran en uno de sus habituales recorridos por la selva. Uno de los elegidos fue justamente Abraham. Posteriormente, en otra de sus visitas, ‘el Mono’ le volvió a ordenar al instructor a cargo que le entregara al mismo muchacho de la primera vez. En esta ocasión, Abraham se fue definitivamente con su nueva voz de mando.

“Usted queda aquí conmigo para aprender, no sólo para andar”, le dijo el Mono a Abraham, quien a su lado conocería los diferentes tomos de un libro titulado El arte de la guerra, del chino Sun Tzu, el cual servía como fuente de estudio para cada una de las charlas que lideraba el jefe guerrillero en plena madrugada junto a los comandantes del territorio donde se encontrara. A estos se unía Abraham a las 2:30 a.m. acompañado de un tinto para apaciguar el baño frío de unos minutos antes, todo para alcanzar el privilegio de escuchar ese selecto grupo, a cuyos integrantes les correspondía preparar la charla del día siguiente para conocer la capacidad dialéctica de cada uno.

De acuerdo a Abraham, quien haría parte de la guardia del Mono Jojoy durante los fallidos diálogos de paz del Caguán en el gobierno de Pastrana, el sueño de este y los demás miembros del Secretariado de entonces era alcanzar la paz, si bien estimaban que para llegar a ese punto debían hacer sentir primero su fuerza militar.

Tal vez el recuerdo de alguna de esas discusiones de madrugada, en medio del silencio propio de la espesura de la selva, pudo alumbrar en la mente de Abraham aquella noche insólita de guardia de la X Conferencia cuando, entre la música a la distancia, escuchó los dolores propios de parto de su compañera sentimental.

Ella, con quien había establecido una relación hacía dos años, mientras se sucedían los diálogos de La Habana, cumplía más de ocho meses de embarazo. Sin embargo, según la última consulta médica, todavía le faltaban 15 días para dar a luz. Por ello su pareja insistía en que era una falsa alarma. Abraham por su parte, consciente en que había llegado la hora, ante la negativa de su mujer, pero bajo la templanza del cumplimiento de su deber, solamente le expresó: “Si es eso, me avisa”. Las contracciones continuaron, así que no tuvo más remedio que llamar a la enfermera del lugar, quien dejó todo en manos de los doctores al otro día.

En las primeras horas del alba, al conocer lo sucedido, Julián Gallo — conocido como ‘Carlos Antonio Lozada’—, excomandante del frente Antonio Nariño, le pidió ir a El Diamante a buscar tres médicos de la guerrilla para encargarse del alumbramiento en pleno campamento de su segundo hijo.

Del primero se enteraría justo cuando se aprestaba a ver el recién nacido. La noticia se la daría el propio Lozada al informarle que había ido a buscarlo Yurani*, una anterior pareja que había sido trasladada y ahora residía en Bogotá, sin saber que aquel último encuentro amoroso había derivado en el mayor de los dos niños que hoy forman su foto de perfil de Whatsapp.

De repente, su sueño de ser padre se había cumplido, y por partida doble. La mamá de su segundo hijo, al igual que la primera, entendió la situación. Al entregárselo y alzarlo, Abraham lucía casi inconmovible, como si la firmeza de tantos años forjados en un ejército irregular no le permitieran manifestar mayor emoción. No obstante, ese sentimiento paternal de auténtica felicidad, que en tantas ocasiones al filo de la muerte le había pedido a Dios experimentar, llenaba cada uno de los rincones más irreconocibles de ese ser que ningún camuflado podría esconder. Y si alguna vez afirmara que el creársele una nueva identidad, bajo un alias con el que lo determinaban sus demás compañeros de combate, había significado “volver a nacer”, este nuevo acto se convertía para él en un verdadero segundo renacer.

“Ya sabía yo que había unos acuerdos. Estaba más que seguro que nosotros no íbamos a dar un paso atrás, que ya lo que habíamos empezado lo íbamos a terminar. Nuestro objetivo ya era caminar hacia la paz. Ya no había vuelta atrás”, cuenta Abraham dos años después al recordar la decisión con la cual inició su éxodo y el de su familia a una vida estable y duradera.

Camino histórico

El único aviso alusivo a armas en la vía entre Bogotá y el municipio de Icononzo (Tolima) es una publicidad sobre un campo de batalla de paintball, cerca a las célebres piscinas recreativas de Melgar, más allá de la base aérea Luis F. Pinto, y mucho después del monumento a los héroes del Sumapaz. Durante el trayecto de unas cuatro horas, según el tráfico vehicular en la salida de la capital, se pasa del frío bogotano al clima templado, y después al calor turístico de uno de los principales balnearios del centro de Colombia. Sin embargo, a poco menos de una hora del destino final, súbitamente irrumpe una corriente de viento helado proveniente del páramo de Sumapaz que llega hasta Icononzue, tal como los indígenas bautizaran hace varios siglos a este poblado enmarcado como un “susurro de aguas profundas”.

Según la historia oficial del municipio, a comienzos de la última década del siglo XIX, al final de la cual daría inicio la Guerra de los Mil Días, un grupo de hacendados que se instauraron en la zona donaron terrenos para enfrentar problemas de invasión ante la falta de vivienda de los trabajadores. De esta manera comenzó la construcción de 17 casas que, con el paso de los años, permitieron al incipiente corregimiento adquirir la categoría de municipio en 1915.

Poco más de una década después, en 1928, por los mismos días en que se realizaba el censo, llegó a Icononzo un joven campesino llamado Juan de la Cruz Varela, cuya familia había salido de Boyacá hacia Sumapaz en medio de la euforia colonizadora posterior a la guerra. Su objetivo: adquirir un terreno como colonos y establecerse. Pero su propósito resultó infructuoso, pues el territorio estaba en manos de dos familias.

Buena parte de Icononzo pertenecía a la hacienda Doa, en la que se encontraban los labriegos a quienes Varela se ofreció ayudar con su registro como habitantes. Los campesinos, admirados por su facilidad para escribir, le pidieron además que les colaborara como secretario en un comité agrario que ellos organizaban. En principio, la estancia de Varela estaba prevista para un par de semanas y luego continuar rumbo al viejo Caldas, donde se rumoraba que la gente se enriquecía de la noche a la mañana. Sin embargo, el recién llegado decidió permanecer enseñándoles a los campesinos de la hacienda la existencia del Decreto 1110 de 1928, expedido por el presidente Miguel Abadía Méndez, el último mandatario de la denominada hegemonía conservadora.

El mencionado decreto autorizó la fundación de colonias agrícolas a partir de la delimitación que hiciera el gobierno de las zonas baldías a las que podrían acceder los campesinos. Esa situación terminó legitimando la ocupación de tierras por parte de los colonos y de paso evitó el pago de arriendo a los hacendados que, en su mayoría, carecían de títulos originales. De esa manera, Varela emprendió la primera de muchas luchas agrarias que lo llevarían a integrar el naciente Partido Agrario Nacional (PAN), fundado por su amigo Erasmo Valencia. Posteriormente, el joven dirigente ejerció como concejal de varios municipios del Sumapaz, incluido Icononzo, hasta que alcanzó la condición de presidente de la Asamblea de Tolima de la mano de otro amigo y mentor político: Jorge Eliécer Gaitán.

Tras el asesinato del caudillo liberal el 9 de abril de 1948, así como el fallecimiento de Erasmo Valencia un año después, Juan de la Cruz Varela asumió el liderazgo de la lucha campesina en la región del Sumapaz contra la violenta represión de los gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez, y el accionar de la denominada policía “Chulavita”, apoyada por los terratenientes. En la entonces vereda El Palmar de Icononzo se formó un movimiento de autodefensa campesina. Desde allí, Varela, al prever que se iba a desatar una confrontación armada, pidió asesoría militar a la dirección nacional del liberalismo. Sin embargo, ante la falta de apoyo, optó por incorporarse al Partido Comunista en 1952.

En diciembre del mismo año, el ataque anunciado de las Fuerzas Armadas lo llevó a desplazarse, junto a unas 4.000 personas, hacia el municipio de Villarica, un pueblo liberal donde habían muerto tres conservadores al día siguiente de El Bogotazo. Ese fue el comienzo de sucesivas acciones de guerra desatadas en este pequeño territorio del oriente tolimense, cuyo nombre aparece en uno de los desvíos de la entrada a Icononzo por el cual se asciende a la vereda La Fila, donde se encuentra el actual Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) denominado por las Farc “Antonio Nariño”, en alusión a su antiguo nombre de frente.

Historia reciente

En principio, la Zona Veredal Transitoria de Normalización (ZVTN) destinada para el grupo de Abraham iba a ser el municipio de Villarrica. Sin embargo, el dueño del predio donde se instalaría falleció de manera repentina y, en el proceso de sucesión, los familiares se negaron a otorgar el terreno a exmiembros de las Farc. Igualmente, los habitantes de este municipio se opusieron a la elección inicial como una de las 23 zonas veredales. En la memoria de la gente, y la misma infraestructura del lugar, se encontraban las secuelas de una toma guerrillera del Frente 53 en 1999 que dejó tres civiles y un militar muertos. A la par, apuntaban a la falta de presencia estatal.

El propio alcalde villariquense, Arley Beltrán, alcanzó a expresar: “Esperamos que esta situación relacionada con la concentración de guerrilleros no vaya a perturbar la tranquilidad que hemos disfrutado”, si bien su firma se sumaría a la de otros mandatarios locales que el día de la rúbrica definitiva del acuerdo en el Teatro Colón manifestarían a través de una carta: “Nuestros territorios se encuentran entre los lugares que más violencia y dolor han vivido en medio de la guerra y, por esto, apoyamos con esperanza y expectativa la anunciada firma”.

La expectativa estaba puesta en la posible inversión del gobierno nacional sobre este territorio como ZVTN. No obstante, el cambio generaría tiempo después la reducción del pie de fuerza de la Policía asignado en comienzo a este municipio que, fuera de las demandas tradicionales de vías y agua potable, se ha visto consumido por las grietas a raíz de su ubicación geográfica, por lo cual la autoridad local ha contemplado el número de 112 hectáreas para su reubicación.

Sin embargo, el municipio propuesto originariamente como ZVTN por las Farc fue Cabrera (Cundinamarca), lugar donde Juan de la Cruz Varela, como parte de la amnistía general dada con la llegada al poder del general Gustavo Rojas Pinilla, entregaría sus armas en 1953 junto a sus hombres, entre ellos Noé Suárez Castellanos.

Noé vivió en Cabrera con su hijo de dos años, Víctor, nacido en Icononzo, quien sería testigo cómo menos de un año después el gobierno de Rojas Pinilla declaraba ilegal el Partido Comunista y la región del Sumapaz como “zona de guerra”. En esa persecución se desencadenó la tristemente célebre “guerra de Villarica”, en la que participó el Batallón Colombia, recién llegado de la cruzada anticomunista internacional en Corea. Se arrojaron 50 bombas de napalm sobre suelo colombiano. Allí moriría Noé.

Dicha acción militar desencadenó las llamadas “columnas de marcha”, de las que hicieron parte cientos de personas que huían de la presión militar. Entre esos migrantes estuvo Víctor Suárez, hijo de Noé, quien a los 10 años se convirtió en guía en medio del maltrecho camino por la selva de un grupo de rebeldes que salió del sur del Tolima cuando su cuartel general, conocido como El Davis, fue atacado por la fuerza pública de aquella época.

Al arribar a Marquetalia, caserío del corregimiento de Gaitania, en Planadas (Tolima), la mamá de Víctor, y viuda de Noé, trabajó como cocinera de los alzados en armas. Allí llegó en abril de 1964, enviado por el Partido Comunista, Luis Alberto Morantes, conocido como Jacobo Arenas.Al momento de la fundación formal de las Farc, el pequeño Víctor se volvió uno de los jóvenes de confianza de Arenas y de Pedro Antonio Marín, alias “Manuel Marulanda”, quien al momento de su muerte fue considerado el guerrillero más viejo del mundo. No obstante, ese mismo título lo recibiría el día de su deceso en febrero de 2016 (meses antes de la firma del Acuerdo de Paz) un militante más veterano: Marcelino Trujillo, alias “Martín Villa”, formador de jefes guerrilleros tales como Jorge Briceño.

Este fue el alias con el que inició la vida guerrillera de Víctor Suárez, también conocido como ‘Mono Jojoy’, jefe de seguridad de Arenas, la persona que en 1982 durante la Séptima Conferencia de las Farc agregó al nombre del movimiento armado las siglas EP (Ejército del Pueblo) y habló de la capacidad de combinar todas las formas de lucha: tanto política como militar.

Dos años después se suscribirían los acuerdos de La Uribe (Meta) que representaron una nueva tregua desde aquella amnistía decretada por Alberto Lleras, la cual se rompería tras la Operación Soberanía, o Marquetalia, del presidente Guillermo León Valencia. En diciembre de ese mismo 1984, en Cabrera, moriría de manera natural Varela, denominado entonces “el guerrillero más viejo de Colombia”, quien se había acogido a ese pacto del primer gobierno del Frente Nacional sin entregar las armas por las reticencias del pasado. Una estatua a su nombre por lo que significó como líder campesino se erige en la plaza central de Cabrera.

Una vida en las Farc

La década de los años 80, en la que se agudizó la violencia del narcotráfico y el paramilitarismo, y la presencia de grupos guerrilleros aumentó con el accionar del M-19, entre otras organizaciones, fue para Abraham su tiempo de infancia. A pesar de ser oriundo de Arauca, y de considerarse un tolimense más, finalmente se crio en Restrepo (Meta), donde también hicieron presencia las Farc. Proveniente de una familia campesina, Abraham estudiaba en un colegio del municipio y en las tardes se dedicaba a jugar ‘banquitas’ (microfútbol) con los amigos de su manzana. Fue cuando empezó a correr el rumor sobre el “Guájaro”, un teniente del F-2 (extinto departamento de inteligencia de la Policía), que se dedicaba a perseguir milicianos de la guerrilla.

En poco tiempo, cinco de los compañeros con los que Abraham jugaba fueron asesinados. En medio de su delirio por eliminar milicianos, cualquier joven de sectores populares le parecía sospechoso al “Guájaro”. Hasta que un día fue a buscar al propio Abraham hasta su casa. La mamá le preguntó si tenía algún problema con el uniformado, y ante la respuesta negativa de su hijo le contestó al sujeto afuera que no estaba. “Guajaro” y sus hombres insistieron en que sí y forzaron la puerta. En el momento en que forcejeaban con su mamá, Abraham se escapó por una tapia. Pasó a la casa de una vecina, quien le entregó a su hijo consciente que luego venían por él y le dijo: “Piérdase y sáquelo de aquí del pueblo”.

Abraham tomó rumbo hacia Puerto Alvira (Meta), cerca al río Guaviare, donde vivían algunos familiares de su papá. Durante un par de meses, se dedicó a uno de los oficios más comunes de la zona: raspar coca. Luego, aprovechando el reconocimiento de algunos de los miembros de su familia, decidió presentarse ante la que consideraba la policía de la región: las Farc.

“¿Ya lo pensó bien?”, fue lo primero que le dijeron. Tras una semana de gracia para meditar su decisión, y con el miedo de regresar a donde había partido, se integró al Bloque Oriental, comandado desde hacía unos años por Jorge Briceño, quien luego de la muerte natural de Jacobo Arenas en 1990 ya hacía parte del Secretariado.

Justamente, por ese tiempo, una emboscada encabezada por Briceño a unos camiones del Ejército en Caquetá minó los frágiles acuerdos de La Uribe. De hecho, ya estaban en tela de juicio por los asesinatos sistemáticos a integrantes de la Unión Patriótica, y se sepultaron de manera definitiva en el gobierno de César Gaviria después del bombardeo a Casa Verde, que comprendía una serie de campamentos ubicados entre otras en la vereda El Diamante, donde un cuarto de siglo después Abraham tendría una de sus últimas guardias como miembro de esta guerrilla. En esos primeros días sin embargo era un adolescente, y al igual que Marulanda no había terminado quinto de primaria.

“Uno joven se traza unas metas, unos sueños. Por ‘x’ o ‘y’ motivos estos sueños se truncan en el camino, donde uno decide cambiar lo que sueña por fuerza mayor y hacer lo que uno nunca ha querido”, comenta con voz firme pero de manera detenida Abraham mientras caen algunas gotas de lluvia sobre la carpa sostenida por un par de palos para improvisar un pequeño parqueadero en el actual ETCR de La Fila. Así se sostenían la mayoría de ‘caletas’ o cambuches en las que permaneció él y el resto de exguerrilleros —tal como hicieran en la selva— durante los primeros meses en que aún era zona veredal, mientras se fabricaban las unidades habitacionales en las que hoy duermen y que ellos mismos ayudaron a levantar.

Revertir la historia

“Esta guerra viene desde la época de las guerrillas liberales, a las cuales perteneció Marulanda”, comenta Abraham bajo el susurro del viento frío proveniente del páramo Sumapaz, el más grande del mundo, hasta donde ascendería Juan de la Cruz Varela en 1953 con campesinos armados para organizar un ataque al puesto militar de La Concepción, la base más importante del Ejército en la región.

Si bien de Varela ha escuchado, del que más conoció Abraham durante sus primeros años en los Llanos fue de Dumar Aljure Moncaleano, quien tuvo a su cargo más de 300 hombres. Estos harían parte de los más de 4.000 amnistiados en ese primer año del general Rojas Pinilla.

El general incluso le entregó 120.000 hectáreas de un baldío llamado Las Esmeraldas en zona rural de Mapiripán (Meta) a Aljure, de quien se dice que quiso repartirlas a sus excompañeros de armas y campesinos liberales. No obstante, también se cuenta que con ellos instauraría un nuevo grupo armado en defensa de los abusos de la Policía y el Ejército, la cual lo perseguiría hasta dar con su muerte en 1968 luego de que un militar lo viera asesinar a un camarero.

El predio pasaría a sus descendientes, muchos de ellos muertos a manos de paramilitares, quienes en 2012 quemarían la casa, robarían el ganado y forzarían el desplazamiento de la última camada de la estirpe Aljure: sus nietos, quienes el 4 de abril del año pasado, al conmemorar casi medio siglo del fallecimiento de su abuelo, en medio de toda amenaza retornaron a su tierra. Unos días antes, visitaron la Casa de Nariño para expresarle al anterior gobierno su intención de donar parte de esta a víctimas del conflicto, campesinos y excombatientes de las Farc para desarrollar sus proyectos productivos.

Por esos días, Abraham y un grupo de alrededor de 300 excombatientes que pertenecieran al Bloque Oriental (conocido como Jorge Briceño luego de la muerte de este en 2010), cumplían cerca de tres meses de haberse instalado en La Fila. Allí se reencontraron caras conocidas y otras por conocer tras años de encuentros fugaces entre los atajos de la guerra y la amplia geografía comprendida por los departamentos de Caquetá, Guaviare, Meta, Arauca, Boyacá, Vichada, Casanare, Norte de Santander, Putumayo y Cundinamarca, que en el momento más crítico de la confrontación hicieron de este bloque el más numeroso y de mayor presencia nacional.

Ahora su presencia se reducía a 22 hectáreas en las que podían integrarse y reconocerse dentro de la convivencia del día a día. Esta transcurría en jornadas pedagógicas sobre los Acuerdos de Paz y al mismo tiempo de construcción en el terreno. Todo estaba por hacer: desde redes de suministro de agua hasta los 300 cuartos prefabricados de 4 por 6 metros destinados al albergue de los exguerrilleros y sus respectivas familias.

Abraham fue uno de esos trabajadores que, en coordinación con los contratistas encargados de las obras, empuñaron palas y demás herramientas para adecuar las zanjas del acueducto, echar las planchas para las viviendas e instalar las tejas. Cada una de esas acciones correspondió a un contrato distinto, por lo que al final les desembolsaron cerca de 30 millones de pesos, los cuales fueron consignados en la cuenta de un amigo escogido por los propios reincorporados, ya que era el único con cuenta bancaria. En ese momento, el gobierno no había iniciado el proceso de bancarización de los excombatientes, y tampoco les había formalizado la ayuda económica mensual, correspondiente al 90% del salario mínimo.

“Los primeros ahorros que conseguimos fueron los primeros dos millones que nos dio el gobierno”, cuenta Abraham, quien mucho antes de recibir este auxilio, y al ver que aún no llegaba el primer abastecimiento de alimentos a la población, decidió junto a sus compañeros invertir ese primer salario en la compra de 15 vacas. Fue una idea de autogestión para distribuir la leche entre las mismas familias de la comunidad recién constituida. Esa fue la semilla del proyecto productivo que hoy Abraham se encarga de gerenciar.

Fuerza productiva

Así como durante el primer año de inicio en la guerrilla a los recién incorporados se les “armaba” la mente antes de entregarles cualquier fusil, tal como cuenta Abraham sobre ese período de iniciación ideológica, también como reincorporados, un par de meses después de haber entregado las armas, y que las zonas veredales se convirtieran en espacios territoriales de capacitación, iniciaron su formación en labores productivas.

Bajo ese propósito intervinieron organizaciones internacionales como el Fondo Multidonante de las Naciones Unidas para el Posconflicto (MPTF por sus siglas en inglés) a través de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el proyecto Entornos Productivos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), además de entidades nacionales como el Centro de Diálogo Social, Alertas Tempranas y Solución de Conflictos (Cedisco) y la Unidad Administrativa Especial de Organizaciones Solidarias.

El PNUD contrató un grupo de formuladores que, además de formación técnica agropecuaria para los excombatientes con instituciones como Panaca y el Centro Internacional de Formación Agropecuaria (CIFA), o instrucción académica en emprendimiento rural con el Sena, los asesoró en generación de proyectos productivos.

Algunos excombatientes comenzaron a asociarse y, con campesinos de la zona, integraron una fuerza joven para desarrollar cultivos de tomate, fríjol, arveja, habichuela o gulupa, al igual que aguacate, mandarina, naranja y guayaba. Otros, por su parte, comenzaron a adentrarse en el mundo de la porcicultura o cría de conejos. Unos más construyeron un pozo de agua para labores de piscicultura, mientras que algunas exguerrilleras empezaron a desarrollar un taller de tejidos.

En la actualidad son más de 30 proyectos productivos, casi todos autogestionados, producto de sus propias formas de asociatividad. Una de ellas es la Cooperativa Multiactiva Agropecuaria del Común (Copagroc), una de las más de 50 que conforman la cooperativa general de las Farc (Economías Sociales del Común - Ecomún).

Copagroc se constituyó por 74 reincorporados como “resultado del ánimo solidario de excombatientes para unirse y producir en conjunto bienes agrícolas y pecuarios dirigidos al autoconsumo y a la sociedad”. Así se formalizó en febrero de este 2018 cuando su presidente, Abraham, junto a otros compañeros, reunieron el dinero suficiente para comprar un toro que les había prestado un ganadero de la región. Su objetivo era que las vacas obtenidas, buena parte de ellas viejas por el elevado costo de las jóvenes, pudieran dar crías.

En ese momento, él y un grupo de 16 reincorporados más estaban inmersos en un proyecto esbozado a finales del año pasado: la generación de un ganado de doble propósito; no sólo leche, sino también carne. Esto permitiría tener un ingreso doble, tanto para los miembros del proceso de reincorporación como para los demás habitantes de la vereda y el municipio.

La idea se socializó en principio frente a la comunidad fariana y posteriormente ante el Consejo Nacional de Reincorporación (CNR), instancia que “verifica la viabilidad de los proyectos productivos colectivos y de servicios del proceso de reincorporación económica y social de los integrantes de las Farc-EP que decidan participar en proyectos colectivos a través de Ecomún”.

El proyecto formulado por Abraham quedó fijado en 487 millones 740.000 pesos. De estos, $136 millones correspondientes a la suma de los $8 millones que aporta cada uno de los 17 integrantes del proyecto, provenientes del subsidio único del gobierno para este fin. Los restantes $351 millones 740.000 constituyen el cierre financiero previsto para este que corresponden a recursos financiados por el PNUD y OIM a través del Fondo Multidonante.

El 6 de junio pasado, y con la presencia de autoridades nacionales e internacionales, se realizaría la presentación de este, el primer proyecto productivo de excombatientes de las Farc en ser aprobado en todo el país.

Revolución en marcha

Icononzo es un municipio agrícola por excelencia. Así lo plantea su página web y se evidencia en la realidad: su variedad climática favorece el desarrollo de una tierra fértil. Los cultivos de café y banano sobresalen en los 18 kilómetros de la vía destapada que comunica a La Fila, uno de cuyos tramos se incluye en la lista de las 51 carreteras veredales de la paz. Para ascender a dicho sector, los habitantes cuentan con una chiva, tres camperos y un colectivo (microbús) que alternan sus rutas a diferentes veredas. Salen dos veces al día: a las 6 a.m. y a las 12:30 m. Para los visitantes hay servicio de camionetas 4x4 que viajan a toda hora desde la plaza. Desde Bogotá, una agencia de viajes estadounidense, como programa turístico “en asociación con activistas de derechos humanos, líderes comunitarios y periodistas”, provee una miniván para ir a la zona.

Cualquier persona puede acceder al “espacio territorial” desde que adquirió esa condición en agosto del 2017. Quien quiera hacerlo se encontrará en la ruta hacia La Fila con una bifurcación donde se mantiene algún hombre del Ejército, como parte de la estrategia nacional de carpas azules que se inició justamente en Icononzo para coordinar acciones de seguridad entre las Fuerzas Armadas, los reincorporados y la comunidad. De ahí para adelante el único actor armado visible será algún campesino con su machete, pantalón, botas negras, ruana y sombrero, tal como visten los exguerrilleros al final del camino.

La entrada al ETCR está marcada por un puesto de control operado por un par de maniquíes con viejas prendas de las Farc. Allí, no obstante, permanecieron personas con estas vestimentas encargadas de vigilar el paso de alguna persona extraña a la entonces zona veredal hasta el momento de entregar las armas. Ahora es un museo enmarcado bajo el título “Campamento de la memoria fariana”, al que ingresan algunos turistas como fin del recorrido para llevarse algún obsequio de recuerdo.

En la pared de atrás del museo aparece la imagen de una pareja guerrillera abrazada, acompañada por la frase: “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. Al frente se encuentra una caneca con los colores de Colombia llena de varios orificios propios de impactos de bala. Este pareciera ser uno de esos recuerdos que no se compra ni se vende.

Más adelante está la vida presente: 296 personas, según el registro de un folleto de presentación para los visitantes: 110 hombres y 186 mujeres dedicados a forjar su futuro. No obstante, entre familiares, compañeras sentimentales, niños y amigos el número puede ascender hoy en día a cerca de 400 habitantes.

Todos ellos se encuentran distribuidos en diferentes casas con un mismo techo de ladrillo, algunas con sus propias huertas, repartidas en cuatro sectores: José María Carbonell, 27 de mayo, 22 de septiembre y Brisas de Paz. El primero, en referencia al nombre de una compañía móvil de las Farc; el segundo, en relación a la fecha fundacional de esta guerrilla; el tercero, por el día de la muerte del Mono Jojoy (retratado en alguna de sus paredes), y finalmente, el último, dedicado a los Acuerdos.

A pesar de que en algún momento Icononzo fue la zona que presentó mayores retrasos en las obras, hoy es una de las más organizadas y estables. Cada vivienda cuenta con luz y, según dicen en el sector, un suministro de agua más abundante que el promedio de un habitante de Bogotá, gracias a un nacimiento que pasa por la planta de tratamiento (PETAP). Si bien a veces hay fallas, un ingeniero de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) está pendiente de resolverlas. Cualquier dificultad o problemática de la comunidad se aborda en las reuniones quincenales que, a primera hora del domingo, los reúne en la Escuela Conjunta Manuel Marulanda Vélez, cuya fachada tiene la imagen del líder fundacional de las Farc.

A un lado de esta se encuentra el restaurante “Las delicias de Panchita y Daniela”, uno de los proyectos de otra de las cooperativas del lugar: la Cooperativa Multiactiva de Servicios Emprendamos Paz (Emprenpaz). Los almuerzos “corrientes” a $7.000 satisfacen a cualquier turista hasta el final del día. Si alguien decidiera pasar la noche en la zona, puede acudir a Sonia, conocida como “la Flaca”, quien administra el hotel llamado “Residencias El Mirador”, otro proyecto de la misma cooperativa, a pocos metros de la entrada del ETCR. Por $20.000, al otro día se puede observar el incomparable amanecer en el que la neblina se dispersa para mostrar la cara más fresca del páramo de Sumapaz.

Presente y futuro

A comienzos de este siglo, en plena decadencia de los diálogos de paz con el gobierno Pastrana, 6.000 hombres del Ejército ascendieron hasta el Alto de las Águilas, la montaña más alta del páramo de Sumapaz, y conformaron el primer batallón de alta montaña en Colombia. Su objetivo: recuperar 16.000 kilómetros cuadrados de la región en que las Farc impusieron su hegemonía desde el plan trazado en la Séptima Conferencia de 1982 con el fin último de asaltar la capital del país.

Las Fuerzas Armadas cumplieron su propósito una década después con el costo de 250 soldados y el desplazamiento de cientos de familias. No obstante, desde el año pasado comenzaron el desmonte de las bases militares y en el mismo terreno sembraron miles de frailejones, además de construir un laboratorio para estimular el crecimiento de estas plantas, las cuales ayudan a absorber el agua de la neblina en los páramos.

En Icononzo, este susurro de aguas profundas también se evidencia en lo alto de una de sus veredas. Este municipio, que a finales de los 90s se vio desangrado por asaltos de la guerrilla y los paramilitares, así como excesos de las fuerzas estatales, hoy renueva su historia. Lo hizo a pesar de la polarización reflejada en el plebiscito del 2 de octubre de 2016 cuando el SÍ ganó con un 52,87%, una diferencia a favor de sólo 163 votos sobre el NO.

A comienzos de la presente década, según el plan de desarrollo de la administración anterior, Icononzo “Acuerdo de Unidad, Paz y Prosperidad 2012-2015”, apareció un número de homicidios poco significativo en el municipio: tan sólo uno en 2010. En cambio, en el renglón económico, desde ese año se ha destacado como principal problema del sector empleo y desarrollo la falta de generación de empresas.

De esto da cuenta la página web actual del municipio, según la cual “no se puede hablar de microempresas, puesto que la actividad de estas se genera en torno a la organización familiar”. No obstante, señala que el componente de la economía icononzuna que adquiere auge es la ganadería.

Unas semanas después de presentar el proyecto para el fortalecimiento del sistema bovino sustentable, Abraham y otros reincorporados recibieron títulos como técnicos agropecuarios por parte del CIFA en todas las líneas: piscicultura, agricultura, avicultura, porcinos y, claro, bovinos. A su vez les entregaron un vivero, un corral con dos cerdas y cinco reses, las cuales se suman a las que él y otros compañeros habían alcanzado recién asentados en La Fila.

Desde ese momento se ha familiarizado con los términos F1 y F2 que ya tienen una nueva connotación: los cruces de razas para alcanzar una raza multipropósito. El gobierno ya desembolsó los $136 millones correspondientes al aporte de $8 millones de cada uno de los 17 miembros de la cooperativa. Abraham prevé conseguir 17 hembras preñadas de raza Girolando para sumarlas a las más aptas y en el próximo mes de enero tener un consolidado de 34 reses.

Este tipo de razas vienen del cruce entre Gyr y Holstein y, según la revista Contexto Ganadero de Fedegán, “se ha probado que es una gran alternativa para las lecherías de trópico bajo por su alta producción lechera y resistencia”. Además, “los machos pueden ser aprovechados para cualquier cruzamiento para carne”, de acuerdo a la publicación de esta federación con la cual Abraham no descarta trabajar, si bien plantea que para ello antes “las aguas deben estar claras”.

Además de los animales, la empresa solidaria se encarga del jornal de los trabajadores, la compra de herramientas, los materiales para la instalación de una oficina y los costos de arriendo y adecuación del predio. Dicho terreno, ubicado a diez minutos del Espacio Territorial, pertenece a un campesino que lo arrendó a la cooperativa por un año, con la posibilidad de prorrogarlo.

Este predio es una de las seis solicitudes de compra que ha recibido la Agencia Nacional de Tierras (ANT) por parte del CNR para proyectos productivos. Actualmente se encuentra en proceso de avalúo por parte del Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), que estima el valor por el cual la ANT debe comprarlo para luego adjudicárselo al CNR, lo cual según expertos puede demorarse varios meses.

Este procedimiento es una aplicación del Decreto Ley 902 de 2017, respaldado por la Sala Plena de la Corte Constitucional, que implementó aspectos básicos de la reforma rural integral contemplada en el Acuerdo de Paz con las Farc. El mismo autoriza a la ANT a comprar tierras “para adjudicarlas a entidades de derecho público para el desarrollo de programas de reincorporación”. En este caso, el CNR, el cual se las brindaría a los excombatientes en comodato.

Y es que, si bien el Acuerdo no incluyó de manera explícita la adjudicación de tierras a reincorporados, sí señaló que, con base en el censo socioeconómico realizado por la Universidad Nacional, “se deben identificar los programas y proyectos productivos para vincular el mayor número posible de hombres y mujeres pertenecientes a las Farc-Ep”.

El censo arrojó que el 60% de las 10.015 personas encuestadas, entre guerrilleros, milicianos, prisioneros políticos y de guerra, están interesadas en realizar una reincorporación económica de carácter colectivo, a través de actividades agropecuarias en granjas integrales.

De ello dan cuentas las 268 iniciativas presentadas por los excombatientes. Según la comisión de las Farc que integra el CNR, el mayor porcentaje de estas son gestionadas enteramente por ellos mismos, una menor parte cuenta con apoyo de organismos internacionales, mientras otro grupo más reducido ha recibido donaciones.

Finalmente, han sido aprobados 17 proyectos productivos, que involucran una inversión de $13.769 millones, los cuales benefician a 1.111 reincorporados que construyen su nueva vida en Bogotá, Tolima, Caquetá, Nariño, Meta, Chocó, Antioquia, Guaviare, Putumayo y Santander. Ellos representan alrededor del 9% de los 13.000 exguerrilleros acreditados por la Oficina del Alto Comisionado para la Paz que se acogieron al proceso de paz. Este número de beneficiarios se asemeja a la cantidad de “desertores”, tal como los han calificados líderes de la extinta organización guerrillera, identificados por distintos institutos en algunos de estos mismos territorios del país.

De esos 1.111 excombatientes, 87 pertenecen a los únicos dos proyectos que han recibido recursos desembolsados por el Gobierno: el de montaje y mantenimiento de una granja integral en el ETCR Óscar Mondragón de Miravalle (Caquetá), que ya cuenta con los $560 millones requeridos para funcionar, y el de cría de ganado de doble propósito de Icononzo presupuestado en cerca de $488 millones. De ahí que ambos sumen en total una inversión de $1.048 millones a los cuales se les sumaría los $12.721 millones de los demás 15 proyectos aprobados.

Pero lejos de las cifras, lo que pasa por la mente de Abraham son ideas productivas, tales como la instalación de una planta de productos lácteos que haga parte de una segunda fase de su proyecto bovino, al tiempo en que piensa cómo vincularlo con otro porcino.

Más allá de discusiones jurídicas sobre la titularidad de la tierra, en su cabeza lo que prevalece es el sentimiento de gratitud hacia todo el campesinado que los ha acogido, incluido Freddy Amaya, miembro de la Junta de Acción Comunal de la vereda, y quien ha dispuesto su propia parcela vecina a la del ETCR para el desarrollo de proyectos productivos por parte de la población exguerrillera.

“La población que más sufrió fueron los campesinos, y son ellos los que saben cuál es realmente el destino deseado para los que integramos hoy este Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación”, sentencia Abraham, bajo la incertidumbre que comparte con los demás pobladores que se han asentado en este ETCR, vigente en principio hasta agosto de 2019.

El pasado 22 de septiembre, mientras el país se enfrascaba en la discusión del homenaje rendido por dirigentes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc) a Víctor Julio Suárez Rojas, alias “Mono Jojoy”, en el sur de Bogotá, al conmemorar un aniversario más de su deceso, desde un lugar desconocido alias “Iván Márquez” y “el Paisa” enviaban una carta dirigida a la Comisión de Paz del Senado en que cuestionaban que “hasta el sol de hoy no se han producido los desembolsos para financiar proyectos productivos en los Espacios Territoriales”.

Por su parte, desde el sector 22 de septiembre, en el ETCR Antonio Nariño, a unos metros del terreno en que gradualmente se desarrolla su proyecto productivo, Abraham se dedicaba a celebrar el segundo cumpleaños de su hijo, a quien le regaló un Autobot. Este, un juguete que recrea el universo de ficción de una serie de robots enfrentados a lo largo de diferentes generaciones por una “Chispa Suprema”, capaz de reconstruir el planeta que ambos tipos de máquinas destruyeron, y de transformar estas en seres humanos, podría ayudarle a su padre a ilustrar el relato de la transformación del espacio en que nació. Así sea como un susurro que cobije su sueño durante la fría noche a la vera del Sumapaz.

Esta investigación fue elaborada con el apoyo de Consejo de Redacción y la Embajada de Suecia para el proyecto CdR/Lab Tras la pista de la implementación de los acuerdos de paz.

Vanguardia